lun

05

nov

2012

Caravaca Dowtown, 11

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 11

 

 

Aquel 5 de enero de 1976 fue la primera vez que vi a mi jefe abandonar el Downtown, aunque fuera apenas por unas horas. Después de comprar ropa interior nueva y darle fuego a la vieja en una papelera oxidada, decidió que había llegado el momento de entrar en acción.

        Nos dejamos caer por la Canalica camino de la Prolongación. En la puerta de la relojería Fortis se detuvo y mientras encendía un cigarrillo me dijo:

        —Mantén los ojos bien abiertos, muchacho. Y en cuanto veas algún sospechoso moverse entre la multitud, me avisas. Yo no estaré muy lejos.

        Sentí una enorme responsabilidad. Incluso miedo.

        —Fíjate qué peluco —me dijo el señor White mirando el escaparate de la relojería—. Yo compré uno muy parecido en Tiffany. ¿Has oído hablar de Tiffany?

        —Sí, es una bolera que hay al final de la Prolongación.

        —No, yo me refiero a la joyería de la Quinta Avenida, esquina con la calle 57.

        —Me suena.

        —Cuando yo vivía en Nueva York, me gustaba acercarme a Manhattan desde el Bronx. Siempre me detenía delante de aquel escaparate y soñaba que algún día yo tendría un peluco como aquellos.

        —A mí me pasa lo mismo con las máquinas de escribir: cuando veo el escaparate de Pepe el de las Máquinas, sueño que algún día tendré una Olivetti Pluma 22 amarilla. ¿Se ha fijado usted en ese escaparate? —el detective negó con la cabeza—. Está en calle Mayor esquina con Sor Evarista, ese de ahí arriba.

        —Algún día tendrás una Pluma de esas que dices, ya lo verás. Si las cosas empiezan a irme bien, yo mismo te la regalaré.

        La cabalgata de los Reyes Magos fue apoteósica, aunque empezó con casi una hora de retraso. El señor White se estaba impacientando. La Prolongación de la City era un mundo desconocido para ambos, y creo que los dos nos sentíamos realmente incómodos moviéndonos entre la multitud, en aquella gran avenida que se llamaba del Generalísimo.

        —Las multitudes atraen a los delincuentes, muchacho.

        —¿Y usted cree que el ladrón acudirá a la cabalgata esta noche?

        —Es muy probable. Es posible, incluso, que lo tengamos delante de nuestras narices y no lo hayamos visto.

        Miré a mi alrededor observando detenidamente el rostro de la gente. Lo cierto era que todas las caras me resultaban inocentes. Incluso vi a algunos de mis amigos apostados frente al Gran Teatro Cinema, a la espera de la cabalgata.

        —Tú abre bien los ojos y déjame a mí el resto.

        Al cabo de un rato, el señor White se estaba impacientando. La cabalgata no comenzaba y cada vez había más gente.

        —Voy a enjuagarme la boca aquí cerca —me dijo señalando el cartel luminoso de la Discoteque Varak´s.

        —Pero ¿ahora?

        —No será más que un momento. Tú no te muevas de aquí.

        Una hora después de que terminara la cabalgata, el señor White seguía sin aparecer. Sin embargo, no quería marcharme sin más. Eso hubiera sido como abandonar el puesto de vigilancia sin esperar el relevo.

        Esperé un rato más, apostado junto a la puerta de la Discoteque Varak´s, en doctor Fleming esquina con Trafalgar. No entraba ni salía nadie.

        —Acho, ¿esperas a alguien? —me preguntó el portero, un joven con melena a lo Camilo Sesto que parecía aburrido y con ganas de conversación.

        —A mi jefe —respondí con desgana—. Entró a enjuagarse la boca hace un rato y todavía no ha salido.

        —¿Es un tipo con aspecto de extranjero, muy trajeado?

        —¿Lo conoces?

        —No, pero es el único cliente que hay en la discoteca. Esta noche está todo el mundo en esa tontería de la cabalgata. ¿Tú todavía crees en los Reyes Magos?

        Lo miré ofendido, como si me hubiera mentado a la madre.

        —Vale, vale, que no es para ponerse así. Era solo por curiosidad. ¿Quieres entrar a buscar a tu jefe?

        Le dije que sí y me colé en Varak´s. Era la primera vez que entraba en una discoteca.

        Encontré a mi jefe acodado en la barra del fondo, junto a una pista vacía en la que sonaba Gloria Gaynor con el Never Can Say Goodbay. Un camarero con pajarita le estaba sirviendo una copa de peppermint al señor White. A juzgar por el trabajo que le costaba al detective mantener la verticalidad, aquel no era el segundo ni el tercer trago.

        —¿Qué haces aquí, muchacho? —me dijo cuando me vio en la barra.

        —La cabalgata terminó hace mucho.

        —¿Qué cabalgata? Ah, sí, la cabalgata. ¿Cómo es posible que haya terminado ya? La cabalgata de Nueva York dura más de seis horas.

        —Pero esto no es Nueva York, señor White, esto es...

        —¿Por qué me llamas señor White? —me interrumpió—. ¿Ya no me llamas jefe?

        —No, ya no —le respondí decepcionado—. Tengo que irme. Aunque no creo en los Reyes Magos, me gusta estar con mi familia en una noche como esta. Pero usted no puede entenderlo, ¿no es cierto? 

        Tuve que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas que la rabia trataba de arrancarme. El detective se había puesto pálido. Me miraba con los ojos muy abiertos y trataba de decir algo, pero no era capaz. Me puso la mano en la cabeza y me revolvió los rizos.

        —Discúlpame, muchacho, no me di cuenta de lo tarde que era.

        Le aparté la mano de mi cabeza y Arthur White me miró como si le hubiera dado un puñetazo. No reaccionó, no dijo nada. Me di la vuelta y me alejé de la barra furioso. El trayecto hasta la puerta se me hizo interminable. Recuerdo que sonaba la voz de Barry White. Desde entonces, siempre que escucho aquel Love´s Theme, me viene a la memoria la pista vacía de una discoteca, un pasillo largo y oscuro, desolador, y la imagen nítida de un detective borracho, apoyado en una barra acolchada, para no caerse.

        Me encaminé hacia el Downtown por la gran avenida desierta. El suelo estaba lleno de confetis y tiras de papel. Cuando entré en las primeras calles estrechas y oscuras sentí un ligero alivio. Pero estaba triste, muy triste, aunque no sabía explicar por qué. Pensé que nunca volvería a salir del Downtown: allí había nacido y aquel era mi lugar.  

 

 

(CONTINUARÁ)