lun

19

nov

2012

Caravaca Dowtown, 15

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 15

 

El salón de Plenos del Ayuntamiento se había convertido en una improvisada sala de reuniones para el gabinete de crisis provocada por la huida de Luz Morales (a) Sor Bombilla. Algunos curiosos que se arremolinaban a la puerta le abrieron un pasillo al detective para que pasara. Cuando Arthur White entró en la estancia adornada con enormes cuadros, las caras que encontró eran de desolación. El jefe de la Policía Local soportaba con estoicismo las críticas que le llovían de las autoridades municipales. Cuando vieron al señor White, se hizo un silencio absoluto.

        —Voló el pájaro, por lo que veo —dijo el detective cuando estuvo delante del señor Rigabert, Alcalde a la sazón.

        A pesar de las preguntas y las respuestas confusas del jefe de la policía, nadie pudo saber con certeza en aquella reunión cómo había sucedido todo. Al parecer, cuando uno de los policías fue a llevarle un bocadillo de sardinillas en lata a la prisionera, descubrió que la puerta del calabozo estaba abierta. Y en el interior no encontraron más que la peluca postiza del Rey Baltasar, la capa y algunas herramientas que no pudieron explicar de dónde habían salido.

        —¿Unas herramientas? ¿Qué herramientas? —preguntó el detective.

        El jefe de Los Parrla Boys señaló los objetos que había sobre la mesa de plenos: una ganzúa, un berbiquí, una barrena y una llave que, sospechosamente, encajaba en la cerradura de la puerta del calabozo.

        —¿Y cómo podía llevar esto encima una sospechosa de robo? ¿Acaso nadie la registró antes de entrar en el calabozo? —siguió Arthur White con el interrogatorio.

        —¡Era una mujer! —gritó el agente Bibiano García como si aquello lo explicara todo—. Y uno es un caballero, maldita sea.

        Luego empezaron a hablar todos a la vez y no pude escuchar nada más a través de la puerta.

        Cuando mi jefe salió de allí, no parecía abatido ni desmoralizado por los acontecimientos. Al contrario, me pareció adivinar una sonrisita en su rostro.

        —Vámonos, muchacho. Yo ya hice mi trabajo y aquí no tenemos más que hacer.

        En ese momento se acercó un hombre muy delgado, con un bigotito muy fino sobre el labio y unas gafas de nácar gruesas. Tartamudeaba ligeramente y tenía un tic en la ceja derecha.

        —Serafín Martín para servirle, señor White. Soy el corresponsal del diario Línea en la Comarca del Noroeste. ¿Puede usted atenderme un momento?

        El detective miró al repórter de los pies a la cabeza.

        —¿No nos hemos visto antes? Su cara me suena mucho.

        —Sí, alguna vez hemos coincidido...

        —No me diga más —lo interrumpió el señor White—. Usted vendía perritos calientes en Central Park. Ahora lo recuerdo.

        —Perdón, ¿cómo dice?

        —Yo le he comprado a usted más de un perrito con mucha mostaza, ¿no es cierto? Por eso me suena su cara.

        —Me temo que no. Nos hemos cruzado alguna vez en el Mesón de los Faroles. Además de corresponsal, soy el distribuidor de gaeosa de la Comarca...

        —Del Noroeste... —terminó la frase mi jefe.

        —Así es. Me gustaría hacerle unas preguntas sobre este caso del ladrón atrapado y luego huido.

        —Ladrona, señor Martín, ladrona. Verá, señor Martín, en este momento estoy muy ocupado. Mi ayudante y yo tenemos mucho trabajo aún que hacer: informes, etcétera, etcétera. Además, yo no estoy autorizado para dar determinada información.

        El repórter Martín nos miró a mi jefe y a mí alternativamente. Al parecer, no esperaba una respuesta así. Los periodistas estaban acostumbrados a que la gente se pusiera a dar botes en cuanto veían la posibilidad de salir en los periódicos.

        —Y ahora, si me lo permite, debemos ponernos manos a la obra: el crimen organizado no descansa.

        El enviado especial del diario Línea enarcó una ceja y entornó un ojo.

        —Bueno, le preguntaré a la gente por ahí ver qué me pueden contar.

        Cuando la noticia se extendió por la City, se produjo una enorme consternación en el Downtown. Al día siguiente, los diarios La Verdad y Línea le dedicaron dos columnas en la tercera página a la noticia; acontecimiento inaudito, pues desde 1934 la Comarca no había tenido tanto espacio en la prensa regional. La mitad de las cosas que se contaron era mentira, y la otra mitad puras especulaciones. Pero había pocas noticias después de cubrir todas las cabalgatas de Reyes de la provincia y era necesario llenar páginas.

        El miércoles 7 de enero el Downtown se despertó con la resaca de las fiestas y el temor a que los robos se reprodujeran y acabaran con la paz y el equilibrio del barrio. Sin embargo, mi jefe no parecía afectado por la noticia ni por el frío helador con que arrancaba aquel enero.

        Arthur White pasó la mañana en las tres sastrerías de la calle Mayor: la de Amadeo, la de José Manuel Caparrós y la de Juan Sánchez. En cada una de ellas se encargó un traje. Luego compró ropa interior en El Pera, zapatos en Calzados El Nino, y una cadena de oro con cruz de Caravaca en la Joyería de Antonio Ros, en Faquineto 5.

        Cuando yo lo visité por la tarde-noche en su oficina, el señor White parecía un pincel.

        —Ahora las cosas empezarán a ir bien, muchacho —me dijo cuando me contó todas las novedades del día—. No nos faltará trabajo. Incluso podré contratar a una secretaria.

        —¿Y a un ayudante? —le pregunté con desconfianza.

        —No necesito ningún ayudante, para eso ya estás tú —luego señaló al teléfono—. Mira, acabo de solicitar en Telefónica una línea para la oficina. ¿Qué te parece, muchacho?

        Su optimismo era contagioso.

        —Fantástico, jefe...

        —En mi oficina del Bronx llegué a tener secretaria, empleada de la limpieza, dos ayudantes y un confidente. ¿Nunca te he contado cómo contraté al confidente?

        —Creo que no, jefe.

        —Se llamaba Jimmy y tenía más de sesenta años. Había trabajado durante toda su vida de sparring en un gimnasio donde entrenaban los boxeadores. Estaba sonado, ¿me entiendes? Con tanto combate y tanto golpe en la cabeza se había quedado tarumba. Pero era un tipo listo, el más listo de la calle 37, desde el Boulevard hasta la Floristería de Rosita. Recuérdame que te hable de Rosita, una cubana negra como el tizón que llegó al Bronx como bailarina y...

        El señor White hablaba y hablaba mientras yo escuchaba con la boca abierta. En esos momentos el tiempo se paraba y yo no sabía si era de día o de noche, si estaba en el Downtown o en Nueva York. Nada me importaba más que escuchar y tratar de recordar las historias que me contaba el señor White.

 

 

(CONTINUARÁ)