jue

11

oct

2012

Caravaca Downtown, 4

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 4

 

Ser ayudante de Arthur White no se parecía a nada de lo que yo había hecho hasta entonces en mi corta vida. No era fácil ni difícil; simplemente era algo distinto. Y, además, no tenía tiempo de aburrirse.

        El señor White era un hombre de costumbres fijas. Su vida estaba regida por una rutina inquebrantable que contrastaba con una profesión tan excitante como la suya. Para el detective todos los días eran iguales. Yo lo visitaba en su oficina cuando salía de la escuela a mediodía. Luego lo acompañaba a comer al Mesón de Los Faroles, y por la tarde volvía a verlo cuando terminaba de hacer los deberes.

        —¿Algún cliente? —le preguntaba al entrar.

        El señor White movía la cabeza en un gesto que yo había aprendido a interpretar y que siempre significaba lo mismo: los mismos clientes de ayer, es decir, ninguno. Y luego me decía con voz cavernosa:

        —Puedes tomarte la tarde libre si quieres.

        Pero yo no quería tomarme la tarde libre. Lo que yo deseaba era ver en acción cuanto antes al detective.

        Arthur White pasaba la mayor parte de la tarde tumbado en el diván de psicoanalista de su oficina, dormitando la mayor parte del tiempo. Cuando yo llegaba se levantaba, se lavaba la cara en una jofaina con herrumbre y se ponía la americana.

        El detective vivía en el sótano del local. Pero eso no lo descubrí hasta mediados de diciembre de 1975, cuando vi una trampilla en el suelo abierta y las escaleras que conducían a las profundidades del Downtown.

        —¿Qué es eso? —le pregunté.

        Él me invitó a bajar las escaleras con un gesto.

        —Esta es mi guarida. Todo detective que se precie de serlo debe tener una guarida.

        Hasta ese momento no me había planteado dónde dormía el señor White. Por alguna razón había dado por hecho que se hospedaba en el Hostal Victoria, junto al arco del ayuntamiento. Pero lo cierto era que hasta ese día no lo había visto en ningún lugar más que en su oficina o en el mesón de Miguel.

        El sótano donde Arthur White tenía su guarida era un antiguo almacén de charcutería. Todavía olía a chorizo, azúcar, aceite y otros aromas que yo tenía en la memoria de mi primera infancia, cuando mi madre me mandaba a la tienda de Morenilla a comprar aceitunas y el famoso queso de bola Cadí tierno. En el techo de la guarida aún quedaban los ganchos y los travesaños para colgar los embutidos. Una bombilla peregrina de escasos vatios iluminaba la estancia; o más bien debería decir que la llenaba de sombras. En un rincón había una cama turca con un colchón de lana, que aún conservaba la forma del cuerpo del detective. Una silla, una mesa de matarife, una trampa para los ratones y un orinal constituían el resto del mobiliario; nada de lujos

        —No es el Palace, pero es mejor que muchos de los antros donde he tenido que dormir en los últimos años. ¿Te he hablado alguna vez de aquel cuartucho inmundo del Bronx en el que pasaba las noches?

        —Creo que no, señor White.

        —Tenía que dormir con un ojo abierto y el dedo en el gatillo de mi Browning para protegerme de las ratas. Eran más peligrosas que los maridos celosos y los capos de la mafia. Algunas tenían el tamaño de conejos.

        —¿No serían conejos?

        —No, en el Bronx no hay conejos: solo ratas y asesinos peligrosos.

        —¿Su mujer era del Brownx? —le pregunté, aprovechando su locuacidad.

        —No, mi mujer era de Inazares, pedanía de Moratalla, pero la conocí en Mahattan un día en que se produjo una enorme ventisca de hielo y nieve. ¿No te lo he contado nunca?

        —Creo que no, señor White.

        —Se llamaba Mary Bryant. Trabajaba como camarera en una de las mejores cafeterías de la Quinta Avenida, en el cruce con la calle 34. No era negra, pero le faltaba poco.

        —Sí, en Inazares el sol calienta mucho —le dije ingenuamente para mostrar interés.

        —Efectivamente. ¿Por dónde iba?

        —Por el cruce con la calle 34.

        —¿Conoces Nueva York?

        —Solo de las novelas y del cine. Pero es como si hubiera nacido allí.

        —Entonces, sin duda habrás oído hablar de la cafetería donde trabajaba Mary Bryant.

        —¿No sería la Starbucks Coffe?

        —Precisamente —gritó el detective chasqueando los dedos—. Ya veo que tengo al mejor ayudante.

        Al señor White le gustaba contar batallitas. Yo lo dejaba hablar y hablar hasta que se le secaba la boca y buscaba en el cajón de su mesa la botella de Pilé 43.

        Mientras la noche caía en el Downtown, Arthur White y yo veíamos las luces de la calle Mayor a través de los cristales de su oficina. El cartel luminoso de la tienda de El Pera no tenía nada que envidiar a los neones del Bronx profundo. Durante las primeras semanas nunca entró nadie en el local, excepto el señor Montoya, el cartero-librero. Yo sabía que el detective estaba preocupado por la falta de clientes, pero ambos disimulábamos.

        A la hora de cenar, el señor White ponía el cartel de cerrado y se encaminaba en dirección a la iglesia de El Salvador. Yo lo acompañaba una manzana, hasta la altura de mi casa. Allí nos despedíamos con un «hasta mañana». Desde el portal lo veía alejarse en dirección a la parroquia. Cuando el detective llegaba a la zapatería La Española, se santiguaba y rodeaba el templo, que ochocientos años antes fue hospital templario. No hacía falta ser escritor en ciernes de novela negra para darse cuenta de que se dirigía a los bares que rodeaban la iglesia. Como en un viacrucis, el señor White los visitaba todos: el Molowny, el Bodegón, el Progreso y así hasta completar todas las estaciones.

        Arthur White regresaba de madrugada a su guarida, cuando todos los bares estaban cerrados. La mayoría de las veces volvía tambaleándose, avanzando por la calle Mayor en zig-zag. En ocasiones llegaba acompañado del señor Bodego, pintor de brocha gorda y brocha fina, a partes iguales, que siempre pintaba el mismo cuadro, bohemio, alcohólico, noctámbulo y monaguillo en la reserva. Se quedaban un rato frente al escaparate de Ladislao, una tienda de ropa para niños, y hablaban con los maniquíes.

        —Soy mongaguillo —decía el señor Bodego con voz etílica.

        —Y yo detective privado —le respondía el señor White con voz de pitonisa ronca.

        Los dos se lo estaban diciendo al maniquí de una niña de ocho años que tal vez les recordara a la hija que nunca tuvieron.

 

 

 

(CONTINUARÁ)