mié

11

nov

2009

Ninfeas o el placer del libro impreso

Juan Ramón Jiménez llegó por primera vez a Madrid una mañana lluviosa de abril de 1900. Era Viernes Santo. En la estación lo esperaba un grupo de escritores encabezados por el poeta almeriense Francisco Villaespesa. Precisamente habían sido Rubén Darío y el propio Villaespesa quienes le enviaron una invitación al joven poeta de Moguer para que viajara a la capital y se incorporase al grupo para luchar por el Modernismo. Juan Ramón Jiménez se alojó en el número 16 de la calle Mayor. Tenía diecinueve años y traía en la maleta el manuscrito del que pretendía ser su primer libro de poesía. Se titulaba Nubes.

 

Cuando Rubén Darío y Valle Inclán leyeron el manuscrito de Nubes le aconsejaron que lo dividiera en dos volúmenes y los publicara por separado. Incluso le sugirieron los títulos. Y así lo hizo Juan Ramón Jiménez. Los dos libros salieron en septiembre de 1900, con los títulos de Ninfeas y Almas de violeta. A los prólogos los llamó "Atrios", y aquello fue motivo de más de una burla por parte de los críticos. Lo cierto es que el recibimiento de estos dos libros fue frío y negativo, en general, entre la crítica literaria. Un año después, Juan Ramón Jiménez fue internado en el Sanatorio francés de Bouscat, por una fuerte depresión.

 

Nifeas tuvo una edición de 500 ejemplares que se vendieron al precio de 5 pesetas. El prólogo-atrio fue un soneto de Rubén Darío:

 

[…] Te sientes con la sangre de la celeste raza

Que vida con los números pitagóricos crea?

Y, como el fuerte Herakles, al león de Nemea

A los sangrientos tigres de mal darías caza?

 

Juan Ramón Jiménez se negó siempre a que estos dos libros se reimprimieses. Le encargó a su amigo Villaespesa que comprara todos los que pudiera y los destruyese. Francisco Villaespesa cumplió su deseo. Incluso el propio Juan Ramón se dedicó durante años a pedir el libro a los amigos a los que se lo había regalado, y los hacía desaparecer.

 

Ignoro los libros que sobrevivieron a aquella autocensura, pero sospecho que fueron muy pocos. Tengo ahora en mis manos un ejemplar de Ninfeas. El libro está bien conservado, excepto la portada. La letra es verde, con una tipografía muy pequeña. Lo forman 35 poemas; todos están dedicados, excepto dos. En realidad, el autor sólo dedicó a sus amigos algunos poemas, pero confió la edición a Villaespesa y éste dedicó 33 poemas a personajes, muchos de ellos latinoamericanos, a los que Juan Ramón Jiménez confesó que ni siquiera conocía.

 

El libro no es mío; es un préstamo generoso de un amigo librero. Lo tengo en la cabecera de mi cama y leo un poco antes de dormir y antes de levantarme. Es un placer extraño, más bien extraordinario. Después me siento a teclear durante cinco o seis horas en el ordenador y siento como si la energía de esos poemas me empujara hasta media mañana. Lo acaricio y me pregunto si dentro de 109 años alguien podrá sentir este mismo placer cuando acaricie un libro electrónico con todas las obras literarias de la humanidad cargadas en su disco duro.