vie

21

sep

2012

Viaje a la memoria




Se casaron en Caravaca en 1936, el año en que el país se enzarzó en una guerra terrible que duró casi tres años. La pareja se trasladó a Pliego y se instaló en una vivienda que le proporcionó el Ayunta­miento, con la mala fortuna de que la casa había sido requisada a una familia de la localidad. Leoncio Calvache no pertenecía a ningún partido ni había participado nunca en política. Se limitó a hacer su trabajo de secretario y a dar fe por escrito de todas las decisiones que se tomaban en los Plenos del Ayuntamiento. Pero a mitad de 1939, una denuncia de la dueña de la casa que había ocupado en Pliego lo condujo a pri­sión.

 

Leoncio Calvache Cartagena fue acusado de «ad­hesión a la rebelión», juzgado por un tribunal militar, condenado a muerte y ejecutado en las tapias del ce­menterio de Espinardo el 8 de noviembre de 1941.


Teresa Calvache Ramírez forma parte del paisaje humano y geográfico de mi infancia, que es como decir de mi vida. Con el paso del tiempo, sus cuadros me sirvieron para mantenerme cerca de esa geografía que ya apenas existe más que en mi memoria. Nada es como era, aunque la obra de Teresa me ayudó a recordarlo.

 

Un día de julio de 2011 Teresa Calvache me hizo una visita. Yo estaba dándole entonces los últimos «brochazos» a una novela. Me confesó que hacía tiempo que estaba retrasando esa visita porque temía interrumpir mi trabajo. Sin embargo, aunque ella todavía no termina de creerme, no hay trabajo en el mundo que no merezca la pena ser interrumpido por un motivo como el que ella tenía.

 

Teresa Calvache traía una enorme bolsa negra, muy pesada. Recuerdo que ella llevaba un vestido rojo, tenía los ojos vi­driosos y estaba ligeramente nerviosa. Enseguida entendí la razón. Me enseñó las cartas de su padre, de su abuelo, de su tío Manuel; las facturas de la sepultura de Leoncio Calva­che, fotografías y muchos trozos de vida. También guardaba allí todo lo que había estado escribiendo desde su infancia. Entonces fui yo quien comencé a ponerme nervioso y a tener los ojos vidriosos. En aquella bolsa negra guardaba jirones de vida que había ido arrancando a su memoria durante muchos años. Sin saber por qué, terminamos hablando en susurros, como si temiéramos des­pertar a los muertos. Y en susurros escuché la historia de su padre, es decir, la historia de la vida de Teresa Calvache Ramírez.

 

Tere nació al final de un verano tórrido, dos meses después del comienzo de la Guerra Civil. Su padre, al que apenas puede recordar, era secretario del Ayun­tamiento de Pliego (Murcia). Se llamaba Leoncio Calvache Cartagena y había nacido en 1897 en la localidad ali­cantina de Rojales. Estudió Derecho. Una suma de casualidades hizo que Leoncio se cruzara en la vida de Dolores Ramírez Romero, o viceversa, un día de verano de 1935. Ocurrió en el puerto de Alicante, en el barco turístico que salía cada hora del muelle. Se enamora­ron en ese mismo instante. Meses después, Leoncio Calvache solicitó la plaza de secretario del Ayunta­miento de Pliego para estar más cerca de su prometida, que vivía en Caravaca. Y tal vez ahí, sin saberlo, co­menzó a fraguarse la tragedia.

 


 

Tere Calvache se enteró de todo esto tiempo des­pués, cuando todavía era una niña. Un día descubrió dos carpetas en su casa, y alguien le contó que eran de su padre. Ella tenía seis años y no sabía leer. Por las noches abría las carpetas y fingía que leía las cartas: «Querida Tere, te quiero mucho, te echo de menos. Querida Tere, espero que te encuentres bien y cuides de tu madre. Querida Tere…», siempre querida Tere. Una de las carpetas contenía los retratos a lápiz que su padre había hecho de los compañeros de prisión en la Cárcel Provincial de Mur­cia. En la otra aparecieron las cartas y las tarjetas que Leoncio Calvache escribió a su familia desde su celda. Están fechadas a lo largo de casi dos años y son el testimonio estremecedor de un hombre que soportó con entereza la prisión, con la seguridad de que su encarcelamiento había sido un malentendido y que pronto se aclararía todo. La última carta fue escrita el 8 de no­viembre de 1941, pocas horas antes de que lo ejecuta­ran.

 

Tere Calvache tardó unos años aún en descifrar aque­lla letra, aquellas frases, aquellos acontecimientos. Cuando lo entendió, ya era tarde para casi todo. Su madre se había marchado de casa y ella quedó, junto a su hermana, bajo el cuidado de los abuelos. En­tonces las cartas, las tarjetas, los telegramas se convir­tieron en su único vínculo con el pasado al que se afe­rró para sobrevivir en los momentos más duros. Desde entonces esa carpeta la ha acompañado a todas partes. Hasta que se decidió a contar esta historia.

 

Viaje a la memoria es una obra escrita a lo largo de toda una vida, y que va más allá del recuerdo de un padre al que apenas conoció. En este libro se cuenta el mundo desde el punto de vista de una niña que, año a año, se va haciendo adulta. Tere Calvache es viuda, tiene setenta y seis años y siete hijos. Hace mucho tiempo que utiliza los pinceles y el lienzo para dar rienda suelta a ese mundo tan rico y en ocasiones terrible que guarda en su memoria. Pero antes de la pintura estaba la escritura, la única forma que una niña de la calle Faquineto encontró para sentirse viva aferrándose a los recuerdos.

 

Durante un año, Loli Ródenas (hija de Teresa) y yo nos hemos dedicado a descifrar aquel manuscrito, a ordenarlo, a darle forma de libro para que este testimonio no se pierda en la oralidad. Su memoria choca y se cruza con la memoria de muchas personas que aparecen en esta narración, de manera que la memoria individual deviene en colectiva. Cada voz, cada historia del pasado es una oportunidad para entender las cosas, para encontrarle explicación a lo que a veces parece inexplicable. Y Viaje a la memoria es una posibilidad más —extraordinaria posibilidad, añadiría yo— para lograrlo.