lun

07

ene

2013

Caravaca Downtown, 29

(novela negra y digital por entregas)

 

Por LUIS LEANTE

 

CAPÍTULO 29

 

 

Todo había salido según los planes de Mimí; incluso, mejor de lo que ella esperaba. Por eso yo no podía entender la preocupación del señor White. Ni siquiera tuvo que emplearse a fondo con aquel matón para sacarle la información que necesitaba.

        El señor White había previsto someterlo a un interrogatorio de manual. Estaba seguro de que aquel pájaro no iba a cantar por las buenas.

        —Primero utilizaré la estrategia del poli malo —nos explicó—. Luego pasaré al poli bueno, y después vendrán las amenazas verbales y los golpes. Creo que en tres o cuatro horas se habrá derrumbado. Pero el señor White se equivocó: el matón se derrumbó en tres o cuatro minutos.

        El portero de la Discoteque Varak´s se despertó pasado el mediodía. Cuando abrió los ojos, vio al detective sentado frente a él, en mangas de camisa, con el sombrero puesto y un cigarrillo en los labios.

        —¿Dónde estoy?

        —En el infierno —respondió el detective.

        El portero tenía las manos atadas al somier y apenas podía moverse.

        —¿Cómo he llegado hasta aquí?

        —Te trajo una muñeca con la que pretendías hacerte el listillo anoche. ¿No lo recuerdas?

        —No recuerdo nada.

        —Entonces, yo te refrescaré la memoria.

        —¿Sabes quién soy?

        —El detective ese.

        —White, Arthur White… Y tú eres el tipo que intentó matar al coronel Santoni hace tres días.

        —No quería matarlo, solo darle un susto.

        El detective hizo un gesto de victoria. Aquello estaba resultando demasiado fácil. Pero no quería confiarse.

        —Así que ¿reconoces que fuiste tú?

        —Yo soy un mandao: yo hago lo que me mandan.

        Arthur White cerró los puños y contuvo su rabia.

        —¿Para quién trabajas?

        —Para nadie.

        —Te lo preguntaré solo una vez más.

        —No trabajo para nadie, ya se lo he dicho. El Bibiano me pidió que le hiciera el favor y se lo hice.

        —¿Te refieres a Bibiano García, el jefe de los Parrala Boys?

        —Sí, somos medio primos y le debo algunos favores.

        —¿Y también te ordenó que me mataras?

        —No, eso no. Solo me pidió que le diera un susto.

        —Pues con haberte disfrazado de Sofía Loren habría sido suficiente. No hacía falta que me abrieras la crisma.

        —No quería darle tan fuerte, pero estaba oscuro y no calculé bien.

        El detective no podía creerse que hubiera sido tan fácil sacarle la información a aquel tipejo. Enseguida dio un silbido y Mimí apareció en el sótano.

        —¿Te acuerdas de mí, guapo?

        El portero abrió los ojos de par en par. Reconocía la voz de la mujer, pero era incapaz de identificarla con la vedette de la noche anterior.

        —Usted es… la…

        —La vedette, efectivamente, aunque ahora te parezca una simple secretaria.

        Mientras Mimí y el señor White me lo contaban todo, yo no hacía más que mirar la trampilla que conducía al sótano.

        —¿Qué te pasa, muchacho, pareces nervioso?

        En realidad, lo estaba. Era la primera vez que me veía envuelto en un caso tan turbio como aquel, aunque no sería la última.

        —¿Está ahí? —pregunté señalando la trampilla.

        —Sí, ahí sigue. Pero no debes temer nada: es inofensivo —me dijo el señor White en un tono tranquilizador.

        —No lo digo por eso, sino porque… en fin, esto es un caso flagrante de retención ilegal, es decir, secuestro. Y eso es un delito recogido en el Código Penal, Capítulo Primero del Título VI, concretamente en los artículos 163 a 168.

        Mimí y el detective me miraron como habrían mirado a un marciano.

        —¿Y tú cómo sabes eso, muchacho? —preguntó el señor White sin parpadear.

        —Quiero ser escritor de novelas negras y criminales, así que debo estar al tanto de la legislación.

        —Chico listo —dijo el detective.

        —El niño tiene razón —dijo Mimí, y la palabra «niño» me dolió más que las vacunas que nos ponía don Alfonso Zamora, el hombre que cuidaba de la salud del Downtown, además de don Ángel Martín, mi vecino—. Será mejor soltarlo cuanto antes y…

        —Y denunciar al señor Bibiano —terminé yo la frase.

        Mimí y el detective se miraron y guardaron silencio. No sé por qué me pareció que mi idea no les había resultado muy interesante.

        —Eso no es posible —dijo el señor White.

        —¿Por qué…?

        Hice la pregunta con ingenuidad, pero en el gesto del detective vi algo que no me gustó. ¿Qué estaba pasando allí?

        Mimí se puso en pie, encendió un cigarrillo y comenzó a pasear de un extremo a otro de la oficina. Su rostro era de preocupación y cada vez estaba más tensa.

        —Necesito pensar —dijo el señor White—. Esto no es tan fácil como parece.

        —Déjalo ir sin más —lo tuteó Mimí—. Ese infeliz no va a denunciarnos.

        —¿Cómo puedes estar tan segura?

        —Pura intuición. Si cuenta algo, él también saldrá perjudicado. No olvides que ha intentado matar a dos personas. Por no hablar del allanamiento de morada, nocturnidad, etc., etc.

        Me pareció que Mimí sabía muy bien de lo que hablaba. El señor White estaba aturdido. Su expresión era la de un hombre acorralado, atormentado.

        —De acuerdo, piensa —lo tuteó Mimí—. Pero hazlo rápido. El tiempo corre en nuestra contra.

        Los acontecimientos se precipitaron sin seguir ningún guion. Esa noche, el señor White soltó al portero de la Discoteque Varak´s. Según nos contó, el matón estaba muy asustado. El detective representó delante de él el papel de tipo duro.

        —Tenía tanto miedo, que podía olerlo —me contó Mimí al día siguiente—. Salió de la oficina a medianoche como si lo persiguiera el diablo.

        Mimí insistió en que no los denunciaría, pero lo que ahora le preocupaba verdaderamente al señor White era el peligro que entrañaba el cabo Bibiano García. Sin duda, el Parrala no había dicho aún su última palabra.

        Y de repente sucedió.

        La policía judicial se presentó en la oficina de Arthur White con una orden de detención y se lo llevaron al cuartel de la Guardia Civil.

 

 

       

(CONTINUARÁ)