mié

21

oct

2009

Alicante, El Stanbrook y un impreciso estremecimiento

Estoy de regreso. Bajo al puerto para tomar de nuevo el pulso a la crisis. El número de yates en venta sigue siendo el mismo. Por primera vez en muchos años hay un otoño de verdad. Me gusta pasear por el puerto, pero al mismo tiempo este lugar me produce un estremecimiento difícil de precisar.

 

Alicante fue la última ciudad que tomaron las tropas de Franco, a finales de marzo de 1939. El día 30 por la tarde llegó la división italiana Littorio, dirigida por Gaetano Gambara, que junto a las tropas nacionales hicieron de la ciudad un improvisado campo de concentración. Pero durante todo el mes el puerto se había convertido en la última esperanza para miles de personas que vinieron de distintas partes del país, especialmente de Valencia. El día 27 se había producido una desbandada caótica hacia Alicante cuando el presidente de la república, Juan Negrín, con su gobierno y altos cargos del partido comunista, huyó desde el improvisado aeródromo de Monóvar.

 

A lo largo del mes de marzo, desde Alicante habían zarpado algunos barcos con refugiados: el Winnipeg y el Marionga; el 12 de marzo, el mercante inglés con bandera maltesa, Ronwyn, consiguió evacuar a 716 persona; el 19 de marzo, el African Trader rescató a 859. Y, de repente, se cerró la bocana.

 

Más de 15.000 personas se hacinaban en el puerto, que terminó por convertirse en una ratonera. El gobierno de la república había firmado un contrato con distintas navieras para que rescataran a la gente, pero el puerto estaba bloqueado por la armada de Franco, submarinos de Mussolini y aviones de Hitler.

 

La gente estaba desesperada. La mayoría no tenía comida, y los más afortunados cocinaban lentejas cocidas con agua de mar. En mitad de la desesperación se produjeron algunos suicidios, incluso de familias enteras. De repente, un grupo de incautos empezó a disparar ráfagas de ametralladora desde las faldas del castillo de Santa Bárbara y provocó una avalancha humana en el puerto. Murieron muchas personas aplastadas, y la mayoría de los que cayeron al mar se ahogó porque no sabía nadar.

 

El 28 de marzo, dos barcos consiguieron burlar el bloqueo. Se trataba del Maritime y del Stanbrook. En el primero sólo embarcaron 32 personalidades republicanas de la zona. Nadie entendía por qué no rescató a más gente. Pero el Stanbrook se convirtió en la salvación de unos cuantos más.

 

El Stanbrook era un carbonero británico de 1.383 toneladas, construido en 1909 y con capacidad para 24 tripulantes. Al mando estaba el capitán Dickson, que se jugó la vida embarcando a 2.638 personas al límite de la supervivencia (2.240 hombres, 398 mujeres, 147 niños de los que 14 eran recién nacidos). Zarpó del puerto de Alicante a las 11 de la noche del 28 de marzo, valiéndose de la oscuridad para burlar el bloqueo. Navegaba escorado, por encima de la línea de flotación, en zig-zag. Tomó rumbo norte, para despistar a sus posibles perseguidores; pero a la altura de Altea dio la vuelta y se dirigió a Orán. Llegó el día 29, pero no lo dejaron atracar hasta siete días después en el muelle Ravin Blanc. Fue aislado por alambradas y soldados senegaleses. La pesadilla no había terminado. Dejaron desembarcar a las mujeres, niños y ancianos enfermos. El resto de hombres permaneció un mes en el barco, sobreviviendo gracias a la ayuda de otros exiliados españoles que habían llegado antes a Orán.

 

Atrás quedaron alrededor de 15.000 personas atrapadas en el puerto de Alicante. Después de varias llamadas a la rendición, el 31 de marzo, hacia las 6 de la tarde, comenzó a evacuarse el puerto. Dos filas de gente sucia y rota, hundida y sin fuerzas, comenzó a caminar en silencio, con las cabezas agachadas y las manos en alto, en dirección a las afueras de la ciudad. Iban a inaugurar el tristemente célebre Campo de los Almendros, en la carretera de Valencia. Era Viernes de Dolores.

 

Pero eso es otra historia. Y tengo una cita con Javier Ortega para que me lleve a esas sombras de la memoria y el sufrimiento. Mientras me alejo del puerto, veo en los muelles los cines, los restaurantes, los barcos deportivos y me parece mentira que éste haya sido un lugar de desolación y muerte.