lun

24

dic

2012

Caravaca Downtown, 25

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 25

 

 

El intento de asesinato del coronel Santoni era casi el único tema del que se hablaba en el Downtown aquella mañana de sábado. A la puerta de la oficina de Arthur White se agolpaba una multitud de chiquillos y curiosos. Por eso decidí esperar a la señorita Mimí en su casa.

        Regresó cuando empezaba a anochecer y por su cara no me pareció que trajera buenas noticias.

        —El señor White está bien —me dijo antes de que le preguntara—. Pero esto me huele muy mal.

        —¿No van a soltarlo?

      —Me temo que alguien le ha tendido una trampa.

       Eso era exactamente lo que yo había estado pensando desde que se llevaron al señor White detenido.

        —¿Y el conorel Santoni? ¿No debería usted hablar con él?

      —Ya no está en la Casa de Socorro. Me dijeron que se había marchado a su casa. Le tomaron declaración y le dieron un sedante para que se tranquilizara. Según le contó a la policía, alrededor de las seis de la madrugada oyó un ruido en la planta baja y pensó que era el perro. Cuando bajó, alguien se abalanzó sobre él y le golpeó la cabeza. Al perro le habían administrado un narcótico y no pudo avisarle. El coronel volvió en sí un par de horas después y bajó a la Casa de Socorro para que le curaran la herida. Estaba desorientado y tenía memoriae lapsus.

        —¿Cómo dice?

        —Es un término forense que significa que no se acordaba de nada.

       —¿Qué ocurrió realmente anoche en la cena?

        Hice la pregunta con ingenuidad, pero sonó igual que un disparo en el silencio de la noche. Mimí me miró pensativa, como si tratara de recordar todo lo que había sucedido la noche anterior. Después empezó a relatarme los acontecimientos como si al hacerlo pudiera encontrar algún resquicio que desmostrara la inocencia del señor White.

    El coronel Santoni le había causado una impresión contradictoria a Mimí. Según me contó ella, el anciano no parecía muy acostumbrado a tratar con mujeres. La presencia de la chica lo puso nervioso. Sin embargo, cuando el detective comenzó a relatarle al coronel lo que había averiguado sobre Severina Arteaga, el anciano se tranquilizó. El señor White no le confesó que había recibido la visita de Severina, ni le contó que también trabajaba para ella. Se limitó a hablarle de la vida que había llevado la mujer durante los años que vivió en Barcelona y a darle algunos consejos al coronel

    —Yo en su lugar le escribiría una carta confesándole sus sentimientos —le dijo el detective.

        —Sin tapujos —añadió Mimí—. A las mujeres nos gusta saber esas cosas, se lo aseguro.

    —¿Ustedes creen que eso es lo más adecuado?

        —Sin duda —aseguró Arthur White.

        —Pero yo no tengo facilidad para la pluma: yo soy más de hacer cuentas.

     —No se preocupe, coronel —dijo Mimí—, nosotros conocemos a un escritor que puede poner negro sobre blanco sus sentimientos de manera que parezca que lo ha escrito usted.

   —¿Ah, sí? —preguntó el detective—. ¿Conocemos a un escritor? —Mimí hizo un gesto para indicar aproximadamente mi altura y los rizos de mi cabello—. Ah, sí, efectivamente, conocemos a un escritor que tiene facilidad con la pluma, concretamente con una Olivetti Pluma 22 amarilla.

        El coronel miró al cielo como si hubiera oído una voz del más allá. Puso los ojos en blanco y se mordió los labios. Mimí y el señor White se asustaron; parecía que iba a entrar en trance. Pero finalmente no lo hizo.

        —¿De verdad harían eso por mí?

    —Nosotros hacemos cualquier cosa por nuestros clientes. Y usted, permítame que se lo diga, es uno de nuestros mejores clientes.

        Mimí estaba impresionada por la oratoria del señor White.

        —Les recompensaré; por supuesto que les recompensaré. En cuanto abran el lunes el banco, les recompensaré. Mientras tanto… —el coronel se puso en pie y paseó la mirada sobre los cuadros del salón—… permítame que le obsequie con otro cuadro de algún antepasado.

        Eligió uno al azar y tiró con fuerza para separarlo de la pared. Las telarañas se resistían, pero finalmente consiguió desprenderlo. Lo colocó sobre la mesa, y el mantel se llenó de cadáveres de insectos que disfrutaban del descanso eterno desde hacía décadas en la parte trasera del lienzo.

      —Esta es mi tatarabuela Filomena Santoni. Dicen que era todo un carácter. El cuadro tiene un valor incalculable. Lo pintó un artista de Jumilla…, ahora no recuerdo el nombre, pero es igual. Tome, es para usted.

     El detective trató de rechazarlo, pero finalmente, aconsejado por Mimí, decidió no hacerle un desprecio al anciano.

        —Y ahora hablemos de esa carta —continuó el coronel—. ¿Qué me aconseja usted que le diga a Severina? ¿Debo ser comedido o expresarle mis sentimientos abiertamente? ¿Piensa que sería mejor ir poco a poco, o por el contrario sería mejor ir al grano?

      El coronel Santoni hablaba y hablaba, llevado por el entusiasmo. Empezó a sacar del aparador botellas de licor y otras bebidas espirituosas que llevaban tantos años en la casa como los cuadros. El detective las probó todas, según palabras textuales de Mimí.

        —Extraordinario este Cantueso: nunca lo había probado.

       —Tiene más de doscientos años. En la bodega hay vino de cuando los moros cultivaban estas tierras.

        —Caramba, verdaderamente eso es un vino con solera.

        —¿Quiere usted probarlo?

        —Lo probaré por no hacerle a usted un feo.

        Mimí recordaba bien la hora a la que se habían marchado de casa del coronel Santoni: las dos de la madrugada. Lo sabía con certeza porque al salir a la calle oyó el reloj del castillo que daba la hora.

      —Tuve la sensación de que alguien nos vigilaba —me confesó Mimí—. En realidad fue algo más que una sensación.

        —¿Vio a alguien?

        —Efectivamente. Mientras volvíamos a casa me pareció escuchar pasos a nuestras espaladas un par de veces. El señor White no le dio importancia: con tanto vino y tanta bebida espirituosa… Ya me entiendes.

        —Sí, quiere usted decir que iba animadito.

     —Algo más que animadito. En fin, me ahorraré los detalles para no escandalizarte.

        —Yo no me escandalizo por eso. Conozco al señor White mucho antes que usted y sé cuáles son sus puntos débiles.

        Mimí me sonrió condescendiente. Mi frase le había hecho gracia, aunque yo no podía entender por qué. Luego continuó la narración:

        —En un par de ocasiones estuve tan segura de que nos seguían que me detuve y le hablé a las sombras: «Sal de ahí si eres valiente, vamos, ¿acaso tienes miedo de una mujer? Solo tengo un arma con seis balas, no debes temer nada.

        —¿Eso dijo?

        —Sí, el miedo te hace valiente.

        —Conozco esa sensación.

        —Pero lo mejor de todo es que cuando grité aquella frasecita alguien en la oscuridad echó a correr.

        —¿La atacó?

        —No, quiero decir que salió huyendo. Y eso no son fantasías. No estaba borracha: cuando estoy trabajando no bebo, ¿comprendes?

    —Sí, bueno, podría tratarse de un barrendero.      

        Mimí me miró desafiante, entornó los ojos y me dijo con el mismo tono que de voz que Dana Andrews le hablaba a Gene Tierne en la secuencia final de Al borde del peligro:

     —¿Con quién me confundes, chico? Sé distinguir perfectamente a un barrendero de un asesino.

        —Disculpe, no quise decir eso —respondí abochornado.

        —A pesar de que estaba oscuro como la boca de un lobo, lo vi como te estoy viendo ahora a ti. Si me cruzara por la calle con él, sería capaz de reconocerlo: unos veinticinco años, patillas pobladas, bigote, de complexión fuerte.

        —¿Por qué no hacemos un retrato robot?

        Mimí me sonrió y en ese momento oímos cómo alguien trataba de abrir la puerta desde fuera. Nos miramos y contuvimos la respiración.  

      —¿Está pensando lo mismo que yo? —le pregunté en susurros.

        —¿Y qué estás pensando?

        —Puede ser ese asesino que anda suelto.

     De repente escuchamos unos pasos decididos en el pasillo y apareció en el umbral de la puerta la silueta de Arthur White, despeinado, con barba de dos días y un aspecto deplorable.

      —No deberías dejar la llave debajo del felpudo —dijo el señor White—, es el primer sitio en donde miran los ladrones.

        —¿Está bien, jefe? —le pregunté.

       —No, no estoy bien, estoy jodidamente mal. Necesito un trago. Y no responderé a ninguna de vuestras preguntas hasta que no me lo haya tomado.

       

 

       

(CONTINUARÁ)