vie

17

feb

2017

Domingo de julio

Era un tórrido julio de hace casi treinta años. Era Madrid. Era domingo. Era una pensión ocupada por prostitutas y opositores a notarías y enseñanzas medias. La mayoría de nosotros ya había vuelto, derrotada, a sus casas. Apenas quedábamos dos o tres. Blanca y Alejo, supervivientes como yo de la escabechina, me invitaron a pasar con ellos el domingo en Segovia para alejarnos de tanta tensión. Qué amables eran los dos.

 

Era un Peugeot 205 blanco. Era una brújula en un tiempo en que no existían los navegadores. Pasamos parte de la mañana tumbados bajo el acueducto romano. Partíamos el pan de los bocadillos con un hacha y reíamos continuamente. Sí, reíamos mucho, me acuerdo bien. En mitad de aquel remanso de risas, Alejo contó una historia dramática que había sucedido cerca Elche de la Sierra, su pueblo, durante una nevada que dejó incomunicados a los habitantes de un caserío: falleció un hombre y tardaron varios días en enterrarlo porque el coche de la funeraria no podía llegar hasta allí. Tuvieron al finado una semana conviviendo con los vivos en la casa y siguieron haciendo vida normal y aliviando el luto. Esa historia, años después, se convirtió en el arranque de mi novela El canto del zaigú. Cuando Alejo terminó su historia, paseamos por Segovia y bebimos vino en vasos de plástico. Éramos felices.

 

El martes pasado, veintisiete años después, un señor me recibió en el colegio donde yo iba a tener un encuentro con alumnos. Era el jefe de estudios. Me tendió la mano, me saludó por mi nombre y me dio un sobre con varias fotografías. Lo abrí. En pocos segundos volví a Segovia, a un domingo tórrido de julio, al acueducto, a Alejo y Blanca. Ese hombre era Alejo y no lo era. Los veintisiete años pasaron adelante y atrás en décimas de segundo, como dicen que les ocurre a quienes están frente a la muerte. Fue un viaje rápido pero intenso, incluso doloroso. Éramos nosotros, pero no lo éramos. Nos contamos media vida en cinco minutos, el tiempo que los alumnos tardaron en entrar en el salón de actos. Le conté, cómo no, que aquella anécdota del cadáver no enterrado se había convertido en el arranque de una novela. Espero que algún día la lea. Blanca ya no podrá leerla. Si existe otra vida, quizá me la encuentre algún día en la cantina de los exopositores, de los examigos, de los exjóvenes y se lo cuente. Creo que le divertirá saberlo. Ya veremos.