jue

13

dic

2012

Caravaca Downtown, 22

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 22

 

Ver caminar al señor White por la calle Mayor, tieso como el palo de una cucaña, era un verdadero espectáculo. La gente salía de las tiendas para ver al detective, que caminaba como los gigantes de madera y cartón que desfilaban en las fiestas de la City. El señor White hacía esfuerzos por sonreír y mostrarse natural, pero todo resultaba muy forzado. Algunos niños lo seguían por el centro de la calle como si de un momento a otro fuera a sonar la dulzaina que solía acompañar a los desfiles de gigantes y cabezudos. Los más atrevidos se acercaban y le tocaban la mano, en un gesto transmitido de padres a hijos, generación tras generación.

        Cuando Severina Arteaga lo vio entrar en la oficina abrió mucho los ojos y se santiguó.

        —¡Jesús, Jesús! ¿Qué le ha pasado a usted?

        —No se asuste, señora, no es nada grave —respondió mirando con cara de pocos amigos a su secretaria—: que uno no está en edad de hacer determinadas cosas.

        —El señor White estuvo haciendo limpieza y ahora su espalda se está quejando —dijo Mimí—. Es por la falta de costumbre.

        Severina Arteaga le señaló el asiento al detective y le pidió que se sentara. Arthur White se dejó llevar. Ella le levantó la ropa y le puso las manos en la espalda.

        —Permítame —dijo la anciana—. Quizá yo pueda ayudarlo.

        —¿Es usted enfermera?

        —No, pero heredé una gracia de mi madre para rezar verrugas, aliviar dolores de muelas, de oídos y abdominales… A veces funciona con la espalda. ¿Nota el calor de mis manos?

        —Ciertamente… Lo noto, ya lo creo.

        El detective cerró los ojos y la señora Arteaga recitó en voz baja una especie de jaculatoria.

        —Yo no creo mucho en estas cosas, pero lo cierto es que siento alivio.

        —Eso es solo el principio. Dentro de un rato podrá dar saltos.

        —Perdone que lo dude, doña Severina.

        —¿Cómo sabe mi nombre?

        El detective se azoró. Miró a su secretaria y luego me miró a mí.

        —Me lo dijo mi ayudante… Esto va muy bien, pero que muy bien. Así que usted es curandera…

        —Sanadora, pero no ejerzo. Desde que me fui a Barcelona no he vuelto a imponer las manos.

        El detective cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones.

        —Quería hablar conmigo, ¿no es cierto?

        —En privado, si es posible. Y espero que no suene ofensivo.

        Hubo un silencio breve en el que todos nos miramos. Finalmente Mimí tomó la iniciativa.

        —Nos vamos a tomar un cafelito —dijo la secretaria—. Es la hora precisamente.

        Nunca olvidaré aquel día. Era la primera vez que veía a una mujer en la Peña Taurina, en la calle Mayor esquina con El Pilar, el mismo local donde un año antes estaba la Farmacia del señor López Battú. Cuando entramos, los parroquianos se quedaron en silencio. Sin embargo, Mimí fingió que no se daba cuenta de nada. Las miradas, aunque iban dirigidas a ella, me quemaban.

        —¿Qué van a tomar? —preguntó el camarero.

        —Un tequila.

        —Marchando un té —se gritó a sí mismo.

        —Disculpa, no quiero té, sino tequila.

        El camarero se quedó inmóvil, como si se le hubiera acabado la pila.

        —Eso es lo que beben en México, ¿no?

        —Y en Móstoles también se bebe.

        —No tenemos —dijo el camarero contrariado—. ¿Le pongo otra cosa?

        Mimí echó un vistazo a la estantería y señaló con el dedo.

        —Eso rojo que tienes ahí. Y para mi acompañante una leche con Colacao.

        —Marchando un pacharán —volvió a decirse a sí mismo el camarero.

        —Supongo que te gustará el Colacao —me dijo confidencialmente.

        —Habría preferido otro pacharán.

        Mimí me miró y se distanció un poco para verme mejor.

        —«Caramaba», como diría el jefe, te estás haciendo un hombrecito y yo sin darme cuenta —metió los dedos entre mis rizos del mismo modo que solía hacerlo el señor White—. Otro día nos tomamos tú y yo uno de esos, pero en un sitio con algo más de glamur.

        Mimí sabía cómo hacerse querer. Cuando le dio el primer trago al pacharán lo paladeó y levantó el vaso haciendo un brindis a los parroquianos, que no habían dejado de mirarla.

        —No son mala gente —le dije a Mimí—. Pero no están acostumbrados a ver mujeres aquí.

        —Pues ya es hora de que se vayan acostumbrando.

        Un rato después entró Arthur White caminado a lo Robert Mitchum, como si nunca hubiera padecido lumbago. Mimí y yo lo miramos igual que a un fantasma.

        —Mano de santo —dijo el señor White—. Esa mujer es un milagro de la naturaleza. Y pensar que yo no creía en esas cosas.

        —Hombre de poca fe… —dijo Mimí—. Tómese lo que quiera y cuéntenos todo con pelos y señales.

        El tratamiento de usted me desconcertó. Si los dos dormían en la misma cama, como yo sospechaba, ¿a qué venía disimular delante de mí?

        —No os lo vais a creer —dijo el señor White—. La señora Arteaga ha contratado mis servicios para que la informe sobre el coronel Santoni.

        Mimí y yo nos miramos con complicidad. Ese tipo de casualidades únicamente se daba en las novelas y en las películas, y aquello no era ni lo uno ni lo otro.

        Mientras Severina Arteaga le imponía las manos en la espalda al señor White, le contó la historia de su relación con el coronel, que a grandes rasgos coincidía con lo que Santoni le había contado unos días antes.

        —Esa mujer está perdidamente enamorada del coronel —dijo el detective.

        —¿Te lo ha dicho ella? —preguntó Mimí.

        —Con otras palabras, pero es tal y como yo te lo estoy contando. Se marchó de la City porque pensó que era la única manera de olvidarlo. Se casó, tuvo hijos, nietos… Cuando volvió, años después, ya nada era como antes, excepto sus sentimientos hacia el coronel. En realidad es una mezcla de amor y odio.

        —Conozco ese sentimiento —dijo Mimí, y los dos la miramos como si detrás de aquella frase se ocultara otro secreto.

        Severina Arteaga quería conocer cómo había sido la vida del coronel Santoni. A juzgar por lo poco que sabía de él, le parecía un hombre solitario, amargado, raro. Por una parte se alegraba de que no le hubiera ido bien, pero por otra se sentía triste de verlo en aquel estado. Santoni era un alma en pena que vagaba por la City con un viejo chucho que parecía una prolongación del anciano. La gente murmuraba a sus espaldas, se burlaba de sus excentricidades y de su tacañería. Y eso a ella le dolía, aunque le costó trabajo reconocerlo. Se había cruzado dos veces con él por la calle y no se había atrevido a saludarlo. No sabía cómo actuar delante de él.

        —Pero ¿le confesó a usted que amaba al coronel? —insistió Mimí.

        —Para un hombre como yo no es necesario oírlo con todas las palabras. Yo entiendo mucho de mujeres.

        El detective miró a su secretaria con gesto de arrepentimiento. Incluso me pareció que se mordía la lengua.

        —Así que conoce usted a las mujeres…

        —Al menos creía conocerlas. En fin, no quería decir eso.

        —¿Y qué piensa hacer ahora, señor White? —pregunté—. ¿Va a contarle la verdad a ambos?

        El detective se quedó pensativo. Era evidente que aún no tenía un plan.

        —¿Alguna sugerencia? —preguntó el señor White.

        —Yo creo que no debería usted jugar a dos bandas —dijo Mimí.

        —¿Alguna sugerencia más? 

        —¿Escribir un informe para doña Severina? —dije yo.

        —Y concertar una cita con el coronel cuanto antes —añadió Mimí—. Ese hombre está sufriendo.

        —De acuerdo, encárguese usted de llamarlo. Iremos a cenar a su casa y hablaremos con él.

       

        

(CONTINUARÁ)