sáb

01

nov

2014

Cartas, postales y otros restos arquelógicos

Cuando tenía dieciocho años, quizá diecisiete, decidí que de mayor quería ser «escritor de cartas de amor a mano». Por eso me procuré amores a los que escribirles, ya fuera en postal o en carta de papel El Galgo de color ahuesado —mi favorito—; modalidades ambas muy populares otrora, aunque en desuso en los tiempos que corren.

A los veintitrés años, sin embargo, llegué a la conclusión de que «escritor de cartas de amor a mano» no era una profesión de la que se pudiera vivir holgadamente, como pretendía yo; así que decidí hacerme «escritor a secas», aunque enseguida comprendí que los obstáculos económicos y fiscales no iban a ser baladíes, por no hablar del hambre que tendría que pasar.

Tardé otros veintitantos años en cumplir mi sueño profesional. Y cuando lo conseguí puse gran empeño en recuperar mi carrera interrumpida en los albores de su gestación: escribir cartas de amor con estilográfica y papel El Galgo. Para entonces, la escritura a mano había pasado a mejor vida —es decir, había nacido el MSN, el e-mail, el chat, el wasap y otros logros de nuestra civilización—, y supuse además que mis amores epistolares de juventud no solo se habrían olvidado de mí, sino que estarían más preocupados por el futuro laboral de sus hijos, hijas y/o maridos que por recuperar una relación epistolar con un «escritor de cartas de amor a mano» frustrado o tardío, según se mire o se quiera interpretar.

        Púseme entonces a la absurda tarea de escribirme a mí mismo. Quiero decir, no es que me escribiera cartas de amor, sino cartas a secas, porque como dice el Eclisiastés —creo que lo leía ahí—, «a falta de pan, buenas son tortas», o algo por el estilo porque cito de memoria. Por lo general, me escribo a mí mismo cuando paso temporadas largas fuera de casa, casi siempre por trabajo. Unas veces me cuento la nostalgia que siento de mí mismo, o cuánto añoro mi vida tranquila, apartada del mundanal ruido de los aviones al despegar y de las salas de fiesta instaladas en la última planta de mi hotel; otras, me cuento cosas que por lo general no me atrevería a contarme cuando estoy conmigo en casa, quizá por pudor, quizá por falta de motivación. La mayoría de las veces, cuando viajo lejos, me envío postales bonitas —en color o en blanco y negro—, que recibo casi siempre cuando ya estoy en casa, y las leo como si me las enviara otro, incapaz de reconocerme en la euforia del momento, o en la reflexión de unos días atrás. Confieso que lo que más ilusión me hace recibir son las postales de países lejanos, incluida Alemania, que para alguien como yo que aspira a llegar a pie a todas partes, está muy lejos.

        Hace siete años —y a esto es a lo que iba, aunque el preámbulo se me ha ido de las manos, porque cuando no escribo a mano me «desparramo literariamente» y mi estilo se hace algo barroco y bastante cansino—, andaba yo de un sitio a otro con mi maleta minúscula, y en cada país o en cada ciudad, me enviaba a mí mismo una postal que seleccionaba con cuidado, colocaba con mimo sobre la mesa del hotel de turno y garabateaba con mi pluma Parker Sonnet labrada en Guilloché, la que llevo a los viajes porque ocupa menos que mi ordenador de 15 pulgadas, al que también soy adicto, debo confesarlo. Muchas de aquellas postales no llegaron nunca a su destino. Otras, las menos, llegaron a casa antes que yo. Pero lo que no esperaba que ocurriera fue lo que ha sucedido precisamente con una postal fechada en julio de 2007 en Panamá. Me explico:

        Ayer, poco antes del mediodía, abrí el buzón de casa para recoger las posibles multas de tráfico, las posibles cartas del banco y la inevitable publicidad de Tele-pizza, como hago los días impares, excepto sábados, domingos y festivos. Y hete ahí que encontré una postal en blanco y negro, bastante manoseada, del Canal de Panamá. Era una postal elegida con un gusto sublime, con la imagen de un barco en las esclusas, muy cinematográfica a la par que literaria. Me pregunté entonces quién me podría escribir desde tan lejano país. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que era un señor que se llamaba como yo y tenía una letra muy parecida a la mía. Además, enseguida reconocí que la postal había sido escrita con estilográfica. El corazón se me desbocó. ¿Qué podía contarme aquel hombre que me imitaba incluso en el apellido? Era un texto breve. Un saludo improvisado para contarme que había llegado bien a Panamá y que desde allí volaría a Costa Rica; una anécdota, el nombre de un postre y un saludo muy cariñoso que casi me arrancó un lagrimita, pues me recordaba mi estilo epistolar de aquellos tiempos en que yo quería ser «escritor de cartas de amor a mano». Me conmovió, para qué voy a negarlo. Tardé en desentrañar el misterio apenas tres minutos y cincuenta y dos segundos, lo que dura el trayecto a pie de los cinco pisos que subí sin forzar el paso. Y creo que fue al introducir la llave en la cerradura cuando comprendí que aquel señor que me escribía era yo mismo. Me enjugué la lagrimita, o me rasqué la cara, no sabría precisarlo, y recordé aquel día, hace siete largos años en que me escribí desde un hotel de Panamá una postal que ha tardado 87 meses en llegar. Demasiado tiempo, según mi nada imparcial opinión.

        Hoy me ha dado por releer algunas de las postales a mano que me he escrito a lo largo de mi vida. Y por esa nostalgia absurda que nos invade inexplicablemente cuando menos lo esperamos, me he puesto a escribir cartas de amor a mano a mujeres cuyas direcciones desconozco, cuyos rostros apenas recuerdo y cuyos nombres, después de varios lustros, son para mí ya una incógnita.