El arte de la interpretación de los sueños

Desde que era un niño tengo dos pesadillas recurrentes que me han perseguido durante años. La primera: sueño que se me mueven los dientes y al intentar sujetarlos para que no se me caigan termino con ellos entre los dedos. ¡Dios, qué pesadilla! Una vez le pregunté a un indigente, que había sido psicoanalista antes de desengañarse de la vida, qué significaba aquello y me dijo que probablemente mi madre tenía afición a los geranios. La verdad es que no me quedé muy convencido.

 

Sin embargo, la pesadilla más angustiosa e insistente que he tenido en mi vida es escuchar el valido de una capra aegragus hircus (es decir, una cabra común) debajo de la cama mientras dormito. Es horroroso, lo juro. Se levanta uno con la sensación de haber pasado la noche con Heidi y Pedro el cabrero. En cierta ocasión le pedí ayuda a una amiga que trabajaba de cajera en el supermercado Simago (sí, es que hace ya mucho tiempo de aquello) y, además, había hecho un curso intensivo de 30 horas sobre la interpretación de los sueños. Después de hacerme un interrogatorio exhaustivo sobre mis obsesiones y fobias, llegó a la conclusión de que aquello me pasaba porque mi madre tenía afición a los geranios. Entonces, sí, me convenció. Y me convenció hasta tal punto que durante muchos años dejé de soñar con cabras y dientes que se mueven.

 

Pero hace unos meses le regalé a mi madre un geranio por su cumpleaños. No sé en realidad por qué lo hice. Creo que es la primera vez que le regalo algo por su cumpleaños. El caso es que cuando vio la macetita se le mudó la color, se puso primero pálida y luego colorada en cuestión de segundos. Luego retrocedió como si hubiera visto al diablo y creo, incluso, que se santiguó —de esto último no estoy seguro del todo—. Cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que apartara el geranio de ella. «¿Por qué?», insistí. «Porque me produce una alergia terrible desde que era una niña». Lo cierto es que me pareció que le salían manchitas rojas en las mejillas. Quizá fue solo una falsa percepción. Entonces le pregunté por los geranios que cuidaba en nuestra terraza cuando yo era un niño. Y me dijo que jamás había tenido geranios, que los odiaba. Me confesó que eran madreselvas. Y fue como una revelación.

 

Desde entonces —y eso fue en enero pasado—, los dientes han vuelto a movérseme cada vez que me quedo dormido. Y entre sueños oigo bajo la cama como un balido agudo y penetrante, el de la capra aegragus circus, seguramente. Y ya no sé qué hacer, ni a quién pedir ayuda para librarme de mis pesadillas. Y lo peor de todo es que he desarrollado una alergia a los geranios —los parques de mi barrio están plagados de geranios—, que me tiene un día sí y otro también en el centro médico para ver si me dan un remedio a tanta calamidad. Hay que jeringarse con la interpretación de los sueños.

 


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