lun

22

oct

2012

Caravaca Dowtown, 7

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

 

CAPÍTULO 7

 

Los acontecimientos estaban tomando un cariz que no me gustaba en absoluto. En los comercios, en la calle, en los bares no se hablaba de otra cosa. La preocupación por los robos que se veía en los comerciantes del Downtown contrastaba con el optimismo de Arthur White. Mientras tanto, Los Parrala Boys daban palos de ciego en la investigación y hacían preguntas al tuntún en el vecindario. Pero nadie había visto ni oído nada. Enseguida se llegó a la conclusión de que se trataba de una banda profesional de ladrones, incluso internacional. Aquellos adjetivos parecían pensados para justificar la ineficacia de la policía.

        Sin embargo, el señor White parecía el hombre más feliz de la City. Se diría que le había tocado la lotería, aunque seguía igual de pobre que siempre. Los dos robos del día 29 no le preocupaban lo más mínimo. Sin pretenderlo, me convertí en el espía de mi propio jefe. Escrutaba cada uno de sus gestos y trataba de interpretar sus palabras como si detrás de cada frase pudiera encontrar alguna clave sobre él. Pero resultó inútil. A pesar de no encontrar ninguna prueba contra el señor White, mis sospechas iban en aumento.

        La Nochevieja de aquel 1975 fue muy fría, como todas las que recuerdo de aquellos años. Los chicos del Downtown nos reunimos en pandilla, frente a la tienda del señor Ladislao, y luego nos aventuramos por la Prolongación de la City. Pocas veces íbamos allí. Acostumbrados a las callejuelas del Dowmtown, la Gran Avenida de la Prolongación y las calles cuadriculadas e iguales no nos resultaban muy excitantes. Pero aquella noche la pasamos jugando al fúbol-salón en un pasaje de la Gran Vía, con una pelota improvisada que en su origen fue una pandereta. Ignoro la hora que sería cuando el coche de Los Parrala Boys se detuvo en la acera y un policía uniformado nos amenazó con llevarnos al calabozo a pasar la noche. Nos batimos en retirada.      

        Camino del Downtown, nos esperaba una sorpresa. En la puerta de la oficina de correos encontramos un bulto tirado en el suelo. Parecía un enorme saco que alguien hubiera abandonado. Nos acercamos por si era algo de valor, y enseguida reconocí al señor White. Estaba profundamente dormido y empezó a roncar en cuanto le dimos la vuelta.

        —Es el detective—les dije a mis amigos.

        —O está muerto o lleva un pedo impresionante —dijo Andrés el del Estanco.

        En efecto, el señor White olía a una mezcla de Varon Dandy, vino y licor café. Ignoraba dónde habría pasado la Nochevieja. Y de repente sentí un enorme remordimiento por haberlo dejado solo en una fecha como aquella.

        —Está vivo —dijo Miguel Ángel el del Perigallo, que quería ser médico y había aprendido a tomar el pulso sin mirar el reloj—. Si lo dejamos aquí sufrirá una hipotermia.

        —Y si nos los llevamos a casa, la sufriremos nosotros —dijo Juan Carlos el del Naranjero—. O algo peor que una hipotermia.

        —¿Qué hay peor que una hipotermia? —pregunté ingenuamente.

        —Una jamanza de palos —respondió Miguel Ángel, que tenía algo de psicólogo, además de médico.

        Entre los cuatro tratamos de espabilarlo y con mucho esfuerzo conseguimos ponerlo en pie. El señor White decía frases incoherentes.

        —Cuidado con el pecho —les advertí a mis amigos—. Recibió un disparo en un pulmón y la bala le salió limpiamente por la espalda.

        —Eso es imposible —dijo Juan Carlos—. Habría muerto.

        —Si le tocas entre la costilla octava y novena podrás encontrar la cicatriz —le expliqué—. Esa es la prueba de que no te miento.

        —Está muy oscuro —protestó Andrés—. Es imposible contar las costillas así.

        —Es igual, mañana le diré que os enseñe el agujero.

        —¿Tú lo has visto?

        —No, es que soy muy aprensivo.

        Mientras hablábamos, se nos escurrió el cuerpo del detective y se dio un enorme golpe contra el suelo. El golpe fue tan fuerte que temimos que los vecinos se despertaran. Había sonado como una calabaza rota. Enseguida empezó a sangrar por la frente.

        —Será mejor que le hagamos un torniquete —dije yo.

        —¿Tú estás tonto? ¿Un torniquete en la frente?

        Entre mis tres compañeros improvisaron un vendaje con tres pañuelos anudados, y le rodearon la cabeza. Yo me mantuve un poco apartado, porque temía desmayarme al oler la sangre, pues verla no se veía.

        —¿Y tú quieres escribir novelas policíacas? —dijo Andrés—. Sería mejor que probaras con la ciencia ficción.

        —Sí, la sangre en el espacio se licúa e impresiona menos —lo apoyó Miguel Ángel, que de eso sabía un rato.

        Llegamos con mucha dificultad hasta la oficina del detective. Saqué la llave del bolsillo de su americana y entramos a oscuras. Dejamos al señor White tumbado en el diván del psicoanalista. La trampilla del sótano estaba levantada. Sentí la tentación de bajar por las escaleras y comprobar si allí abajo estaba el botín del robo. Dudé por unos instantes y finalmente dije:

        —Vámonos, aquí no tenemos nada que hacer.

        El Downtown se despertó el día de Año Nuevo con la trágica noticia de varios robos. Durante las celebraciones de la noche anterior, los cacos aprovecharon para entrar en la tienda de El Pera y llevarse varias cajas de bragas, sujetadores, un paraguas y seis combinaciones de distintos colores. El robo, según el testimonio de doña Sebastiana, que vivía al lado, ocurrió cuando faltaba una hora para el amanecer. La mujer se había levantado para tomarse un vaso de bicarbonato y oyó un ruido de persiana metálica. Se asomó al balcón de la calle Mayor y vio una sombra que corría hacia la esquina con El Pilar. Allí desapareció. No le dio mucha importancia, hasta que por la mañana se enteró de la noticia. Sin saberlo, había sido testigo de la huida del ladrón.

        —¡Jesús, Jesús! —decía doña Sebastina—. Menos mal que no bajé a barrer la calle como todas las mañanas.

        A pesar de ser día festivo, la noticia corrió como la pólvora por el Downtown. Se veía miedo en la cara de los vecinos. Alguien comenzó a correr la voz de que se trataba de El Lute, el delincuente más peligroso del país. Eso sí que daba miedo. El Lute era el culpable de la mitad de los crímenes y robos que se producían en la Comarca. Y eso a pesar de que en ese momento estaba cumpliendo condena en el penal del Puerto de Santamaría. Pero ese detalle carecía de importancia. Todos sabían que El Lute se había escapado de prisión en 1971. Saltó de un tren correo en marcha y estuvo desaparecido durante varios meses. Y Aunque ya hacía años que lo habían detenido, al parecer nadie en el Downtown se creía la noticia de su falsa detención.

        Yo estaba contento, muy contento. Sabía que mi jefe no había robado aquel ajuar femenino. Y no era porque dudara de su hombría, sino porque el día 1 de enero, cuando entré en su oficina a mediodía para ver cómo se encontraba, seguía sobre el diván del psicoanalista en la misma postura en que lo habíamos dejado mis amigos y yo la noche anterior. Y, además, hablaba en sueños:

        —No me dispares, John —decía en su delirio etílico—. Yo no te delaté a la policía. El FBI seguía tus pasos desde hace meses y había puesto micrófonos en tu casa.

        Saqué mi libreta de escritor de novelas negras y criminales, y apunté aquella frase por si alguna vez podía colarla en un diálogo.

       

 

(CONTINUARÁ)