dom

24

ago

2014

Míster Simonds

Mark Simonds es británico y topógrafo, o viceversa, tiene cincuenta años, dos hijas, un hijo y una hipoteca en Swuineshead, donde vive su familia. Además, se decica a la política desde 2001 y es secretario de Estado de Asuntos Exteriores del Gobierno de su país. O más bien debería decir «era secretario de Estado». Desde hace unos días, la prensa seria y la menos seria —si es que alguien es capaz de distinguirlas a estas alturas— hacen mofas, chuflas, rechiflas y burlas a costa de míster Simonds, que ha renunciado a su cargo político porque su salario de 171.000 € (incluidas dietas) no le permite vivir dignamente con su familia en el centro de Londres (entiéndase por «vivir dignamente» tener en alquiler una vivienda de cuatro habitaciones y dos baños en la capital británica). Dicho de otro modo, míster Simonds se ha cansado de vivir cinco días a la semana en hoteles londinenses y compartir con su familia únicamente los fines de semana en su casa con hipoteca. Cualquiera que haya intentado comprar o alquilar una vivienda en el centro de Londres, como no es mi caso, sabrá que 171.000 € no dan para lo mismo allí que en Gordoncillo, provincia de León, donde los alquileres y los vinos (con tapa incluida) no son tan desorbitados. Imagino que además de las burlas de la prensa, míster Simonds será diana de los dardos envenenados de las chirigotas de Cádiz, de las Fallas de Valencia, de los tertulianos profesionales y aun de los humoristas radiofónicos o televisivos —profesionales y/o amateur— de nuestro país durante una temporadita larga.

 

No obstante y dicho lo cual, alguien tan ingenuo como yo no sale de su asombro por la decisión insólita de este señor, o míster, que por lo visto no sabe cómo medran los políticos de otro país, cuyo nombre tengo en la punta de la lengua pero no me sale, enclavado entre los Pirineos y África, y no es Portugal ni el Principado de Andorra. Bueno, ya me saldrá el nombrecito cuando quiera salirme. Lo digo, porque este buen señor, o míster —permítaseme la confianza— no debe de haber oído lo que aquí es vox pópuli: que a la política uno no debe entrar para hacerse pobre, sino para todo lo contrario. Seguramente míster Simonds no conoce cómo nos las gastamos en otros «países hermanos»: el mangoneo, el mamoneo, el choriceo, el saqueo, las comisiones, la apropiación indebida, el trato de favor, los ingresos no declarados, el latrocinio, la prevaricación y así hasta casi el infinito o un poco más acá (pero no mucho) al que estamos acostumbrados en estos lares de la Unión Europea, que cada vez es más europea y menos unión.

 

Tampoco salgo de mi asombro al tener noticia de alguien —míster Simonds, precisamente— que renuncia a la política porque no llega a fin de mes con su sueldo público. Aquí, si no nos llega el sueldo, nos lo subimos, faltaría más. Aquí, hasta el consejero de Festejos y Cultura Local de la más minúscula autonomía tiene casa en el centro de su capital y vive con su familia, como Dios manda, y con chacha para los niños (a cargo del Estado, naturalmente). Y me «viene a las mientes», que diría don Quijote, el caso de cierto presidente autonómico que a micrófono abierto (él creía que estaba cerrado, faltaría más) pronunció aquella frase célebre y trite a la par: «Yo estoy en política para forrarme». Cosas más sorprendentes habrás de ver, amigo Sancho. Y las estamos viendo.

 

En fin, a mí no me parece que míster Simonds se merezca nuestras chanzas. Por el contrario, se me saltan las lágrimas, como al Lazarillo de Tormes frente a un trozo de tocino rancio, al pensar que prefiere trabajar de topógrafo, o escribir sus memorias, antes que meter la mano en la caja de caudales pública o privada, desviar dinero a paraísos fiscales, o jubilar con solo diez años cotizados a su suegra, a su sobrino político, al director del colegio de sus hijos, al propio conserje del colegio, o al dueño de la inmobiliaria de la esquina, que es hermano de una novia que tuvo en el segundo curso de licenciatura (ahora grado, gracias al Plan Bolonia), y con el que se lleva muy bien a pesar de que no fue más que un amor de verano el que tuvo con su hermana.