jue

03

nov

2016

La última función de Bette Davis

Supongo que no se llamaba Bette Davis. Ni siquiera se parecía a Bette Davis. Pero a mí me recordaba a Bette Davis. Esas cosas pasan y no hay que buscarles explicación ni tratar de justificarlas.

 

Era comienzos de julio y finales de siglo XX, «puede ser que fuera 13» —por hacerle un guiño a Sabina— y además era «Fiesta» —otro guiño para Hemingway—. Era un pueblecito de León. Era un bar que se llamaba El Gato Rojo.

 

Por echar mano de los tópicos e irritar a algún purista del estilo, diré que El Gato Rojo estaba «hasta la bandera». Nos apretábamos alrededor de las mesas, frente a la barra, junto al futbolín y la máquina tragaperras, y bebíamos y hablábamos mucho. Todos, excepto Bette Davis, que bebía en silencio su ginebra sin hielo, sentada frente a la barra en un taburete rojo que hacía juego con el nombre del bar; rodeada de gritos de paisanos y niños que apuraban a escondidas los restos de los vasos, como hacíamos algunos hace cuarenta años. Pero a Bette Davis no parecía molestarle la algarabía. Daba traguitos cortos a su ginebra y fumaba mucho. Tenía el pelo muy rubio y muy platino, planchado. Tenía un bolso negro muy grande. Tenía ojos de buey, con bolsas marcadas con surcos. Tenía una mirada etílica. Tenía más de setenta años, calculé.

 

La gente no miraba a Bette Davis ni ella miraba a la gente. Quizá yo era el único que la miraba. En realidad, ella miraba sin ver. Se llevaba el cigarrillo a los labios con dificultad. Le temblaban la mano y el vaso. No atinaba a echar la ceniza en el cenicero de Cinzano, valga la aliteración. Llevaba las uñas muy largas y cuidadas, como de porcelana. De repente pagó la cuenta y se puso en pie, o hizo el amago. Se tambaleó. La muchedumbre amortiguó la caída y no llegó a clavar la rodilla en tierra. Se recompuso lo más digna que pudo. Pidió perdón con la lengua trastabillada, pero con elegancia, y caminó hasta la puerta como únicamente habría caminado Bette Davis después de beber varios vasos de ginebra sin hielo. Final de la primera parte y elipsis, ¿qué sería de la vida y del arte sin elipsis?

 

Aquella noche asistí al probablemente último espectáculo de teatro ambulante que se dio en España, casi veinte años después de que se hubiera dado por muerto el género cuando bajó el telón para siempre el Teatro Chino de Manolita Chen. Era una carpa azul y blanca instalada sobre una era, junto a las escuelas del pueblo. ¿Cómo podría olvidarlo? Suelo cubierto de paja, butacas de hierro y lona, plegables, de un naranja viejo. Se representaba obra de Jardiel Poncela y espectáculo de variedades, canción española, boleros, versos de García Lorca y rifa de un peluche y una mantilla de poliéster con flecos de lana. No lo habría cambiado por el mejor espectáculo en el Teatro Real.

 

Y entonces la carpa se quedó a oscuras y sonó música de cassette y al iluminarse el escenario apareció Bette Davis, espléndida, radiante, sobria, con su cabello muy rubio platino y sus espléndidos setenta y tantos años, bella en su decadencia, artista en cada uno de los poros de su piel, y empezó a cantar «apoyá en el quicio de la mancebía, / miraba encenderse la noche de mayo. / Pasaban los hombres, / ella sonreía / hasta que en la puerta paré mi caballo».

 

Y me entró un no se qué que veinte años después aún no soy capaz de explicar. Y me dio por temblar y por aplaudir y gritar como poseído por aquella mágica transformación. Y me sentí un hombre con suerte por ser testigo de la última función de Bette Davis. Porque aquella fue la última función, según anunció el director de la compañía poco después de hacer rodar las bolas del bingo en el sorteo del peluche y de la mantilla de poliéster que ahora no puedo recordar a quién le tocó.