lun

29

oct

2012

Caravaca Dowtown, 9

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 9

 

 

El primer lunes del año el Ayuntamiento convocó un Pleno extraordinario para tratar el asunto de los robos que se estaban produciendo en la City. La alarma entre los vecinos del Downtown —y no solo entre los comerciantes— era grande. Hasta ese momento la gente había vivido con las puertas de las casas abiertas, y la mayoría dejaba la llave colgada de una alcayata, al alcance de todos, para no olvidar nunca dónde la había puesto. Pero eso se acabó en cuanto empezaron los robos.

        En los corrillos del Downtown no se hablaba de otra cosa. La sicosis llegó a tal punto que muchos aseguraban haber visto a un sospechoso que intentaba forzar una puerta, o que se paseaba a medianoche por los tejados. Debo reconocer que yo mismo empecé a recelar de todos los vecinos. Los niños pasamos a ser los principales sospechosos. Se temía que los vecinos de la Prolongación se alarmaran por las noticias que llegaban del Downtown y dejaran de hacer sus compras en el corazón de la City. Eso habría sido una auténtica tragedia, especialmente en unas fechas tan especiales como aquellas, en puertas de la celebración de los Reyes Magos. Nadie quería que ocurriese algo semejante.

        Desconozco los detalles de aquel famoso Pleno del Ayuntamiento que duró más de seis horas. Asistió la mayoría de comerciantes del Downtown y un grupo de vecinos tan numeroso que muchos tuvieron que esperar fuera, porque el aforo del salón de plenos resultó insuficiente. Se acordó por unanimidad contratar al investigador privado Arthur White para atajar la «oleada de robos» [sic].

        Aquella fue la primera noche que el señor White no hizo su ronda por los bares y tabernas del Downtown. Después de cenar un bocadillo de atún, mayonesa y olivas que dejó fiado en la tienda de Andrés Aroca, se quedó en la oficina viendo pasar las horas seguramente hasta el amanecer.

        —¿Se encuentra bien, jefe? —le pregunté antes de despedirme.

        —Nunca me he encontrado mejor. ¿Acaso tengo mala cara?

        —Al contrario. Precisamente eso es lo que me preocupa.

        Por la mañana el detective estaba más despejado que nunca. Se había afeitado y se había puesto una camisa limpia. Toda la oficina olía a Varon Dandy. Sin embargo, me pareció percibir cierto nerviosismo en su comportamiento.

        —Hoy puede ser un gran día —me dijo a modo de saludo con un tonillo que podría servir como estrofa de una canción—. O mucho me equivoco, o mi suerte va a empezar a cambiar.

        Su optimismo era contagioso. Me puse a ordenar los periódicos viejos, sin que él me lo sugiriese.

        —Puedes tirarlos todos si quieres. A partir de mañana tendré prensa fresca cada día. Y comeré dos veces al día. ¿Tú sabes cuánto tiempo hace que no como dos veces al día?

        —No, jefe, no tengo ni idea.

        —Pues desde que estuve en Oxford, Mississipi, resolviendo aquel caso que me trajo de cabeza.

        —¿También ha trabajado en Oxford?

        Como todos los niños de doce años, yo había leído a Faulkner de cabo a rabo, y a base de moverme literariamente por el condado de Yoknapatawpha tenía la sensación de haber pasado mi infancia en Mississipi.

        —Por supuesto. Para entonces ya había abandonado la policía de Nueva York, y trabajaba como detective privado en el caso de una niña blanca asesinada presuntamente por un negro. ¿Nunca te lo he contado?

        —Creo que no, jefe.

        —Entonces, siéntate y escucha la historia. Luego podrás incluirla en uno de tus libros, si quieres. La niña se llamaba Else Johnson...

        Cuando el detective comenzaba a contar alguna de sus historias, era como si el tiempo se detuviese. Ni siquiera las novelas de Raymond Chandler me provocaban ese efecto. Sin embargo, de repente llamaron a la puerta de la oficina, y el señor White, sin apartar la mirada de mí, dijo:

        —No es el cartero.

        —¿Cómo puede saberlo?

        —Porque el cartero siempre llama dos veces.

        Me gustó aquella frase para el título de una novela. De hecho llegué a escribirla, pero seis o siete años después, cuando me disponía a mandarla a todas las editoriales de España y Latinoamérica, un tal Bob Rafelson dirigió una película con ese mismo título y me hundió en la miseria creativa como nunca nadie lo había hecho. Llegué incluso a pensar que el tal Rafelson había sido amigo del señor White y que en alguna de sus juergas nocturnas por el Bronx le escuchó aquella frase y la apuntó en su libretita de director de cine.

        Sin embargo, en aquel momento yo estaba pendiente de la narración del detective, interrumpida por los golpes en la puerta, y no podía imaginar la frustración que sentiría años más tarde.

        —Entre y cierre rápido —gritó el detective.

        La puerta se abrió y apareció la silueta de un tipo al que yo estaba harto de ver, aunque ignoraba todo sobre él. Detrás entró una ráfaga de viento helado que recorrió toda la oficina. El detective no pareció sorprenderse por la visita.

        —Buenos días, caballero —dijo el Concejal, ignorándome como si yo fuera un gato de porcelana colocado sobre un sillón de barbero de segunda o tercera mano—. Mi nombre es Conrado Malaespina, y soy Concejal de Seguridad Ciudadana del Excelentísimo...

        —Sé quién es usted, señor Conrado Malaespina, Concejal, etcétera, etcétera. ¿Quiere usted sentarse? —dijo el detective señalando el sillón en el que me encontraba yo.

        Di un salto felino y me lancé sobre el diván del sicoanalista. El Concejal se sentó en el sillón después de mirarlo como si fuera la nave espacial de El Capitán Marte. Luego comenzó a dar explicaciones sobre el Pleno extraordinario que se celebró la noche anterior. Después de un largo debate, la corporación había decidido por unanimidad, con el apoyo de los comerciantes y vecinos, contratar al detective para resolver el «turbio asunto» de los robos en el Downtown.

        Me pareció que el señor White estaba esperando esa visita desde hacía tiempo. Por eso me sorprendió su reticencia a aceptar el caso.

        —Es un asunto muy turbio, como bien ha dicho usted, señor Concejal de Seguridad Ciudadana. En mis largos años como detective en Nueva York y en sus pedanías nunca me tropecé con un asunto tan turbio. Más turbio que el agua del Taibilla, que ya es decir.

        El señor Malaespina se mostraba visiblemente nervioso. Tamborileaba con los dedos en los brazos del sillón barbero y se atusaba un bigote inexistente, que tal vez en otras épocas debió de lucir sobre su labio superior, algo negroide y rebrincado, como si hubiera tenido abuelos mulatos en la antigua colonia de Cuba.

        —Sería un contratiempo para mí y para mi carrera en el Ayuntamiento que usted rechazara este caso, don Arturo.

        —White... Arthur White. Lo de Arturo es para andar por casa.

        El Concejal había empezado a sudar. El detective lo dejó hablar y hablar hasta que vio que la boca se le secaba y unas manchitas blancas le aparecían en la comisura de los labios.

        —De acuerdo, señor Malaespina, me ha convencido. No quiero hacer ningún desprecio a la City.

        —¿Eso significa que acepta?

        —Deme 100 dólares de anticipo para los primeros gastos y ya le iré pasando la minuta.

        —¿Y eso cuánto es en pesetas?

        —Unas 900 pesetas —respondió el detective sin titubear—. Por menos de eso no me pongo la chaqueta.

        El Concejal sacó del bolsillo de su abrigo un talón de cheques y lo extendió sobre sus piernas.

        —En efectivo, si no le importa —dijo el señor White como si hubiera repetido aquella frase miles de veces en su vida—. En el Downtown no hay bancos y no tengo tiempo de bajar a la Prolongación. Y no es por pereza, créame, sino porque quiero empezar a trabajar sin dilación.

 

 

(CONTINUARÁ)