La profesión más bella del mundo

El sábado 5 de noviembre de 1927, poco antes de la medianoche, en la habitación del Hotel Mansfield de Nueva York, Marcelino Isidro Orbes Casanova se pegó un tiro en la boca con una pistola en la que había invertido los últimos dólares que le quedaban. Tenía 54 años, había nacido en Jaca y, aunque llegó a ser considerado el mejor clown del mundo, para entonces ya casi nadie recordaba al gran payaso Marcelino. Apenas una nota de prensa en el New York Times se hizo eco de su muerte.

 

El payaso Marcelino es un paradigma de esos personajes que alcanzan la gloria tan rápido como caen en el olvido. También es el paradigma del payaso triste, del augusto, del que ríe en la pista pero llora en su camerino. Hijo de un peón caminero analfabeto, entró en contacto desde muy pequeño con el mundo del circo. Triunfó en Londres con apenas veinte años, actuó con el mago Houdini y con Charles Chaplin, de quien dicen que copió su famoso bastón y alguna cosa más. Se marchó después a Nueva York, donde triunfó durante siete temporadas en el Brodway profundo, el del Hippodromo y tantos otros teatros con capacidad para miles de espectadores.

 

Después, una serie de desengaños amorosos lo condujeron a una profunda depresión. Además, los gustos del público evolucionaban, pero los gags de Marcelino seguían siendo los mismos. De ahí al olvido solo hubo un paso. Hoy su cuerpo descansa en el cementerio de artistas de Kensico, donde resulta muy difícil encontrar su tumba.

 

Gracias a Mariano García y su libro «Marcelino. Muerte y vida de un payaso» (Pregunta Ediciones) podemos conocer ahora esta historia rescatada del olvido.

 


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