Literatura que alimenta vs. literatura que engorda

 Hace ya más de un lustro que yo pasaba algunas horas de mi vida laboral en la biblioteca de un instituto de enseñanza secundaria fichando libros que iban directamente a las estanterías cerradas con llave para que nadie los robara. Soñaba, en mi delirio, con que entrara algún caco de libros, me maniatara y hurtara dos o tres; con uno me habría sentido satisfecho.

 

En estas elucubraciones andaba yo cuando cierto día entró en la biblioteca un alumno y me dijo que quería sacar un libro. «¿Qué libro?», le pregunté. «Me da igual, profe, uno que mole». Mole, mole, guacamole, pensé para mis adentros, e ipso facto me puse a recorrer con la vista los estantes y las secciones. Era una responsabilidad enorme la que aquel chaval de primero de la ESO depositaba en mí. Deseché los clásicos latinos, por parecerme excesivo; luego deseché el Siglo de Oro y el XIX, por prudencia; tampoco me atreví con García Márquez ni Cortázar, aunque habría sido un gustazo para mí. Finalmente, mis ojos se posaron sobre un libro que no había leído: Caballo de Troya, de J.J. Benítez. «A lo mejor este te mola», le dije con entusiasmo contenido. Le hice la ficha, me dio las gracias y ya no volví a saber más.

 

«No volver a saber más» significa, literalmente, que a lo largo de ese curso, del siguiente y del siguiente el chico no devolvió el libro. Cada vez que entraba yo en la biblioteca miraba la ficha y allí seguía, con su nombre y sus datos. Me cruzaba con el alumno por los pasillos y miraba yo para otro lado, silbaba, fingía que me ataba los cordones de mis mocasines y cosas así. No quería que se sintiera violento por mi presencia, ni recordarle que los libros hay que devolverlos, según dice la Constitución, creo.

 

Pasaron los años y yo dejé la enseñanza. No volví a saber nada del chico —se llamaba Jorge, aún no lo había dicho— hasta hace unos días. El viernes pasado, mientras bajaba por las escaleras mecánicas de un centro comercial, cargado con una pastilla de chocolate Valor y una cajita de sacarina baja en calorías, me crucé con un joven apuesto que subía en dirección contraria. Cruzamos nuestras miradas. Me sonrió. Yo le sonreí. Me gusta devolver las sonrisas y las miradas de los desconocidos; yo soy así. De pronto presentí que conocía a aquel tipo. Apenas había avanzado yo treinta y tres metros hacia la puerta de salida cuando oí que alguien gritaba a mi espalda: «Profe, profe». Y, sí, claro, era a mí.

 

Aquel mozalbete era Jorge —no diré los apellidos por si los Servicios Secretos de la Conselleria d´Educació leen este blog, cosa que no descarto—, al que yo le había «prestado» la novela de J.J. Benítez. Fingí que no recordaba aquel asunto del préstamo del libro no devuelto. Y luego fingí que caía en la cuenta inopinadamente.

 

Jorge, en un arranque de remordimiento espontáneo, me contó que no había devuelto el libro porque lo había perdido. Traté de quitarle hierro al asunto. Me confesó que sintió tanta vergüenza que jamás me lo contó, a pesar de que se cruzaba conmigo por los pasillos del instituto. Luego me contó que cuando su situación económica mejoró  compró Caballo de Troya 2 y así hasta Caballo de Troya 9. Luego decidió probar con García Márquez y Borges. Pasó después a Valle Inclán. Más tarde, a Lope de Vega, Cervantes. Y así hasta que descubrió a Plauto y su comedia Anfitrión. Me dijo que la tragedia griega era lo que menos le había molado, a pesar de que había leído todo Sófocles, Esquilo y Eurípides en bolsillo. Nos despedimos con varios consejos literarios. Me dijo: «Profe, léase Días sin final, de Sebastian Barry», y le prometí que lo haría.

 

Salí confuso y algo desorientado del centro comercial. Y mientras miraba con gula aquella tableta de chocolate que engordaba pero no alimentaba, pensé cómo habría sido la cosa si yo hubiera ido a la directora con el cuento de que aquel alumno no había devuelto el libro. Y me imaginé que lo habrían mandado a la policía, lo habrían metido en un calabozo, lo habrían torturado y lo habrían obligado a pagar el libro con intereses. Y, tras cumplir condena y salir libre, pasaría delante de las librerías y bibliotecas a pasos agigantados, sin levantar la cabeza, como alma que persigue el diablo.

 

 

 


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