jue

01

nov

2012

Caravaca Dowtown, 10

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 10

 

 

La noticia corrió como la pólvora, y la tranquilidad volvió de nuevo al Downtown; y me atrevería a decir que a toda la City. Se notaba el optimismo en la cara de los comerciantes.

Solamente en la calle Mayor se podían contar más de treinta comercios: siete tiendas de ropas y tejidos, tres sastrerías, tres confiterías, una joyería, dos papelerías, una autoescuela, dos droguerías y perfumerías, tres zapaterías, un ultramarinos, un negocio de electrodomésticos, una pollería-huevería y varios negocios de difícil catalogación.

        La popularidad de Arthur White creció de la mañana a la tarde. La decisión del Ayuntamiento de contratar al detective fue como un bálsamo para los vecinos del Downtown. Enseguida la normalidad volvió a las calles y la gente se olvidó del asunto de los robos.

        Sin embargo, El jefe de Los Parrala Boys, no parecía muy contento con la decisión de la corporación municipal. De alguna manera sentían que las autoridades municipales menospreciaban su trabajo. Y Bibiano García, a juzgar por los comentarios que iba dejando caer aquí y allá, no estaba dispuesto a que nadie pusiera en entredicho su trabajo.

        —Los tiempos están cambiando —le dijo el señor Perico M. Ibáñez al jefe de la policía cuando se lamentó en público de la decisión del Ayuntamiento—. Esto es así: o haces bien tu trabajo o te vas a Rusia.

        Para el señor Perico, alias Radibán, irse a Rusia era como irse al infierno. En su juventud pasó una buena temporada en Leningrado, con la División Azul, y desde entonces no había vuelto a vivir tantas penurias como aquellas. De vez en cuando decía «¿Jolovna, amigo!» y otras expresiones que suponíamos rusas..

        —Eso ya lo veremos. Aún no está dicha la última palabra.

        —Ándate con ojo, Bibiano, que te veo barriendo calles con el Almendra.

        —Todavía no ha nacido el guapo...

        El señor White era consciente de la inquietud que su presencia provocaba entre los agentes de la ley. En los días previos a la cabalgata de los Reyes Magos se podía ver policía en las calles a todas horas, algo inaudito hasta entonces. Pero el detective no se durmió en los laureles.

        —Vamos a montar un dispositivo de vigilancia día y noche.

        —¿Vamos?

        —Es una manera de hablar. Cuento con tu ayuda, pero cuando la necesite. ¿Te he contado alguna vez aquella ocasión en que teníamos rodeada a una banda de mafiosos en el Restaurante Pescarinni de Nueva York?

        —Creo que no, jefe.

        —Pues llevábamos más de dos meses detrás de la pista de Cara Cortada y sus pistoleros, cuando por un chivatazo supimos que estaban cenando en Casa Pescarinni, junto a una tienda de mascotas muy famosa de Nueva York. ¿Me sigues?

        —Sí, jefe.

        De repente tocaron a la puerta y una sombra entró sin esperar respuesta. Era el jefe de Los Parrala, Bibiano García. El agente se acercó a la mesa y sin mediar saludo dijo:

        —Tengo un soplo para usted.

        —¿Un soplo dice?

        —Sí, pero esto es información confidencial. Ni siquiera el Concejal de Seguridad Ciudadana sabe que estoy aquí.

        Por suerte, el agente no se había percatado de mi presencia. Me mimeticé con el mobiliario y aguanté la respiración como si fuera un gato de porcelana.

        —Desembuche —dijo el detective sin vacilar.

        —¿Sabe usted dónde está el cementerio viejo?

        —Más o menos.

        —Nos han informado de que por las inmediaciones del barrio del cementerio viejo se ha detectado la presencia de un individuo sospechoso que responde a la descripción del presunto ladrón que usted busca.

        Después de aquella frasecita, el jefe de Los Parrala tuvo que tomar aire para no ahogarse

        —Interesante, señor agente de la autoridad. ¿Y por qué no lo detienen y lo interrogan? Es lo que se suele hacer en estos casos.

        —Porque no queremos colgarnos la medalla, por eso no lo hacemos. Pero si usted tarda en dar con él, tendremos que tomar la iniciativa. ¿Me ha comprendido?

        —Creo que sí.

        —No tiene que darme las gracias. Como se suele decir: hoy por ti mañana por mí.

        —Okey, señor agente. Me ahorraré entonces las gracias.

        El agente Bibiano García se dirigió a la puerta sin despedirse, pero antes de abrirla se dio la vuelta y dijo:

        —Esta conversación entre usted y yo no se ha producido nunca. Yo no he estado aquí esta tarde. Usted y yo no nos hemos visto hoy.

        —Entendido. Lo he soñado todo.

        —Correcto.

        —Goodbay.

        —¿Cómo ha dicho?

        —Adiós.

        El agente Bibiano García salió sin responderle al detective. Mi jefe encendió un cigarrillo y me miró desde lo más profundo de su pensamiento.

        —Este tipo se piensa que trata con un aficionado.

        —¿Por qué?

        —Porque me ha dado una pista falsa. Nadie ha visto al ladrón hasta ahora; no tienen datos sobre su aspecto físico. Todo lo que ha dicho este Parrala es mentira.

        —¿Y por qué iba a mentirle a usted?

        —Puedo sospecharlo, pero no tengo pruebas. Todo este asunto empieza a oler muy mal, pero que muy mal. ¿No te parece?

        —Es la oficina.

        —¿Cómo dices?

        —Que es esta oficina la que huele mal. Debería usted ventilarla, tirar esos papeles viejos, vaciar las trampas de los ratones y..., si me lo permite, asearse un poco.

        El detective me miró muy serio. Tuve la sensación de haber cruzado una línea peligrosa: la línea que separa lo profesional de lo personal. Pero ya no había tiempo de dar marcha atrás. La tensión en el ambiente era tan densa que se podía cortar con una cuchilla (esta frase también la aprendí del señor White y, como siempre, la apunté en mi libreta). Sin embargo, cuando menos lo esperaba, el detective dijo:

        —Tienes toda la razón, muchacho. Es esta puta oficina la que huele tan mal. Hace seis días que no me cambio los gayumbos porque se me acabaron las mudas. Pero eso se terminó. He tenido un golpe de suerte y voy a aprovecharlo.

        El señor White abrió el cajón donde había guardado la botella de Pilé 43 hasta que se acabó la última gota, y sacó una Smith & Wessom del calibre 38, la misma arma que utilizaron en su momento Pedro Navajas y Dirty Harry, alias Harry el Sucio.

        Dejé escapar un silbido de admiración que se parecía mucho al de Robert Mitchum en La noche del cazador. Lo había estado ensayando desde el verano, y para ser la primera vez que lo hacía en público debo reconocer que no me salió del todo mal.

        —Caramba, jefe, con ese juguete se puede agujerear la caja fuerte del Banco Popular de Almería.

        —No creo, muchacho: es de plástico. Me retiraron la licencia de armas en Cincinnati por espantar los mosquitos de aquella apestosa pensión con mi Browning. ¿No te lo he contado nunca?

        —Creo que no, jefe. Si me lo hubiera contado, me acordaría.

        —Bueno, otro día te lo cuento. Ahora tengo mucho trabajo. Voy a solucionar de una vez por todas ese maldito asunto de los robos. ¿A qué hora es la Cabalgata de Reyes Magos?

        —A las siete.

        —Bien, entonces pongamos que empezará a las siete y media, por lo menos. Aún tengo tiempo de comprar unos gayumbos nuevos en El Pera antes de entrar en acción. No es cuestión de que me lleven al depósito de cadáveres con estos palominos.

        —¿Está hablando en serio, jefe?

        —Por supuesto que no. Estaba bromeando.

        —Además, aquí no hay depósito de cadáveres.

        —Eso sí que es un retraso, muchacho.

 

(CONTINUARÁ)