Cien días de soleddad

Hace unos tres meses, mientras me preparaba una tostada con leche condensada para desayunar, una paloma mensajera se posó en el alféizar de la ventana de mi cocina. Sorprendido por aquel inesperado acontecimiento, corrí ansioso a leer el mensaje que la Colometa traía anillado en su patita. Decía así: «Te espero el sábado junto a la fuente Castalia. Ponte guapo». No llevaba firma, y eso lo hacía todo más misterioso. Corrí a probarme el traje de los entierros, pero me quedaba francamente pequeño. Vendí la cafetera de cápsulas, una máquina de escribir americana sin la ‘ñ’ y la colección de libros de RTVE que nunca leí porque se salían todas las páginas al abrirlos. Compré con urgencia un traje preciosísimo en Modas Santi´s, y el sábado me pasé todo el día sentado junto a la fuente Castalia, pues la nota no precisaba la hora de la cita. Nadie se presentó. Volví a casa decepcionado, naturalmente. Desde entonces me siento triste y solo. Triste por el plantón que me dieron, y solo porque, para colmo, mi vecino —el único que quedaba en todo el edificio de renta antigua— hace cien días que se fue a vivir a un pueblo de doce habitantes o así, porque dice que la ciudad no es buen lugar para criar palomas, y a él es que le gustaba mucho eso de las palomas. Bueno… y le seguirá gustando, digo yo.


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