Enamoramientos

 

Yo es que me enamoro de cosas raras. Es decir, me enamoro de las personas, como casi todo el mundo, pero también me enamoro de cosas. Y eso, en ocasiones, pone mi vida patas arriba. Por ejemplo, en una ocasión me enamoré de la voz del navegador de un coche. Si alguien va a decir que todas las voces de los navegadores son iguales, mejor que se calle, porque no tiene razón y no tengo ganas de ponerme a discutir.

 

Quizás debería explicarme un poco mejor. Yo nunca había tenido navegador en el automóvil ni había conducido un coche con cambio automático hasta que fui a Estados Unidos. Lo que ocurrió exactamente fue que estaba en la Feria del Libro de Miami y decidí visitar la casa de Ernest Hemingway en Cayo Hueso. Así que alquilé un coche con navegador y cambio automático. Aquello fue el comienzo de mi descenso a los infiernos.

 

Desde el primer momento en que la Voz dijo «gire a la izquierda en la próxima intersección», sentí mi corazón perforado por la punta de la flecha de Cupido. Jamás había oído una voz como aquella; ni siquiera la de la actriz de doblaje que le puso voz a Greta Garbo. A la punzada le siguieron taquicardias, arritmias, palpitaciones en los dedos de los pies, sequedad de boca, vista nublada, mareos, angustia vital en definitiva. Fueron más de 100 kilómetros en estado de éxtasis y levitación simultáneos. Yo le decía al navegador «huyamos, escapemos de aquí», o le decía «llévame lejos, mi amor, y seamos felices». Y la Voz me decía «permanezca a su derecha al llegar a la siguiente intersección». Cómo me gustaba la palabra «intersección». Y me sigue gustando, a pesar del paso de los años.

 

Debo decir que la voz me condujo maravillosísimamente hasta la misma puerta de la casa de Ernest Hemingway. Pero al llegar, en vez de bajarme y sacar mi entrada para la casa-museo, estuve dando vueltas a la manzana hasta que se encendió el piloto rojo de reserva de gasolina. Le conté muchas cosas sobre mi infancia a la Voz: de mi pueblo, de mis amigos, de los bares a los que me gustaba ir. Y ella me decía «ha dado usted 32 vueltas a la misma cuadra». Es que era una voz melosa, latina, no sé si del norte o del sur, pero no era de mi país ni nada de eso. Era tan dulce… La Voz más dulce de todas las voces.

 

Ahorraré detalles superfluos. La Voz y yo nos separamos dolorosamente tres segundos antes de que expirara el contrato de alquiler del vehículo. Lloros, llantos, promesas de volver a vernos. Al menos, por mi parte. La Voz no decía nada, pero sé que sentía lo mismo que yo.

 

El regreso a mi país fue doloroso a la par que dramático. Gasté los ahorros de toda una vida en comprar más de 200 navegadores cuya voz no se parecía ni remotamente a la Voz. Lloré, añoré, bebí, fumé hoja de morera porque no tenía ni un céntimo para hachís y cosas de esas de más enjundia. No creo que nadie sepa lo que es echar de menos a una voz como lo sé yo.

 

Desde entonces, cada vez que conozco a una mujer y tomo algo de confianza, le pido, le suplico, le ruego, le imploro que me recite unas frasecitas que llevo escritas en una libreta que compré en el aeropuerto de Miami: «En la siguiente glorieta, salga por la segunda salida», «en la próxima intersección, tome el carril izquierdo», «aunque hayas superado el límite de velocidad, te amo igualmente», «no bebas cerveza mientras conduces, cariño, ¿o es que quieres dejar huérfanos a nuestros hijos?». Son oraciones simples e inocentes, frases sin maldad, pero debo confesar que me han generado una inmerecida fama de inestabilidad entre amigas, conocidas ocasionales y teleoperadoras de compañías telefónicas. Ninguna quiere ya quedar conmigo, ni siquiera a tomar un café. Es más, cuando me encuentro a alguna de las amigas de toda la vida en una esquina, por poner un ejemplo, salen huyendo cual alma que persigue el diablo. Y me parece todo tan triste. En fin…

 


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