jue

06

dic

2012

Caravaca Downtown, 20

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 20

 

 

Al principio me pareció que la señorita Mimí era una de esas mujeres que abundaban en las novelas policíacas: cuerpo exuberante, pero cerebro de mosquito. Sin embargo, no era así. Me costó reconocer que Mimí era una mujer inteligente, eficiente en su trabajo y guapa, muy guapa.

Con el anticipo que mi jefe le dio cinco minutos después de haberla contratado, Mimí alquiló un apartamento en la calle Mayor, frente a una de las tiendas del señor Pepe el de las Confecciones. Era una finca muy antigua, donde únicamente tenía como vecinas a una pareja de ancianas centenarias: dos hermanas gemelas. Eran maestras jubiladas y pasaban la mitad del día sentadas en el brasero y la otra mitad cotilleando. Pero Mimí decía que eran encantadoras.

El pasado de Mimí fue desde el principio una incógnita. Mi jefe no le preguntó nada sobre su origen, y yo no conseguía sacar el tema sin que pareciera forzado, de manera que no llegamos a saber nada de ella, excepto las cosas que iba dejando caer aquí y allá en la conversación.

      —¿Así que quieres ser escritor?

      —Sí, señora, de novelas policíacas y criminales.

      —¿Y no prefieres las novelas de amor?

      —No, señora.

      —No me llames señora.

      —Como usted quiera, señorita.

      —Mimí estaría mejor, ¿no te parece?

      —Bueno, Mimí.

      Mireia Millán, es decir, Mimí era una caja de sorpresas, como mi jefe. Enseguida descubrí que le gustaba leer. La única objeción que yo le ponía era que únicamente leía novelas de amor. Mimí descubrió, no sé cómo, la Librería de la Tía Escopeta, en el Pilar. Era un local extraño… En rigor, el adjetivo «extraño» no le hace justicia. La Tía Escopeta se llamaba en realidad Aurora, pero eso no lo supe hasta muchos años después. Era asturiana y se había casado con un habitante de la City, concretamente del Downtown. A la vista saltaba, por el acento, que no era de la zona. Su librería era en realidad una tienda de chucherías, juguetes de plástico, cómics nuevos y usados, y, sobre todo, de novelas de amor y del oeste para intercambiar. Por una peseta te llevabas una novela, a condición de que entregaras la anterior. También las alquilaba a dos pesetas. Sus novelitas de quiosco habían pasado por miles de manos del Downtown, y a veces acudía gente de la Prolongación para llevárselas. El local era un semisótano de 8 x 8 metros, sin ventanas, que olía a regaliz, chicle Bazoka y papel de libro envejecido. Era un olor inconfundible. Por alguna razón, Mimí y la Tía Escopeta, es decir, doña Aurora, se cayeron muy bien desde el primer momento. Hasta el punto que cuando la secretaria del detective no tenía la peseta para retirar una nueva novela la Tía Escopeta, es decir, doña Aurora se la dejaba fiada, aunque me consta que nunca se las cobró.

      Mimí, para mi desgracia, era un dechado de virtudes. Lo que yo no había conseguido con mi jefe en dos meses lo consiguió ella en dos días. O menos. Yo esperaba que con una mujer en la oficina las cuestiones higiénicas y de limpieza mejorasen. Y no me equivoqué. Una tarde, al entrar en el local, me encontré a mi jefe como si fuera vestido para la guerra, con un enorme delantal y un pañuelo en la cabeza. Todo estaba manga por hombro. Mimí, sentada frente al escritorio, ordenaba unos papeles y le daba indicaciones al señor White sobre las cosas que debía hacer. Durante dos días lo tuvo eliminando telarañas, pitando paredes, fregando suelos y cristales, tirando papeles y otros zarrios que llevaban en el local desde que había sido tienda de ultramarinos. Mientras tanto, Mimí atendía al técnico que debía instalar la línea telefónica, escribía a máquina con dos dedos más deprisa que yo con diez, y decidía qué colores le convenían a las paredes.

     Dos días después mi jefe estaba con fiebre y un tremendo lumbago. Y lo peor de todo, no protestó en absoluto. Enseguida me di cuenta de que Arthur White había sucumbido a los encantos de aquella mujer. No había más que ver cómo aceptaba todas las sugerencias de Mimí, cómo la llamaba «señorita», cómo la miraba. Incluso su aspecto y su higiene mejoraron.

 

 

 

 

 

 

 

     Los dos días que el señor White tuvo que estar en reposo por sus dolores de espalda me sirvieron para observar con más atención a Mimí. Tuvimos que trabajar codo con codo, y debo reconocer que lo hacía muy bien. Se despegaba dos uñas de porcelana y con solo dos dedos copiaba a máquina lo que yo le dictaba.

   —¿Y todo esto sale de tu cabecita? —me preguntó cuando terminamos el informe sobre Severina Arteaga.

      —Pues sí, de aquí sale.

      —Entonces eres un portento, chico. Es una pena que solo tengas once años.

      —Doce —la corregí.

     Me había ruborizado y ella lo notó. Se colocó las uñas de porcelana con un pegamento que guardaba en el bolso, se apartó con coquetería un mechón que le caía sobre la frente y me dijo:

      —Yo no te caigo bien, ¿no es cierto?

      Me apuré, tragué saliva, tosí para ganar tiempo.

      —Se equivoca, señorita Mimí.

      Ella me sonrió y suavizó el gesto.

      —Conmigo no tienes que disimular. Me gusta la gente franca, que va de cara. ¿De qué tienes miedo?, ¿de perder la confianza del señor White? Él te aprecia, no tienes nada que temer. Tú eres para él como un hijo.

      —¿Cómo lo sabe?

      —Me lo ha dicho.

En ese momento comprendí que Mimí y el señor White pasaban muchas horas sin que yo estuviera delante y, sin duda, hablaban de sus cosas.

      —Tiene usted razón —le confesé en un arranque de sinceridad—: no me cae usted bien.

     —¿Ves cómo no era tan difícil reconocerlo? Por el contrario, tú me caes muy simpático.

      Mimí sabía ganarse a la gente; tenía un don especial para hacerlo. Lo había hecho con el señor White y lo estaba haciendo ahora conmigo. ¿Cómo se podía cambiar la opinión sobre una persona en cuestión de minutos? Y aquello era precisamente lo que estaba ocurriendo. De repente me di cuenta de que todo aquello no era otra cosa que celos. Había oído hablar de ellos en numerosas ocasiones, pero no los había experimentado hasta ese momento.

      Me acerqué a la mesa y cogí la novela de amor que estaba leyendo Mimí en sus ratos libres. Se titulaba Cabeza de estopa, escrita por Rafael Pérez y Pérez, publicada en Editorial Juventud.

      —¿Qué tal está ese libro? —le pregunté con fingido interés.

      —Me tiene enganchada.

      —¿Me permite?

      Abrí el libro y comencé a leer: «Descuidadamente bajaba el paje por la loma cuajada de pinos espesísimos, entre los cuales se abría paso a malas penas un sinuoso camino de herradura». Seguí leyendo en voz baja.

      —No está mal —reconocí al cabo de un rato.

      —No hay que tener prejuicios sobre los libros y las personas.

Volví a ruborizarme. Aquella mujer sabía dar en el clavo sin pillarse los dedos. Entonces me salvó la campana. Es decir, alguien llamó a la puerta y nuestra conversación quedó interrumpida sine die. Me apresuré a abrir. Una mujer entre sesenta y cinco y setenta años me miró de arriba abajo. Yo no fui capaz de decir nada.

      —Pase, por favor, no se quede en la puerta —dijo Mimí.

Me aparté para que entrara. Ella dudó. Finalmente avanzó muy despacio hasta la mesa tras la que estaba sentada Mimí.

      —Por favor, siéntese. Mi nombre es Mireia Millán, pero puede llamarme Mi-mí.

La mujer hizo un gesto de agradecimiento y se sentó. Estaba visiblemente nerviosa. Se cogía las manos y se las frotaba como si las tuviera muy frías.

      —Me gustaría hablar con el detective —dijo al cabo de unos segundos.

      —El señor White no se encuentra en estos momentos. Está trabajando en un caso y no pasará por la oficina. Pero puede hablar conmigo con total confianza. ¿Qué se le ofrece?

      La mujer, con la mirada fija en las uñas de porcelana de Mimí, dijo:

      —Me llamo Severina Arteaga y me gustaría contratar los servicios del señor Arthur Whithe.

 

(CONTINUARÁ)