dom

29

sep

2013

Periodismo, tradición y tecnología

 

Es una realidad que la prensa escrita pasa por uno de los peores momentos desde que se convirtió en un medio de comunicación de masas con la ayuda del ingenioso herrero Johanes Gutenberg y la inestimable colaboración de Otto Merghentaler, alias el Tiralíneas.

 

En la última década, numerosas cabeceras de periódicos históricos han claudicado, disfrazando su paso del papel al formado digital como un triunfo de la adaptación a los nuevos tiempos, en lugar de como un fracaso de gestión, de pérdida de lectores o de incapacidad para anticiparse a la que se les venía encima desde hacía unos cuantos años. También —y hay que decirlo—, por la desidia profesional y de gestión: despido de periodistas con mucha experiencia; becarios que realizan sin cobrar el trabajo que antes hacían los veteranos; reducción de medios; condiciones precarias, etcétera.

 

En nuestro país, el periódico impreso —en los casos en que se mantiene— se tambalea peligrosamente, mientras la prensa digital va ganando terreno y colocando sus pequeñas picas en Flandes. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. La globalización de la tecnología hace que todos podamos ser periodistas —también cineastas, reporteros de guerra, espías al servicio de su Graciosa Majestad… pero eso es otra historia—. Cuanto mayor es la crisis de los grandes periódicos tradicionales, mayor es la proliferación de “periódicos” digitales que se pueden montar, dirigir, gestionar y editar desde la mesa de la cocina, con la única ayuda de un ordenador con conexión wifi y unos conocimientos básicos de informática.

 

Si me extiendo tanto en este preámbulo no es para criticar el derecho de cada uno a convertirse en periodista, a editar su periódico, a lanzar a diestro y diestro la información. No, no es esto de lo que me lamento, sino del desamparo en el que quedamos quienes buscamos en los medios de comunicación algo más riguroso sobre lo que ocurre o suponemos que ocurre en el mundo. Me refiero a los que buscamos algo tan simple como información.

 

En los últimos tiempos es muy fácil convertir en verdad algo que no ha sucedido; enterrar a quien aún vive y colea; lanzar bulos envenenados sobre la vida de cualquier personaje o personajillo. Además, los nuevos “medios periodísticos” se retroalimentan unos de otros, de manera que basta con lanzar una noticia para que se multiplique y se comparta en cuestión de segundos sin que nadie se moleste en contrastarla. Hagamos la prueba. En una tarde de domingo lluviosa y más bien aburrida, no necesito más de hora y media para crear una plataforma digital gratuita con forma de periódico. Segundo paso. Corto y pego noticias de otros periódicos —ni siquiera hace falta que sean los más grandes—, que voy colocando en las distintas secciones: economía, cultura, deportes. Luego creo mis propias noticias. Por ejemplo: «Muere Roberto Carlos, el cantante brasileño, a los 72 años»; «Gabriel García Márquez publica una emotiva carta de despedida de sus lectores»; «Se descubren unos documentos que demuestran que Carlos Gardel nació en Barbastro, Huesca»; «La Ministra de Decencia y Decoro pillada en un sexshop de Montpellier acompañada de un sacristán de la catedral de la Almudena»; «Estudios recientes demuestran que el aire que se respira en el cinturón industrial de Madrid provocará cáncer en 8 de cada 10 personas en los próximo tres años»; «La canciller alemana compra ropa interior fabricada en países del Tercer Mundo donde se explota laboralmente a los niños»; «Un estudio histórico publicado en la Universidad de Princepton (Nueva Jersey) demuestra que Cataluña fue República Independiente durante la dominación romana»; «Los smartphone de Apple emiten ondas electromagnéticas que inhiben el deseo sexual»; «El periodista Javier Sempere demuestra que el fútbol es un invento de los árabes»; «Se descubren elementos tóxicos en los yogures de la marca Yoplait»; «El Parlamento de Francia se plantea reinstaurar la pena de muerte»; «Un estudio clínico revela que el deterioro físico del rey Juan Carlos se debe a la endogamia de los Borbones»; «Los españoles no saldrán de la crisis hasta la segunda semana de junio de 2063»; «Dos millones de españoles encontrarán trabajo en Alemania en el último trimestre de 2013»; «Tres de cada cuatro parados sobreviven gracias a la comida que encuentran en los contenedores de basura.»

 

En fin, la lista es interminable. Pero lo cierto es que no hay más que poner una de estas noticias en una plataforma digital creada ad hoc, una aburrida tarde lluviosa de domingo, para ver cómo la noticia se multiplica exponencialmente. A veces, ni siquiera es necesario redactarla: basta con subir un titular a alguna de las redes sociales en las que desahogamos nuestras frustraciones (de manera legítima, por supuesto).

 

Me pregunto qué pasará cuando el último de los periódicos tradicionales despida de su plantilla tradicional al último de sus tradicionales periodistas, y la información tradicional pase a mejor vida. Me preguntó qué ocurrirá cuando los medios obsoletos claudiquen ante las posibilidades que nos ofrecen las novísimas tecnologías, ante la libertad para informar y ser informado. Pero es una pregunta para la que no tengo respuesta. Mientras tanto, me paseo por la ciudad con un periódico de papel en una mano y mi tablet en la otra, consciente de que no falta mucho para que mi fuente de información sea el patio de vecinos, la cafetería de la esquina, Facebook o alguno de los nuevos medios de comunicación escrita que cada vez están más al alcance de nuestra mano.