lun

15

oct

2012

Caravaca Dowtown, 5

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 5

 

Sin darnos cuenta, el invierno se coló de repente en el Downtown. Los días se hicieron más cortos y las noches muy frías. Los comercios de la calle Mayor encendían más temprano las luces de los escaparates. A pesar del frío todas las puertas permanecían siempre abiertas. Todas, excepto la oficina de Arthur White.

        Empezaba a preocuparme el deterioro físico del detective. Se alimentaba una sola vez al día. En un mes había perdido varios kilos y le habían salido canas. Cada día lo encontraba más desmoralizado y apático, como si todo le diera igual. A veces no se afeitaba y con frecuencia me daba la tarde libre, aunque yo nunca me la tomaba. Aunque él no me lo confesó nunca, yo sabía que la falta de clientes estaba minando poco a poco su moral. Me enteré, por los comentarios de los vecinos, de que tenía deudas en algunas tiendas. Al señor Radibán («electrodomésticos, artículos para regalo, lavadoras marca Braun») le debía el importe de las bombillas que compró para iluminar la oficina. A mi padre le debía unas cuchillas, un tubo de jabón y una brocha de afeitar, además de unos optalidones que solía tomar el detective para la resaca. Incluso en el Estanco de mi amigo Andrés debía los últimos paquetes de Bisonte. Y, además, la deuda con el Mesón Los Faroles se multiplicaba de manera preocupante, a pesar del crédito sin límite que parecía haberle concedido el señor Miguel. En mi opinión, la situación del detective comenzaba a ser dramática, pero él nunca se quejó; al menos, no lo hizo en mi presencia. La última carta que había recibido era del Banco, a nombre de Arturo Blanco (supuse que se trataba de un seudónimo), y a juzgar por la expresión del detective no debían de ser noticias muy alentadoras.

        Cada mediodía, al entrar en su oficina después de la escuela, le hacía la misma pregunta rutinaria:

        —¿Alguna novedad?

        Él sabía bien a qué me estaba refiriendo. Hacía un gesto de resignación y se sacaba los forros de los bolsillos de los pantalones.

        —Ninguna: sigo tieso como una mojama, muchacho.

        —Diciembre, siempre ha sido un mal mes para un detective privado —le decía yo, tratando de animarlo.

        —Tienes razón, muchacho. Sin embargo, en el Bronx el índice de criminalidad subía cuando se aproximaban las navidades. ¿No lo sabías?

        —Pero esto no es el Bronx.

        Él me miraba tratando de sonreír, con un gesto nostálgico.

        —Pero se le parece. ¿Te he contado alguna vez aquella ocasión en que tuve que detener a un negro que medía más de dos metros y pesaba 150 kilos?

        —Creo que no, señor White.

        —Entonces yo estaba aún en la policía de Nueva York. Era inspector y tenía a mi cargo a toda una sección de hombres curtidos en cientos de horas de patrulla.

        Cuando el señor White comenzaba a contar cosas de su pasado, era imposible adivinar cuánto tiempo estaría hablando. A veces eran apenas unos minutos; pero en otras ocasiones se pasaba horas enteras contando historias de gansters, traficantes de armas y asesinos a sueldo. Yo lo dejaba hablar hasta que se le quedaba la boca seca y tenía que echar mano de la botella de Pilé 43.

        —Dígame una cosa, señor White —lo interrumpí cuando empezó a contarme cosas que ya había oído antes—. ¿Por qué se le ocurrió instalarse precisamente aquí, en Caravaca Downtown?

        El detective me miró y permaneció en silencio un largo rato. Yo temí haberlo molestado con mi pregunta. Luego siguió hablando en el mismo tono:

        —Verás, este es un buen sitio para un tipo como yo. Aquí hay mucho trabajo. En un lugar con tantas iglesias y tantas joyerías se producen robos con mucha frecuencia.

        —¿Usted cree?

        —Por supuesto, muchacho. Las iglesias y las joyerías atraen a los delincuentes como la miel a las moscas. Y la policía de aquí, con todos mis respetos, no está preparada para hacer frente al crimen organizado.

        El razonamiento del señor White me pareció de una lógica aplastante. Los Parrala Boys (nombre que dábamos a los policías municipales) no se dedicaban más que a poner multas de aparcamiento y cobrar los impuestos a los vendedores ambulantes los días de mercado. Pero si los necesitabas de verdad no era fácil encontrarlos. El crimen organizado campaba a sus anchas en la City. A veces se subían con el único coche patrulla al recinto del castillo, a fumar; o se paseaban por el paraje natural de las Fuentes del Marqués a horas intempestivas, por si quedaban maquis de la Guerra Civil, aunque todos sabíamos que el último que había sido avistado por aquellos parajes fue en 1949. De hecho, el último robo de importancia que se había producido en la localidad estaba aún sin resolver desde febrero de 1934. Y desde entonces ya había llovido y nevado mucho.

        —Es cuestión de tener paciencia, muchacho. Antes o después necesitarán de mis servicios.

        Pero mientras eso ocurría la supervivencia se iba convirtiendo en un problema para el señor White. Me di cuenta el día en que se terminó el contenido de la botella de Pilé 43. El detective me miró como el niño al que le quitan un caramelo en el momento en que se lo iba a echar a la boca.

        —Ahora sí que tengo un problema de verdad —me dijo mirando a la botella—. ¿Tú crees que la tienda del señor Aroca me fiarán?

        Yo estaba seguro de que sí, como a todo el mundo, pero intenté buscar una solución intermedia.

        —Déjelo de mi cuenta.

        Es misma noche cometí mi primer delito como ayudante de investigador privado. Mientras todos dormían en casa, me deslicé hasta el comedor, abrí la portezuela del aparador y saqué del mueble bar una botella de Anís Machaquito y otra de Cointreau. Las llevaba viendo allí desde que tenía uso de razón, aunque seguramente estaban mucho antes. Las metí en la bolsa de deporte, junto a la raqueta de tenis, y la «sustraje» a escondidas al día siguiente, cuando no había nadie en casa. Sabía que no las echarían de menos hasta el día de Nochebuena, la única vez al año en que se abría al mueble bar. Aún tenía una semana para reponerlas. Con un poco de suerte podría convencer a mis padres de que se las habían bebido mis tías la Navidad anterior, cuando vinieron a hacer los mantecados. Era cuestión de ensayar y de ser convincente.

        Cuando el señor White vio las dos botellas salir de la bolsa de deporte, se le humedecieron los ojos por la emoción.

        —Muchacho, eres más que un ayudante para mí —me dijo con la voz rota por la emoción—. Si no fuera porque hace años que perdí la fe, pensaría que Dios te ha enviado.

        —No tiene importancia.

        —¿Te he contado alguna vez cómo perdí la fe?

        —Creo que no, señor White.

        —Eso fue mucho antes de llegar a Nueva York. Yo era policía en San Francisco, USA, cuando una bomba estalló en los bajos de mi coche...

        El señor White hablaba y hablaba. Y yo lo dejaba hablar porque sabía que era su forma de agradecerme lo que acababa de hacer por él. Aunque lo que me estuviera contando no fuera del todo cierto. Y debo reconocer que no había nada más placentero que oír las historias de Arthur White y anotarlas luego en mi libreta de escritor de novela negra y criminal.

       

       

 

        

(CONTINUARÁ)