Perros, patos y amores rotos

Mi amigo Raimundo no tiene habilidades sociales, ni perro. Por no tener, no tiene ni novia. Y lo peor de todo es que ahora me culpa a mí de sus fracasos sentimentales. O, al menos, del último. Lo cierto es que desde que se divorció no ha tenido suerte en el amor.

 

Con los perros tampoco ha tenido suerte, a pesar de que los adora. Al parecer, cuando tenía cinco años y medio desarrolló una extraña alergia a los animales de pelo, que le provoca urticaria, estornudos y escozor de ojos. Precisamente por eso, por la envidia sana que le produce ver a la gente pasear con sus perritos en parques, jardines y aceras, se compró hace tiempo un pato, al que saca a pasear tres veces al día. Y los domingos, cuatro.

 

Hace una semana o así me llamó a las 4 de la madrugada para contarme que ya había encontrado a la mujer de su vida. «¿Cómo es eso?», le pregunté por no mandarlo a tomar viento fresco. Y Raimundo me explicó que la había conocido en el parque. La historia es tan sencilla como simple.

 

Desde que Raimundo saca a pasear a Donald (como el presidente de los EE UU), ha conocido a gente que también saca a sus perritos para que hagan sus necesidades fisiológicas y escatológicas. Hasta tal punto han hecho amistad que han creado un grupo de wasap para quedar a ciertas horas y pasear juntos a sus mascotas, de pelo o pluma indistintamente. Así es como conoció a Cecilia (como la patrona de la Música) y a su perrita Marilín (como la de Herta Frankel). ¡Qué original todo!

 

Donald y Marilín se aman. Raimundo y Cecilia también. Al parecer llevaban ya varias semanas haciéndose ojitos, piquitos y morritos en parques y jardines cercanos a su bloque de pisos. Me enterneció tanto imaginarlos así a los cuatro, que cuando Raimundo me propuso conocer a Cecilia no pude negarme. Así que me ofrecí a invitarlos a casa y cocinar para los cuatro (y para mí mismo, faltaría más).

 

Hace dos noches, Donald, Marilín, Cecilia y Raimundo vinieron a casa a cenar. Y todo iba de maravilla hasta que empecé a servir la mesa. Les puse, con todo el cariño y sin doble intención, paté de oca, pato a la naranja y perritos calientes al modo de la Quinta Avenida de Nueva York. No entraré en detalles sobre el drama que se montó. Para no extenderme, diré que Cecilia me asesinó con la mirada y se levantó hecha una furia. Empezó a despotricar contra mí, con lo modosita que parecía. Luego se marchó con cajas destempladas, dando un portazo que debió de oírse en todo el edificio. Qué vergüenza.

 

En fin, todo esto para contar que ahora mi amigo Raimundo me culpa de haber perdido al amor de su vida, Cecilia, que no quiere saber nada de alguien como él que tiene amigos tan cromañones (sic) como yo. Y cuanto más le digo que ya encontrará otro amor, más se encabrona conmigo y me dice cosas muy duras que no me atrevo a reproducir aquí por pudor. Al menos ahora no me llama a las 4 de la madrugada. Ya se le pasará.

 


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