los murmullos de la tribu

 

"El rumor de los automóviles y el murmullo de la tribu

llegan hasta las arenas."

 

(Tríbada, Theologiae Tratactus)

MIGUEL ESPINOSA

 

 

 

 

mar

20

ago

2019

Del amor y otros deportes

Una vez me enamoré perdidamente de una mujer a la que le gustaba el fútbol. Cuando digo «le gustaba», quiero decir que era una fanática, una entusiasta, una apasionada, una loca del fútbol. Veía fútbol a todas horas, iba a todos los partidos del equipo local, coleccionaba autógrafos de futbolistas, cromos, selfies con titulares y reservas.

 

Se pasaba todo el día hablando de fútbol. Cuando terminaba de trabajar, se iba al bar de la esquina y estaba hablando de fútbol con los paisanos hasta las tantas. Los fines de semana se subía a casa a un montón de amigotes tripudos a ver los partidos. Y allí estaba yo sirviendo cervezas con resignación, fregando vasos, vaciando ceniceros y luego soportando sus discusiones a gritos sobre las jugadas conflictivas del partido hasta que se hacía de día. Pero yo estaba perdidamente enamorado.

 

Y seguí igual de enamorado, o más, cuando me regaló una camiseta del Recreativo de Huelva por mi cumpleaños, un balón del Mundial de Fútbol por el Día de los Enamorados, una Historia del Fuera de Juego en el Día del Libro, o un banderín de córner del campo del Arsenal cuando cumplimos un año de enamorados perdidos.

 

Pero un día que me cabreé mucho porque entró en el salón con el suelo recién fregado, me dio tanta rabia que le dije: «Odio el fútbol». Y, ante su estupefacción, eché más leña al fuego y añadí: «Que te enteres que me encanta el waterpolo». Creo que ahí fue cuando nuestra relación empezó a ir mal, tirando a muy mal.

 

Qué ciegos somos a veces los hombres. Una semana después la pillé en la cama con un delantero centro del equipo local. Otro día, con el defensa del equipo visitante. Al mes siguiente con el entrenador de no sé qué equipo; con un utillero, con un masajista y, eso ya fue el colmo, con un portero; pero no con un portero de fútbol, sino con el portero de nuestro edificio. Eso sí que me dolió. Me dolió tanto que le dije que estaba enamorado del entrenador de la Selección Española de Waterpolo. Pero era mentira, ni siquiera sabía cómo se llamaba ese señor. Lo dije por despecho, para herirla. Y al día siguiente, o a los dos días, no sé, me abandonó: metió sus cosas en una maleta y se marchó de casa. Solo dejó una nota de despedida que decía «Adiós», sin dar explicaciones del motivo de su decisión. Pero yo sé que fue por lo del entrenador ese de waterpolo, que no sé ni qué cara tenía.

 

Tardé mucho tiempo en recuperarme de aquel desengaño amoroso. Llegué incluso a aficionarme al fútbol. Me hice socio del equipo de mi pueblo. Pasé muchos domingos por la tarde en el bar de la esquina bebiendo cerveza sin gluten y viendo los partidos en el Canal Plus. Luego cerró el bar y seguí viendo los partidos en casa. Hasta que a los dos o tres años conocí a una chica maravillosa a la que le gustaba el baloncesto. Cuando digo «le gustaba», quiero decir que era una fanática, una entusiasta, una apasionada, una loca del baloncesto. Pero, en fin, esa es otra historia que al final tampoco acabó muy bien.


dom

18

ago

2019

Testamento vital

Antes de que empieces a leer, quiero advertirte de que lo que a continuación voy a contar no es ficción ni literatura ni producto de mi imaginación calenturienta. Ciertos detalles de esta historia podrían herir la sensibilidad de algunas personas y resultar de mal gusto.

 

En marzo de 2009 pasé dos noches en un calabozo de la Comisaría Norte de Alicante por razones que ahora no vienen a cuento. Estaba yo dando una clase de Latín cuando se presentaro en el aula unos policías de paisano y me detuvieron. Entré en los calabozos con mi cartera de profesor, mi chaquetón de cuero marrón oscuro y un chaleco gris muy elegante que me había comprado para la boda de una amiga. Por estas casualidades de la vida, el agente encargado de recoger y almacenar mis pertenencias había sido alumno mío años atrás y me reconoció enseguida. Le tuve que entregar el móvil, la cartera y el cinturón (para que no me ahorcara). Apenas pudimos hablar, pero me dio algunos consejos apresurados de supervivencia que le agradecí.

 

Me metieron en un calabozo con otro presunto delincuente y al entrar comprendí que mi compañero de celda había contemplado todo el espectáculo como si fuera una performance. Por la conversación en susurros con mi exalumno debió de suponer que yo era un habitual de las comisarías; y por mi cartera y mi chaquetón de Massimo Diutti dedujo que era político o narcotraficante. Cuando me preguntó a cuál de las dos actividades me dedicaba, decidí la opción de narcotraficante porque me pareció menos manida. Así que para él yo era un narco reincidente, o algo así.

 

Aquel tipo tenía unos cuarenta años. Me contó que lo habían detenido por robar un camión articulado con no sé cuántas toneladas de melones o sandías, no me acuerdo bien. Desde el primer momento me quedó claro que pretendía impresionarme. Cuando vio que yo era muy reservado para hablar de mi profesión con un desconocido, empezó a relatarme su largo historial delictivo. Durante casi dos días, excepto las horas de sueño, me estuvo explicando con detalle cómo robar un camión, un coche fúnebre, una ambulancia, un furgón de policía, una atracción de feria, un almacén de herramientas, una farmacia, una perfumería… Debo reconocer que me impresionó su currículum.

 

De vez en cuando yo salía de la celda para hacerme retratos de frente y de perfil, para estampar mis huellas digitales en unas fichas policiales ad hoc e incluso declarar en presencia de mi abogado, David, que era de Elda y veraneaba en El Campello. Y en una de estas salidas mi exalumno se acercó para interesarse por mí. Le dije que estaba razonablemente bien, aunque abrumado por las historias de mi compañero de celda. «¿Quién?, ¿el Pompas?», me preguntó. «Ni puto caso. Miente más que habla». Ante mi sorpresa, me confesó que el Pompas estaba detenido por necrofilia y, además, era reincidente. Al parecer, el Pompas trabajaba en un tanatorio y era experto en tanatopraxia, es decir,  maquillaba cadáveres. Y, aprovechándose de ciertos privilegios que le proporcionaba su profesión, era aficionado a quedarse a solas con los cadáveres y practicaba ejercicios sexuales de los más variado. Los detalles de aquellas prácticas necrofílicas no los llegué a preguntar, pero me puedo hacer una idea, porque tengo mucha imagianción.

 

En una de las ocasiones en que me devolvieron a la celda, el Pompas ya no estaba. Y cuando salí de allí me olvidé pronto de él. Ocho o nueve años después fui a un tanatorio de Benidorm para darle el pésame a un amigo cuyo padre había fallecido. Al entrar me encontré al Pompas en el aparcamiento. Fumaba y miraba a todos lados, nervioso, como vigilando. Por supuesto, no le dije nada. No llegué a saber si estaba trabajando allí o si se dedicaba a merodear para aprovechar un descuido y plantarse frente a una de las peceras mortuorias como si fuera la cabina de un sex shop o la pantalla de cine de una sala porno.

 

Al día siguiente de aquel encuentro, fui al notario de la calle París, paralela a El Corte Inglés, para redactar un Documento de Voluntades Anticipadas en el que manifestaba mi deseo de ser incinerado (después de morir, por supuesto) y que no velaran mis restos en ningún tanatorio o local del estilo. Me costó 52,30 euros el dichoso documento, todo hay que decirlo, pero los pagué con gusto, ya lo creo.


jue

15

ago

2019

Así que pasen treinta años

Hace diez años conocí en una playa de Lanzarote a una mujer que me contó la historia más sorprendente que había oído jamás. Se llamaba Martina, era chilena y tenía unos sesenta años.

 

Estaba yo sentado frente al mar cuando a pocos metros de mí escuché llorar a una mujer. No era un llanto en sentido estricto, sino más bien un moqueo constante acompañado de suspiros intermitentes. Sin moverme del lugar en que estaba le pregunté si se encontraba bien y me respondió que sí, que era solo nostalgia. Me acerqué y le ofrecí mi pañuelo Guasch con mis iniciales bordadas en azul oscuro. Me senté a su lado y estuvimos hablando un rato largo hasta que Martina me contó el origen de su llanto.

 

Treinta y cinco años atrás Martina había ido de viaje de novios a Lanzarote. La primera mañana que bajaron a la playa, su reciente esposo decidió alquilar una tabla de surf  y echarse al mar. Al parecer era aficionado a los deportes acuáticos y estaba en forma. Pero al cabo de una hora el marido no había regresado. Martina, angustiada por la ausencia, avisó a la policía. Lo estuvieron buscando durante el resto del día, pero no apareció. Lo buscaron en los días siguientes y, al cabo de una semana, lo dieron por desaparecido y luego por muerto. Pero la historia no acaba ahí.

 

Martina volvió a Chile, aprendió a tejer y destejer para aliviar las penas y rehízo su vida con mucha dificultad y dolor. Y, aunque tuvo algunos pretendientes, no volvió a casarse. Sentía como que traicionaba la memoria de su esposo muerto, me confesó. Cada año, volvía a la playa de Lanzarote y ponía flores en el lugar donde lo vio por última vez. En el hotel, justo frente a la playa, ya la conocían, porque año tras año repetía el mismo rito. Hasta que treinta años después el marido regresó con la tabla de surf como si no hubiera ocurrido nada, entró en el hotel y, sin dar explicaciones, preguntó por su esposa. Por supuesto, los empleados se quedaron atónitos porque conocían la historia, que había pasado de unos a otros durante tres década. Por eso no fue difícil localizar a Martina, que vivía en Valparaíso.

 

La historia es mucho más larga, pero para abreviar contaré que después del reencuentro Martina y su esposo comenzaron su vida de recién casados con treinta años de retraso. Para entonces el esposo había engordado 30 kilos, padecía alopecia galopante y tenía problemas de próstata, lo que lo obligaba a levantarse una media de cinco veces en la noche para ir al baño. Además, tenía la fea costumbre de orinar con la tapa del inodoro bajada, tirar los calzoncillos sucios en cualquier rincón, comer con la boca abierta y hacer gárgaras a las seis de la mañana, incluso en días festivos. Así que al cabo de unos meses, Martina le pidió el divorcio y él lo aceptó sin pedirle explicaciones. Desde entonces, a pesar del desengaño, Martina había seguido viajando a Lanzarote cada verano, como si sintiera nostalgia de aquel hombre con el que se casó un día lejano.

 

Me lo contó sin llorar, tranquila, como si estuviera hablándome de lo que había cenado la noche anterior. Luego me invitó a tomar un pisco sour en el hotel donde había pasado su luna de miel. Mientras el camarero nos servía, ella se disculpó y entró en el baño. Al cabo de una hora, viendo que no regresaba, se lo conté a una camarera y fue a buscarla, pero Martina no estaba en el baño. Y nadie la había visto salir. No sabía yo si llamar a la policía. Al final fui prudente y decidí esperar. Volví a la cafetería del hotel a la mañana siguiente, a la misma hora. Así durante seis días. Al cabo de una semana tuve que marchar de Lanzarote y ya no supe más de Martina. No obstante, cada vez que voy a Lanzarote, más o menos una vez cada dos años, me siento en aquella cafetería del hotel y pregunto si alguien ha visto a Martina. Hasta ahora no he tenido suerte, pero es que aún no han pasado treinta años.


lun

12

ago

2019

Cosas veredes

Definitivamente, odio los teléfonos móviles. No me gusta eso de que te puedan localizar a cualquier hora de la noche o de la madrugada para preguntarte cuándo vas a volver a casa o interrumpir una conversación interesante con un desconocido. Es que esas llamadas te pueden amargar la noche, como me ha ocurrido más de una vez. Incluso costarte el divorcio.

 

Por ejemplo, la otra noche conocí a un tipo en una taberna muy chula a la que voy siempre que hay fútbol, porque allí no hay televisión y la gente se limita a beber cerveza y hablar, que es para lo que originariamente estaban pensadas las tabernas muy chulas. Pues resulta que se me acercó un tipo, se sentó a mi lado en la barra y me preguntó si conocía la Teoría de las Multiplicidades. Le dije que sí, naturalmente, y enseguida nos pusimos a hablar de Bernard Rieman y su concepto de multiplicidad matemática. De ahí pasamos ­—como no podía ser de otra manera— a Gilles Deleuze y su libro Capitalismo y esquizofrenia, escrito en colaboración con Félix Guattari. La conversación estaba más que interesante cuando el tipo aquel, al que se le olvidó decirme su nombre, se disculpó y fue al servicio para aliviar la vejiga. Es lo que suele pasar cuando bebes cerveza y hablas de multiplicidades a la vez.

 

El caso es que, mientras aquel caballero sin nombre miccionaba, sonó el teléfono móvil sobre la barra de la taberna. Y, claro, cometí el error de mirar la pantallita y contestar, después de leer el nombre de «Pili» en blanco sobre fondo negro. «Dime, Pili», respondí. «¿Dónde estás, si puede saberse?», me preguntó Pili con cajas destempladas. «Estoy en una taberna muy chula tomando unas cervezas con un amigo». «¿Qué amigo?». «Es que no me ha dicho el nombre, pero ahora cuando vuelva del servicio se lo pregunto». «Sí, claro, y yo soy la reina Cleopatra». Estuve a punto de hacer un chiste con su comentario, pero me contuve para no empeorar las cosas. «Seguro que estás emborrachando a alguna pelandrusca para llevártela a la cama», continuó Pili sulfuradísima. «Que no, que no, que estoy con un tipo megasimpático». «Pero ¿tú te has creído que yo me chupo el dedo? Además, es que no has ido a recoger a tu hijo después del entrenamiento, y el pobre está desconsolado. Dice que su padre es un borracho». «¿De verdad ha dicho eso?». «Te lo juro». «¿Y cómo le permites hablar así de su padre?». «Tú te lo has buscado. ¿Cuándo vas a venir?». «En cuanto me termine la cerveza, palabra de honor». «Me vas a matar de un disgusto. Ha llamado tu padre llorando porque hace una semana que no vas a verlo». «Bueno, tengo que dejarte, Pili», dije ante el cariz que estaba tomando la conversación. Y corté la llamada. Enseguida me arrepentí de haberla dejado con la palabra en la boca, pero ella se lo había buscado. Y lo peor de todo es que me cortó el rollo y se me fueron las ganas de tomarme otra cerveza.

 

Cuando el tipo aquel volvió del servicio y me preguntó si nos tomábamos la penúltima le dije que no, cosa que no hacía desde que era joven y pretendía morir viejo. Me despedí apresuradamente de él y me marché a casa maldiciendo los teléfonos móviles y las llamadas inoportunas. Y por el camino, mientras ataba cabos, empecé a caer en la cuenta de que mi padre murió hace diecisiete años y que yo no tengo ningún hijo, sino una hija. Es más, mi esposa me abandonó hace dos años y pico precisamente por volver a casa a las tantas y decirle que venía de una taberna muy chula. Ella siempre creyó que mentía. Además, mi exmujer ni siquiera se llama Pili. Es más, esa noche yo no llevaba el teléfono móvil encima porque se me había caído la noche anterior al inodoro de una taberna regular de chula y lo tenía metido en arroz por si podía recuperarlo. Vamos, que lo más probable es que el teléfono fuera de aquel tipo tan simpático que conocía al dedillo la Teoría de las Multiplicidades y que debió de dejarlo sobre la barra para que no se le cayera al inodoro. «Cosas veredes, amigo Sancho, que non crederes», que dijo no sé quién una vez.


sáb

27

jul

2019

Escritores malditos

—Buenos días, caballero. ¿No querrá usted por casualidad comprar mi libro? Soy un escritor maldito, por si no se ha dado cuenta.

—Ya, bueno, es que yo venía a por un bote de kétchup.

—Eso lo puede comprar cualquier día, incluso festivo, pero no tendrá muchas oportunidades de llevarse un libro firmado por un auténtico escritor maldito.

—Perdone mi ignorancia, pero qué es un escritor maldito. ¿Es lo mismo que un maldito escritor?

—Ni muchísimo menos. Mire, un escritor maldito es aquel a quien nadie lee porque no lo entiende o porque dice cosas incómodas a la par que rompedoras. Es un escritor libre, independiente, ajeno a modas y mercados. Alérgico a los premios literarios, a las ferias de libro y a los reconocimientos públicos o privados. Es normal que no haya oído hablar de nosotros, porque precisamente por eso somos malditos. La gente no habla de los escritores malditos, salvo los críticos literarios de provincias.

—Yo es que soy más de comer kétchup que de leer.

—Yo también lo era antes de se escritor maldito. Además, lo cortés no quita lo valiente.

—¿Y qué tipo de libros escriben los escritores malditos?, si me permite la indiscreción.

—¿Ha leído usted la Biblia?

—No, pero he visto la película.

—Exacto, la gente habla de la Biblia pero nadie la lee. Esos señores que la escribieron son ejemplo de escritores malditos.

—Me quedo muerto.

—Otro ejemplo, ¿ha leído usted la Guía Telefónica?

—No, pero la uso para planchar las corbatas.

—Otro ejemplo de escritor maldito. Ahora nadie lee la Guía Telefónica, aunque fue un betséller en su día.

—Una novia que tuve en el parvulito me dijo una vez que tenía demasiados personajes y, además, no había trama ni historia reconocible. Pero no digo que fuera un libro malo, ni mucho menos.

—Veo que usted nos comprende. Entonces, ¿se anima o no a compara mi libro? No es necesario que lo lea. Es más, creo que no entendería nada. Esa es la esencia del malditismo.

—Bueno, si me regala también un bote de kétchup, quizás me anime.

—¡Oh tiempos, oh costumbres! Mire, el kétchup no puedo regalárselo, pero le regalo este CD de los grandes éxitos de Paul Hardcastle. Es ideal para leer a los escritores malditos.

—No, sé… No sé… Yo soy más del rollo “Tarzán y su Puta Madre Buscan Piso en Alcobendas”.

—Bueno, pues entonces le regalo mi libro con la condición de que no lo lea, porque si tengo más de dos lectores ya no soy maldito. Y es que mi mujer y mi suegra ya lo han leído.

—Gracias, es usted muy amable… Pero ¿podría también indicarme en qué pasillo está el kétchup?

—Al fondo, a la izquierda. En la sección de Salsas y Mejunjes.

—Agur, ha sido un placer conocer a un escritor maldito.

—El placer ha sido mío, naturalmente.


mié

12

jun

2019

Vocaciones de riesgo

Hace ahora cinco años estaba yo firmando ejemplares en una feria del libro cuando se acercó un joven muy simpático que me pidió consejo para ser escritor. En otras circunstancias le habría dado alguna excusa vaga, como por ejemplo que había mucha gente esperando para que le firmara el libro, y me habría quitado el marrón de encima. Pero lo cierto es que aquel joven era el único lector que había venido en toda la tarde y sospechaba yo que no vendrían muchos más, por no decir ninguno, como así ocurrió. Además, por alguna extraña razón se me vino a la mente el sufrimiento de su madre cuando conociera la vocación del chico; el desengaño de su posible novia; el desencanto de su futura esposa; la vergüenza que pasarían sus potenciales hijos en el colegio cuando les preguntaran por la profesión del padre… En fin, en esas cosas de la vida cotidiana de un escritor. Así que lo miré de hito en hito y le respondí, por hacerle un favor:

 

«¿Está usted seguro de lo que dice? Piénselo bien, joven, y no sea insensato. ¿Está dispuesto a pasarse horas y horas firmando ejemplares bajo el tórrido sol de verano o el frío helador del invierno? ¿Está dispuesto a vivir en los aeropuertos más que en su casa? ¿Está dispuesto a recorrer el mundo dando conferencias y no ver a sus hijos más de año en año? ¿Está dispuesto a tener tanto dinero que le salgan amigos de debajo de las piedras? ¿Está dispuesto a que la gente lo pare por la calle para hacerse fotografías y no lo dejen ni tomarse una cerveza con tranquilidad? ¿Está dispuesto a pasarse media vida en los platós de televisión hablando de su último libro?, ¿a inaugurar calles con su nombre cada dos por tres? ¿Está dispuesto a que las mujeres se lo disputen por sus méritos literarios y los hombres por su dinero en vez de por ser una buena persona? ¿Está dispuesto a tener que medicarse para el estrés, la ansiedad y el agotamiento crónico? ¿Está dispuesto a terminar alcohólico como Ángel Vázquez?, ¿a suicidarse como Virgina Wolf?, ¿a pasar sus últimos años en un psiquiátrico como Leopoldo Panero?».

 

Mi discurso fue in crescendo hasta que decidí poner freno a mi verborrea por miedo a que el joven se echara a llorar y no comprara mi libro. Le di una palmadita en el hombro y le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que estaba preparando unas oposiciones para Hacienda, pero que no tenía vocación. «La vocación no nace —le dije—, sino que se hace dentro de uno». Y le puse varios ejemplos algo rebuscados, esa es la verdad. Y él me escuchó muy atento.

 

Cinco años después, es decir, el lunes pasado, tuve que presentarme en una oficina de Hacienda para hacer mi declaración anual. Cuando me llegó el turno, me senté en la mesa que me correspondía y me encontré enfrente a aquel jovencito al que había conocido y aleccionado en la feria del libro. Me hice el despistado, por supuesto, pero él me reconoció inmediatamente, a pesar de que tengo muchas más canas y he cambiado de gafas. «Don Luis —me dijo—, qué alegría volver a verlo. No se imagina cuántas veces he pensado en aquellos consejos tan sabios que me dio. Creo que usted me abrió los ojos». Yo, por supuesto, le hice creer que no me acordaba muy bien de los consejos, aunque su cara me resultaba vagamente familiar. Hablamos un rato, sin mucho entusiasmo por mi parte.

 

Cuando me pidió el número del DNI para hacer la declaración, empezaron a temblarme las piernas y una vergüenza en forma de rubor me subió desde el ombligo hasta la frente. En realidad, mis ingresos anuales son tan escasos que ni siquiera tengo obligación de declararlos, pero lo hago porque me suele salir a devolver dos o tres euros, que siempre me vienen padrísimo.

 

El caso es que viendo que aquel joven tan simpático iba a descubrir la verdad, mi verdad, me llevé la mano derecha al brazo izquierdo, luego al corazón y fingí que sufría un infarto de miocardio. Para ser justo debo decir que me salió muy bien, modestia aparte. Acudieron tres o cuatro personas a auxiliarme y en menos de diez minutos estaban allí los de la ambulancia con todo el equipo. Hay que reconocer que esto funciona muy bien en este país, aunque los escritores pasen un poquito de hambre.

 

En el hospital, la verdad, todo muy bien. La médico, simpatiquísima. Las enfermeras, geniales. Incluso los camilleros. Ya, de paso, aproveché para hacerme un chequeo y me han sacado el colesterol alto. Y eso que no pruebo apenas el embutido, porque está carísimo. Pero lo negativo de esta experiencia es que ahora no me atrevo a pedir otra vez cita para la declaración del IRPF. Y pagarle a un asesor me puede costar más de cincuenta euros, siendo optimista. Y, la verdad, en la cuenta bancaria no creo que tenga más de diez o doce euros, tirando por lo alto. Bueno, y algunos céntimos, que todo cuenta.

 


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mar

04

jun

2019

Razones para no leer "El Quijote"

Hace unos días me encontré a Sancho Panza en persona en el cajero automático de una sucursal bancaria de cuyo nombre no quiero acordarme. Estaba muy cambiado desde que intervino en la novela de Miguel de Cervantes como coprotagonista con Alonso Quijano, alias don Quijote. Había adelgazado muchísimo, vestía traje con corbata roja, pelo engominado y un maletín de polipiel. Sin embargo, lo reconocí inmediatamente. Supuse que su cargo de gobernador de la Ínsula Barataria estaba en el origen de tan llamativa transformación.

 

Una oportunidad como esta —pensé— no se presenta todos los días. Por eso decidí seguirlo a cierta distancia y esperar el momento propicio para entablar una conversación literaria a la par que distendida. Al principio me limité a caminar detrás de él y observarlo. Tan ensimismado estaba yo que no me percaté de que caminaba apenas un metro y cuarto por detrás de Sancho Panza y, claro, terminó por darse cuenta de mi presencia. Por eso, seguramente, apretó el paso y a punto estuve de perderlo. Pero yo fui jugador de béisbol en el colegio de los frailes carmelitas y todavía mantengo cierta forma física.

 

Terminamos corriendo como alma que persigue el diablo, hasta que Sancho se detuvo en seco y se volvió hacia mí. «Haga el favor de no seguirme más», me gritó muy cabreado. Le precisé que no lo estaba siguiendo, sino simplemente observándolo a corta distancia. Y le confesé que lo había reconocido y me había hecho mucha ilusión charlar un rato con él. Me inventé una mentirijilla inocente y le conté que era corresponsal de El Diario Vasco y deseaba hacerle una entrevista para mi periódico. Me juró y perjuró que él no era Sancho Panza, sino que se llamaba Paco y no había leído El Quijote en su vida. Naturalmente, no lo creí. ¿Hay alguien que no haya leído este libro en su vida? Los personajes de novela es que saben mentir muy bien.

 

Para demostrarle que yo era inofensivo y empático, le confesé que yo era amante de los refranes, como él, y le recité un par de ellos que estaba seguro que no conocía: «Que cada perrico se lama su pijico», y «Noches de desenfreno, mañanas de Ibuprofeno». Fingió que no le hacían ni puñetera gracia, pero era puro disimulo, lo sé. Fue en ese momento cuando creo que metí la pata. Le pregunté por su relación íntima con don Quijote y quise saber si lo que sentía por él era admiración o había algo más: sentimiento amoroso, deseo sexual, pasión arrebatadora, frenesí contenido y varios conceptos más que acababa de leer en un libro de Freud sobre la interpretación de las siestas. Entonces Sancho se puso violento, intentó golpearme con el maletín y me dio un empujón que casi acaba con mis huesos en el suelo. Y, claro, me defendí como pude y le solté un bofetón sin querer y le di una patadita de nada en semejante parte, es decir, en la entrepierna o partes pudendas. Pero Sancho, que es tan histriónico en la ficción como en la realidad, se tiró al suelo y empezó a retorcerse de dolor y a pedir auxilio. Y en esto que se acercaron seis o siete personas de distinto sexo que empezaron a grabar con sus móviles, y uno más feo que Picio llamó a la policía.

 

En fin, lo que ocurrió inmediatamente después ya no es interesante, así que haré una elipsis, porque me encantan las elipsis y no cobro por palabras. Cuando me soltaron del calabozo de la Comisaría Norte, después de declarar ante el juez, me dolía la espalda, la cabeza y el amor propio; esto último es lo que más me dolía. Me hicieron firmar mil docmentos por duplicado, me tomaron las huellas y me dieron la dirección de un Centro Médico especializado en no sé qué trastornos absurdos. Pero en cuanto llegué a mi casa hice una  hoguera en el patio, quemé todos los documentos y eché al fuego los 6 o 7 ejemplares de El Quijote que tengo en casa, uno de ellos firmado por el autor, al que me encontré hace unos años en un sex shop.

 

Sinceramente, creo que esa novela está sobrevalorada, ahora me doy cuenta. No es para tanto. Es más, el papel de Sancho en el libro es un papel secundario, siempre a la sombra del protagonista. Me gusta más Antonio Banderas haciendo del Zorro, o Gracita Morales haciendo de empleada del hogar («Tanto Luci, tanto Luci, y se llamaba Luciana…»). Donde esté el cine, que se quite la literatura universal.


sáb

01

jun

2019

La sabiduría de los refranes

Anoche me llamó de madrugada el presidente de los Estados Unidos. Todavía estoy que no me lo creo. Cuando me dijo quién era, me di un susto de mil demonios. Se conoce que con la diferencia horaria y todo eso no se había dado cuenta el pobre de lo tarde que era en España.

 

Me explicó que no me llamaba por nada en particular: simplemente quería saber mi opinión sobre una serie de cuestiones de Estado y cosas así que le preocupaban mucho. Estuvimos hablando por lo menos un cuarto de hora, o más. El presidente quería saber qué pensaba yo sobre la política migratoria de su país, o sobre los aranceles a México. Le dije la verdad, pero como es larga de contar no la repetiré aquí. En el fondo me sentí halagado por su interés. Y, debo reconocerlo, me vine un poco arriba. Lo reconvine por lo que estaba haciendo con los móviles esos chinos o japoneses que son infinitamente más baratos que los iPhones y funcionan igual o mejor, en mi opinión. Traté de explicarle que si la gente no puede actualizar el Facebook, el Twitter y el Instagram, por poner tres ejemplos aleatorios, podría producirse una revolución mundial de consecuencias incalculables. Le expliqué, exagerando un poco, que la Revolución francesa empezó por algo parecido, y mira tú cómo terminó. Vamos, que le metí un poco el miedo en el cuerpo. Me escuchó con atención, y eso es de agradecer. No sé si al final me hará caso, la verdad.

 

No hace falta añadir —pero lo añadiré— que cuando terminó la conversación ya no me puede dormir. Empecé a darle vueltas en la cabeza a la llamada, a las palabras del presidente, a su forma de hablar y a muchas cosas más que no terminaba ni termino de explicarme.

 

Por ejemplo, no me explico cómo pudimos entendernos si el presidente de EE UU solo habla inglés y yo solo hablo español y un poco de latín comercial, ya muy olvidado. No me explico tampoco cómo consiguió mi número de teléfono. Y hay más cosas inexplicables. Por ejemplo, recuerdo que me dijo: «Al habla Abraham Limcoln, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica». Pero, como mucha gente sabe, el presidente actual de esa nación no se llama así, sino Donald Nosequé. Luego hubo otras cosas que me resultaron incongruentes, por no decir sospechosas. Por ejemplo, la cuestión del acento al hablar. El presidente tenía un deje así como de Murcia. Decía expresiones impropias de la lengua de Shakespeare, aunque a estas alturas esté ya muy devaluada. Es más, yo diría que hablaba con el acento de mi pueblo, y más concretamente el acento de la calle Mayor de mi pueblo, que es un acento fácilmente reconocible desde que Menéndez Pidal hizo los primeros estudios serios sobre el Mío Cid.

 

La cuestión es que me he quedado con la mosca detrás de la oreja. Y ya no sé si son imaginaciones mías o una paranoia absurda. Es más, si me pongo en lo peor, yo diría que esa voz se parecía mucho a la de mi amigo Raimundo, que está insoportable desde que rompió con su última novia por «mi culpa» (eso dice él). En fin, no quiero pensar mal, pero los refranes son muy sabios y hay uno que dice «piensa mal y acertarás».

 


sáb

25

may

2019

Las trampas de la memoria

Cuando tenía ocho años me enamoré perdidamente de una azafata de vuelo que me cuadruplicaba la edad. Se llamaba Ana, pero todos le decían Anita. Era muy amiga de mi madre y clienta de la tienda de mi padre. Me parecía la mujer más elegante del mundo: elegante en el vestir y elegante en la forma de moverse, de hablar, de gesticular. Vestía siempre como si acabara de salir de una revista de moda. Era dulce, educada, prudente y bella, muy bella, la mujer más bella que había visto jamás, a mis ocho años.

 

La veía entrar en la tienda y la imaginaba con su uniforme de azafata, su gorrito rojo graciosamente ladeado sobre la cabeza, el pañuelo azul haciendo juego con la falda, los zapatos de tacón, el bolso con el logotipo de la compañía aérea. Y me dejaba llevar por la imaginación. A veces la veía por la calle, en la distancia, y parecía que caminara entre las filas de asientos de un Aribus A300 en vuelo transoceánico. Entonces me quedaba paralizado: el mundo se paralizaba, la vida se paralizaba, todo se paralizaba excepto mi corazón, que corría desbocado y arrítmico, cual gacela perseguida por una lanza suajili. Luego, cuando Anita desaparecía de mi vista, el mundo seguía su curso como si nada.

 

No recuerdo cuánto tiempo amé locamente a Anita. No recuerdo cuándo empecé a olvidarla. Y tampoco recuerdo cuándo se borró del todo de mi memoria. Creo que a los diez años ya se me había pasado el enamoramiento total o parcialmente. Quizá fue porque Anita se marchó a vivir lejos, o porque no volvió por la tienda, o porque se quedó en alguna ciudad con aeropuerto al otro lado del océano y no volvió a su pueblo, a nuestro pueblo.

 

Ayer estuve en casa de mi madre y, mientras mirábamos la primevera a través de la ventana, me preguntó si me acordaba de Anita. Le dije que sí, que me acordaba perfectamente. «Pues murió la semana pasada», me dijo con tristeza. «¿Y dónde vivía?», le pregunté. «En Sabadell. Se fue a trabajar allí en el 72 o 73». «¿De azafata?». Mi madre tardó unos segundos en responder: «No, en una peluquería. Era peluquera, ¿no te acuerdas?». «No, no me acuerdo. Yo pensaba que era azafata». Mi madre guardó un silencio característico en ella cuando no está segura de algo. Es posible que no supiera si le hablaba en broma o en serio. Pero yo hablaba en serio, muy en serio.

 

Soy incapaz de recordar cómo llegué a la conclusión de que Anita era azafata. En rigor, nadie me lo dijo nunca, no se lo escuché decir a nadie, ni jamás lo pregunté. Supongo que simplemente me gustaba creer que era azafata. Eso debe de ser lo que ocurrió. Ahora intento pensar en Anita, ya mayor, poniendo rulos en una peluquería de Sabadell, tintando cabellos, cardando, dando conversación a las clientas. O jubilada ya.  Y, sin embargo, sigo viéndola con su gorrito graciosamente ladeado, el pañuelo azul, los zapatos de tacón y el bolso con el logotipo de la compañía, paseando por la calle Mayor con aquella elegancia que por entonces no había visto más que en las actrices de cine. Son las trampas de la memoria.

 

 

 


vie

24

may

2019

Viajes y otras injusticias

Mi pasión por los viajes surgió a los pocos meses de nacer, cuando mi madre empezó a sacarnos a pasear a mi hermana y a mí en un enorme carricoche marca Jané y nos daba un garbeo por el pueblo con alguna parada, a veces, en el Círculo Mercantil o en los bancos de la Glorieta. Por entonces, en mi escasa experiencia viajera, yo regresaba a casa con la sensación de haber dado la vuelta al mundo. Aquellos primeros viajes marcaron mi vida para siempre.

 

Cuando cumplí dieciocho años y marché a estudiar fuera, mi mayor anhelo, además de aprender mecanografía, era viajar a lugares lejanos y, a ser posible, exóticos, como aquellos de mi infancia. Pero la economía precaria de un estudiante becado no daba para muchos dispendios, así que decidí viajar de forma económica y a mi particular manera

 

Recuerdo que cogía una pequeña maleta, cuyo modelo se conocía como “Fin de Semana”, echaba dentro una máquina de fotos, un par de libretas, media docena de bolígrafos, un paraguas por si llovía, una gorra por si hacía sol y dos o tres bocadillos de morcilla del Parrulo, que traía de casa cada vez que iba a visitar a mi familia al pueblo haciendo dedo, es decir, autostop. Subía entonces en el autobús urbano, casi al amanecer, y emprendía una ruta (podría decir "periplo", pero temo a los puristas tanto como a los dánaos) por toda la ciudad. Me bajaba en cada barrio, me sentaba en algún parque, o en la terraza de una cafetería frente a un mercado, por ejemplo, y me dedicaba a observar a la gente y a fotografiarlo todo.

 

Imaginaba que estaba en otras ciudades, en otros países, en otros continentes. Me gustaba hacerme pasar por extranjero, pero como apenas hablaba idiomas “útiles” utilizaba el latín; por entonces yo creía que sabiendo latín se podía recorrer el mundo, excepto Norteamérica y Gran Bretaña. Pedía una cerveza de barril fría, con acento pompeyano: “Ego volo captam cervisiam frigidam, pace tua”. Y, si no me entendía el camarero —cosa que solía ocurrir—, señalaba el grifo de cerveza y ya está. Eran viajes apasionantérrimos que terminaban cerca de la medianoche, como el sueño de Cenicienta, justo la hora en que dejaban de circular los autobuses urbanos. Ni siquiera años después al pie de la pirámide de Keops o delante del Taj Mahal he vuelto a sentir emociones tan intensas.

 

En los días siguientes a mis viajes invitaba a todo el mundo a casa con cualquier pretexto: a los amigos, a los compañeros de clase, a las amantes, al portero del edificio, que recuerdo que era cojo y tenía mal genio. Y en mitad del pretexto inventado les hablaba de mis viajes, les enseñaba las fotos, les contaba las cosas no como habían ocurrido, sino como yo las imaginaba. En una palabra, las adornaba y las hacía muy interesantes.

 

Con el tiempo, los examigos, los excompañeros, las examantes (también el portero) dejaron de aceptar mis invitaciones. Me dolió, debo reconocerlo, que me huyeran de aquella manera con frecuencia indisimulada. No obstante,  seguí viajando por la ciudad unos años, pero dejé de narrar mis viajes a quienes no estuvieran interesados, que eran todos (también debería decir "todas").

 

Ahora que han pasado los lustros, aquellos mismos que huían de mis crónicas de viajes han empezado a utilizar las redes sociales (yo también lo hago) para mostrar sus propios viajes y el exotismo de sus vidas. Y, cada vez que entro en Instragram, veo las fotos de los examigos, excompañeros, examantes (el portero ya murió): los lugares a los que viajan, los restaurantes que visitan, incluso las habitaciones de sus casas cuando ponen un cuadro nuevo o una cheslong comprada en Ikea o en Chollosofá. No me molesta su exhibicionismo, pero me pregunto qué diferencia hay entre lo que ellos hacen ahora y lo que hacía yo en mi juventud, divino tesoro, con toda la ilusión y el amor por compartir mis experiencias. Y por mucho que me lo pregunto no encuentro respuesta que me convenza ni me consuele. Como decía el sabio Calimero: «Esto es una injusticia, amiguitos».


sáb

18

may

2019

Libros dedicados

Una vez me dediqué a mí mismo un libro escrito por mí. Me hacía ilusión y ya está. Yo soy así, a veces. Se trataba de una primera edición de El criador de canarios, que en realidad no tuvo más que una edición que pasó sin pena ni gloria. Tengo cajas enteras de ese libro criando polvo en el trastero. La dedicatoria me quedó muy chula, si se me permite la inmodestia.

 

El caso es que luego le presté el libro a un amigo (por llamarlo de alguna manera) y no me lo devolvió. Pasaron los meses, los años y aquel al que yo había considerado “amigo” no hacía ni siquiera el amago de restituirlo a su dueño genuino, a pesar de mis discretos requerimientos. Llegó un punto en que ni me devolvía las llamadas ni respondía a mis requisitorias por WhatsApp.

 

La semana pasada me enteré de que esta “persona” (no me gusta hablar mal de los muertos) había fallecido. Y decidí asistir a su funeral y reclamar la devolución de mi ejemplar dedicado por el autor, es decir, por mí mismo.

 

Fue así como me presenté en el Tanatorio la Siempreviva de Alicante. El nombrecito se las trae, pero no se lo puse yo. Lo que quiero contar es que le di el pésame de rigor a la viuda, ya se sabe, «te acompaño el sentimiento», «no somos nadie», «lo que es menester es lo que es menester» y otras formalidades que se usan en estos casos desde el origen de los tiempos. Luego, sin levantar la voz por no molestar ni llamar la atención de los dolientes, le hablé del libro en cuestión y le pregunté con educación si podía devolvérmelo lo antes posible, no fuera a ser que entrara en depresión por la muerte del esposo y se volviera olvidadiza por culpa de la medicación. La señora me gritó como una energúmena. Me dijo de todo (el pudor y la educación que recibí en la infancia me impiden reproducir sus palabras). Y, para colmo, el resto de los dolientes, e incluso los empleados de pompas fúnebres, se pusieron de su parte. Y lo más seguro es que ninguno de ellos había leído mi libro.

 

En ese mismo lugar y sobre el cadáver aún caliente de mi examigo juré, poniéndolo a él por testigo cual Scarlett O´Hara masculino, que nunca volvería a prestarle a nadie ningún libro dedicado, y mucho menos si sospecho que tiene posibilidades de morirse, o algún tipo de intención de hacerlo. Mi paciencia tiene un límite. Faltaría más. 

 


dom

14

abr

2019

Consejos médicos

Siempre me ha dado mucha envidia la gente que se encadena a cualquier sitio para reivindicar lo que sea. El sitio es lo de menos; y la reivindicación, también. Hace un tiempo decidí que no quería morirme sin haberme encadenado a algo al menos una vez en mi vida para reivindicar lo que se me ocurriera.

 

Y así fue como una mañana de abril me encadené a una boca de incendio de la Quinta Avenida de Nueva York, donde pasaba yo unos días de vacaciones con un amigo de Moratalla. Y de repente hubo un incendio en un rascacielos cercano y llegaron los bomberos con sus camiones, sus mangueras y toda la parafernalia. Entonces me pidieron por favor que me desencadenara, porque necesitaban la boca de incendio para hacer su trabajo, como es natural. Y les dije que no, que yo no me desencadenaba hasta que se cumpliera mi reivindicación. Y cuando me preguntaron cuál era mi reivindicación se me ocurrió decir: « Reivindico la paz». «¿Podrías concretar un poco más?», me preguntó el jefe de bomberos en un inglés muy de Nueva York. Y yo le respondí: «No me desencadenaré de aquí hasta que los gobernantes de todos los países declaren el alto el fuego de todas las guerras y firmen una paz duradera». Y enseguida acudió un señor que debía de ser muy importante, y luego otro. Y se presentó también el Secretario General de la ONU, que ahora no me acuerdo cómo se llamaba. Y me invitó a subir en su coche, y luego fuimos a la Casa Blanca a hablar con el presidente de la nación, que era afroamericano, o de por ahí. Y fueron todos muy amables conmigo. Me invitaron a hablar en la ONU y di el mejor discurso de mi vida. Bueno, si no fue el mejor, al menos fue el más largo y emotivo. Y una semana y media después, más o menos, se acabaron todas las guerras del mundo.

 

En realidad, lo que acabo de contar me lo he inventado. Yo es que me invento mucho las cosas. No es que mienta, sino que adorno las ideas que se me ocurren. Algunas personas se las creen y otras no, pero mi médico de la Seguridad Social me ha dicho que es bueno que escriba las cosas que me invento, porque así no voy por ahí mintiéndole a la gente a la cara y quedando fatal. Yo confío mucho en mi médico, porque en 1969 curó a un astronauta que se resfrió en un cohete espacial por culpa del aire acondicionado. Y lo más sorprendente de todo es que lo curó desde la Tierra, mientras el astronauta, que se llamaba Armstrong —como el trompetista de Nueva Orleans—, estaba dando vueltas a la Luna para encontrar un hueco donde alunizar.

 

Y, por cierto, hablando del trompetista Louis Armstrong, no sé si he contado que mi padre almorzó una vez con él en el Bar 33. Sí, el Bar 33 es un bar de mi pueblo. Un Domingo de Ramos entró mi padre al bar y se encontró a Louis Armstrong comiendo un plato de oreja frita (a pesar de ser Cuaresma), que la hacen mucho más rica que en el Hotel Ritz de Berlín. Y mi padre le dijo…

 

Bueno, ahora no puedo seguir contando la historia porque tengo que tender una lavadora. Bueno, no la lavadora, sino la ropa que hay dentro de la lavadora, porque ayer entré a una pirámide de Egipto, por casualidad, y me puse perdido de telarañas y otras cosas que ahora no vienen a cuento. Además, no sé por qué, tengo la sensación de que nadie me está creyendo, y al final voy a quedar como un mentiroso, que es lo que me pasa siempre que empiezo a contarle mi vida a gente desconocida. En fin…

 


jue

11

abr

2019

Literatura, sexismo y otras contrariedades

Sostiene mi amigo Raimundo que la mejor manera de fomentar la lectura entre los jóvenes y las jóvenes es prohibir los libros. A mí me parece un poco exagerado, pero a veces me entran serias dudas.

 

Resulta que en algunas bibliotecas de colegios han empezado a hacer “limpieza” de libros sexistas, eliminándolos de las estanterías. Hasta ahí todo bien, o medio bien. Parece una forma lógica de que los niños y las niñas no se eduquen en la lectura de libros que favorecen la desigualdad entre géneros. Pero ahondando en la noticia resulta que solo el 10% de los libros infantiles cumplen esta regla de igualdad. El 30% son claramente sexistas y el 60% están en la cuerda floja y son sospechosos de serlo. Parece mentira.

 

Y, claro, como hay mucho iluminado e iluminada en el mundo, mi amigo Raimundo ha decidido aprovecharse de la coyuntura y hacer negocio con el asunto de la “prohibición” académica. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido convencer a su sobrino de ocho años para que venda en el mercado negro los libros "censurados". Raimundo se los facilita y su sobrino se dedica en los recreos a ofrecer a sus compañeros y compañeras aquellos libros que no pueden encontrar en la biblioteca: Caperucita Roja, Blancanieves, El Sastrecillo Valiente, La Bella Durmiente, Cenicienta… El catálogo es más extenso de lo que uno pudiera imaginar. A veces tiene que regatear el precio, pero por lo general los chicos y las chicas están dispuestos a pagar lo que sea por algo que está "prohibido" para menores de edad, incluidas las pastillitas de la risa y las cachimbas de agua. En una semana han colocado en el mercado negro las obras completas de Hans Christian Andersen, los Hermanos Grimm y Charles Perrault.

 

A mí, con los apuros económicos que pasamos algunos escritores y escritoras, me dan ganas de vender en parques y jardines —anunciando en voz baja que pronto serán libros prohibidos— las obras de Flaubert, Tolstoi, Sthendal, Lampedusa y más de la mitad de mi biblioteca. Aunque, puestos a empezar, empezaría por Lolita, la Ilíada, El Quijote, Los hombres que no amaban a las mujeres y unos cuantos más que me ocupan mucho espacio y tengo repetidos y tripitidos. Pero debo reconocer que soy una persona pusilánime y luego, cuando llega la hora de la verdad, me entra el canguelo y no me sale ni la voz del cuerpo. Al final terminaré quemándolos en la estufa de leña cuando me corten el gas, que ya no falta tanto.


mar

26

mar

2019

Perros, patos y amores rotos

Mi amigo Raimundo no tiene habilidades sociales, ni perro. Por no tener, no tiene ni novia. Y lo peor de todo es que ahora me culpa a mí de sus fracasos sentimentales. O, al menos, del último. Lo cierto es que desde que se divorció no ha tenido suerte en el amor.

 

Con los perros tampoco ha tenido suerte, a pesar de que los adora. Al parecer, cuando tenía cinco años y medio desarrolló una extraña alergia a los animales de pelo, que le provoca urticaria, estornudos y escozor de ojos. Precisamente por eso, por la envidia sana que le produce ver a la gente pasear con sus perritos en parques, jardines y aceras, se compró hace tiempo un pato, al que saca a pasear tres veces al día. Y los domingos, cuatro.

 

Hace una semana o así me llamó a las 4 de la madrugada para contarme que ya había encontrado a la mujer de su vida. «¿Cómo es eso?», le pregunté por no mandarlo a tomar viento fresco. Y Raimundo me explicó que la había conocido en el parque. La historia es tan sencilla como simple.

 

Desde que Raimundo saca a pasear a Donald (como el presidente de los EE UU), ha conocido a gente que también saca a sus perritos para que hagan sus necesidades fisiológicas y escatológicas. Hasta tal punto han hecho amistad que han creado un grupo de wasap para quedar a ciertas horas y pasear juntos a sus mascotas, de pelo o pluma indistintamente. Así es como conoció a Cecilia (como la patrona de la Música) y a su perrita Marilín (como la de Herta Frankel). ¡Qué original todo!

 

Donald y Marilín se aman. Raimundo y Cecilia también. Al parecer llevaban ya varias semanas haciéndose ojitos, piquitos y morritos en parques y jardines cercanos a su bloque de pisos. Me enterneció tanto imaginarlos así a los cuatro, que cuando Raimundo me propuso conocer a Cecilia no pude negarme. Así que me ofrecí a invitarlos a casa y cocinar para los cuatro (y para mí mismo, faltaría más).

 

Hace dos noches, Donald, Marilín, Cecilia y Raimundo vinieron a casa a cenar. Y todo iba de maravilla hasta que empecé a servir la mesa. Les puse, con todo el cariño y sin doble intención, paté de oca, pato a la naranja y perritos calientes al modo de la Quinta Avenida de Nueva York. No entraré en detalles sobre el drama que se montó. Para no extenderme, diré que Cecilia me asesinó con la mirada y se levantó hecha una furia. Empezó a despotricar contra mí, con lo modosita que parecía. Luego se marchó con cajas destempladas, dando un portazo que debió de oírse en todo el edificio. Qué vergüenza.

 

En fin, todo esto para contar que ahora mi amigo Raimundo me culpa de haber perdido al amor de su vida, Cecilia, que no quiere saber nada de alguien como él que tiene amigos tan cromañones (sic) como yo. Y cuanto más le digo que ya encontrará otro amor, más se encabrona conmigo y me dice cosas muy duras que no me atrevo a reproducir aquí por pudor. Al menos ahora no me llama a las 4 de la madrugada. Ya se le pasará.

 


jue

21

feb

2019

Trenes, teléfonos y asesinatos

Odio hablar por teléfono cuando viajo en tren. Por lo general no respondo a las llamadas hasta que termina el viaje. En rigor debería decir que únicamente respondo cuando me llama mi madre, porque sé que se preocupa si no contesto a sus llamadas y termina dando por hecho que el tren se ha incendiado, ha descarrilado, o algo mucho peor. En esos casos excepcionales, cuando hablo mientras ella me da consejos saludables por teléfono («abrígate cuando llegues», «no bebas bebidas con hielo», «mira a los dos lados antes de cruzar la calle» y cosas por el estilo), finjo que hablo con el presidente del Gobierno, y le respondo a mi madre cosas como «sí, señor presidente», «lo incluiré en el orden del día del próximo Consejo de Ministros, señor presidente», «se lo comunicaré a la presidenta del Congreso de Diputados, señor presidente» y cosas así. Y mi madre no se lo toma a mal, porque sabe que es mi forma de preservar la intimidad en público. Sin embargo, hay personas que no tienen ningún pudor en airear sus intimidades cuando viajan en tren. Es más, yo creo que disfrutan.

 

Eso es precisamente lo que experimenté hace unos días, cuando viajaba codo con codo con un señor anónimo que no paró de hablar por su móvil durante todo el viaje. Además de conocer el nombre, la edad e incluso la talla de pantalón de su amante, con la que hablaba todo el rato, supe que ambos eran de un pueblecito de Toledo. Deduje que ella era su amante por algunas frases sueltas muy propias de este tipo de relación: «mi churripichurri», «mi repollín», «mi conejito», «mi gatita de angora» y otras cosas por el estilo. Supe también que los dos eran capricornio y estaban planeando asesinar al esposo de la susodicha. Él le daba instrucciones muy precisas sobre cómo debía darle de beber más vino de la cuenta durante la cena, cómo debía salir con él al balcón para que se le pasara el mareo y cómo, finalmente, debía empujarlo sin violencia para que el cuerpo del esposo cayera al vacío por su propio peso y se esclafara cual huevo pasado por agua en contacto con el asfalto. Increíble. Luego, mi acompañante anónimo resolvía con toda naturalidad las dudas que su amante le iba planteando sobre la marcha. Se diría que estaba habituado a asesinar a esposos de amantes y gente así.

 

En los días siguientes estuve muy al tanto de la Sección de Cultura y Sociedad de varios periódicos, que es donde se cuentan últimamente este tipo de noticias de interés general. Pero nada. Me extrañó también que la noticia no abriera los noticiarios de las principales cadenas. Es más, ni siquiera se mencionó en las radios locales, ni en la televisión por cable de ese pueblecito de Toledo, ni en Facebook —que ya es decir—. Nadie hablaba de la caída de un hombre al vacío en estado de ebriedad, ya fuera de forma accidental o con premeditación y alevosía.

 

La conclusión a la que he llegado después de una semana de silencio en los medios es que ese hombre no estaba hablando con su amante, sino con su madre, quien sin duda le estaría diciendo que se abrigara, que tomara una aspirina efervescente al llegar a casa y que no cruzara los semáforos en rojo. Vamos, lo que dicen siempre las madres. Y, sin duda, mi acompañante anónimo pensó que la mejor manera de preservar su intimidad era fingir que estaba planeando un crimen perfecto. ¡Hay que ver qué retorcidas son algunas personas! En fin…

 


mié

30

ene

2019

Economía, amistades y papel higiénico

Mi amigo Raimundo, que viaja mucho desde que se divorció, tiene una manera muy peculiar de medir los índices económicos y el progreso de los países que visita. Sostiene Raimundo que el grado de riqueza, confort e incluso la renta per cápita se puede deducir de la calidad del papel higiénico que ofrecen a sus clientes los hoteles. Asegura Raimundo que esta forma de medir la economía es más efectiva que los datos macroeconómicos y los informes financieros y políticos.

 

Sostiene Raimundo, por ejemplo, que una cadena hotelera —pongamos los hoteles Marriot— utiliza un papel higiénico de una calidad determinada en EE. UU., y otra diferente en Alemania. Y esa diferencia refleja las diferencias económicas y otros índices de confort de los dos países. Igualmente, el papel higiénico de los hoteles de Senegal es de distinta calidad de los de Tanzania, por mencionar dos lugares que ha visitado recientemente. Y las diferencias económicas, etcétera, etcétera de ambos es directamente proporcional a la diferencia de sus respectivos papeles higiénicos.

 

Mi amigo Raimuindo lleva más de año y medio escribiendo un ensayo sobre este asunto. Y lo que me molesta no es lo absurdo de sus afirmaciónes. Lo que me molesta realmente es que me ha contagiado esa estúpida manía de comparar el papel higiénico. Y estoy empezando a perder a algunos buenos amigos por su culpa.

 

Sin ir más lejos, anoche estuve en Barcelona por un asunto que ahora no viene al caso, y me invité a cenar en la casa de Marta y Xavi, amigos a los que aprecio y quiero a partes iguales. El caso es que después de beberme con ellos una cerveza o diez (se me da mal lo de llevar la cuenta), tuve que ir al baño por imperativo fisiológico. Y, claro, no pude evitar fijarme en la calidad del papel higiénico. Y en un arranque de sinceridad nada frecuente en mí, les comenté que su nivel cultural, económico e incluso empático no estaba en concordancia con la calidad de su papel higiénico. Reconozco que tal vez insistí en esta cuestión más de lo que podría considerarse cortés. Estuve resumiéndoles las teorías de mi amigo Raimundo, sin mencionarlo, hasta las 4 de la madrugada. Me escucharon circunspectos y respetuosos, como suelen hacer. Nada dijeron. Nada objetaron. Sin embargo, hoy al volver a casa los he llamado varias veces y no responden. Les he mandado wasaps, correos electrónicos y mensajitos por messenger, a pesar de que apenas lo utilizo. Hace menos de una hora, después de innumerables intentos fallidos, una voz femenina muy agradable me ha dicho por teléfono: «El número que ha marcado no existe». Luego lo ha repetido hasta tres veces, creo.

 

Y si ahora estoy con la mosca detrás de la oreja, por decirlo de manera coloquial y sin dramatismo, no es porque hayan decidido dar de baja el teléfono sin informarme del nuevo número, sino porque la voz de la operadora se parece demasiado a la de Marta.


jue

17

ene

2019

Breve tratado sobre la miopía

Me gusta la gente con ojeras, la gente con los ojos hundidos o con bolsas bajo los ojos. Me gusta ese cansancio visual. Me gustan los miopes, porque miran pero no ven, o ven de otra manera. Mi abuela era partera y muy miope, mi padre era droguero y muy miope, yo no sé lo que soy, excepto muy miope. Los miopes nos reconocemos por el mundo, aunque llevemos lentillas. Nos entendemos cuando nos miramos sin vernos. Me gustan los ojos miopes porque dicen cosas con la mirada, aunque las cosas que digan no me gusten. Nunca he entendido por qué a los miopes les quitan las gafas cuando los entierran. Pensarán, sin duda, que no las van a necesitar. Sin embargo, son parte de ellos. Es como si a un cadáver le amputaran una pierna, o una mano, porque no las va a necesitar.


lun

12

nov

2018

Literatura que alimenta vs. literatura que engorda

 Hace ya más de un lustro que yo pasaba algunas horas de mi vida laboral en la biblioteca de un instituto de enseñanza secundaria fichando libros que iban directamente a las estanterías cerradas con llave para que nadie los robara. Soñaba, en mi delirio, con que entrara algún caco de libros, me maniatara y hurtara dos o tres; con uno me habría sentido satisfecho.

 

En estas elucubraciones andaba yo cuando cierto día entró en la biblioteca un alumno y me dijo que quería sacar un libro. «¿Qué libro?», le pregunté. «Me da igual, profe, uno que mole». Mole, mole, guacamole, pensé para mis adentros, e ipso facto me puse a recorrer con la vista los estantes y las secciones. Era una responsabilidad enorme la que aquel chaval de primero de la ESO depositaba en mí. Deseché los clásicos latinos, por parecerme excesivo; luego deseché el Siglo de Oro y el XIX, por prudencia; tampoco me atreví con García Márquez ni Cortázar, aunque habría sido un gustazo para mí. Finalmente, mis ojos se posaron sobre un libro que no había leído: Caballo de Troya, de J.J. Benítez. «A lo mejor este te mola», le dije con entusiasmo contenido. Le hice la ficha, me dio las gracias y ya no volví a saber más.

 

«No volver a saber más» significa, literalmente, que a lo largo de ese curso, del siguiente y del siguiente el chico no devolvió el libro. Cada vez que entraba yo en la biblioteca miraba la ficha y allí seguía, con su nombre y sus datos. Me cruzaba con el alumno por los pasillos y miraba yo para otro lado, silbaba, fingía que me ataba los cordones de mis mocasines y cosas así. No quería que se sintiera violento por mi presencia, ni recordarle que los libros hay que devolverlos, según dice la Constitución, creo.

 

Pasaron los años y yo dejé la enseñanza. No volví a saber nada del chico —se llamaba Jorge, aún no lo había dicho— hasta hace unos días. El viernes pasado, mientras bajaba por las escaleras mecánicas de un centro comercial, cargado con una pastilla de chocolate Valor y una cajita de sacarina baja en calorías, me crucé con un joven apuesto que subía en dirección contraria. Cruzamos nuestras miradas. Me sonrió. Yo le sonreí. Me gusta devolver las sonrisas y las miradas de los desconocidos; yo soy así. De pronto presentí que conocía a aquel tipo. Apenas había avanzado yo treinta y tres metros hacia la puerta de salida cuando oí que alguien gritaba a mi espalda: «Profe, profe». Y, sí, claro, era a mí.

 

Aquel mozalbete era Jorge —no diré los apellidos por si los Servicios Secretos de la Conselleria d´Educació leen este blog, cosa que no descarto—, al que yo le había «prestado» la novela de J.J. Benítez. Fingí que no recordaba aquel asunto del préstamo del libro no devuelto. Y luego fingí que caía en la cuenta inopinadamente.

 

Jorge, en un arranque de remordimiento espontáneo, me contó que no había devuelto el libro porque lo había perdido. Traté de quitarle hierro al asunto. Me confesó que sintió tanta vergüenza que jamás me lo contó, a pesar de que se cruzaba conmigo por los pasillos del instituto. Luego me contó que cuando su situación económica mejoró  compró Caballo de Troya 2 y así hasta Caballo de Troya 9. Luego decidió probar con García Márquez y Borges. Pasó después a Valle Inclán. Más tarde, a Lope de Vega, Cervantes. Y así hasta que descubrió a Plauto y su comedia Anfitrión. Me dijo que la tragedia griega era lo que menos le había molado, a pesar de que había leído todo Sófocles, Esquilo y Eurípides en bolsillo. Nos despedimos con varios consejos literarios. Me dijo: «Profe, léase Días sin final, de Sebastian Barry», y le prometí que lo haría.

 

Salí confuso y algo desorientado del centro comercial. Y mientras miraba con gula aquella tableta de chocolate que engordaba pero no alimentaba, pensé cómo habría sido la cosa si yo hubiera ido a la directora con el cuento de que aquel alumno no había devuelto el libro. Y me imaginé que lo habrían mandado a la policía, lo habrían metido en un calabozo, lo habrían torturado y lo habrían obligado a pagar el libro con intereses. Y, tras cumplir condena y salir libre, pasaría delante de las librerías y bibliotecas a pasos agigantados, sin levantar la cabeza, como alma que persigue el diablo.

 

 

 


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mié

07

nov

2018

Informe policial

[…] Y siendo las 8:32 A.M. del 15 de febrero del corriente recibimos a través de la radio del coche patrulla un aviso de que se estaba produciendo un altercado en el nº 13 de la Plaza Lanzarote del Lago, frente a la fachada del Banco Nacional, acudiendo de inmediato a dicha dirección. Al llegar hallamos yaciendo sobre el firme a un varón blanco de unos 65 años, en posición decúbito supino, con ropas extrañas y con síntomas evidentes de haber sufrido un golpe o caída, habiendo restos de sangre en cara y suelo. Acordonado el espacio y aislado el sujeto, tras dar aviso a los Servicios Médicos, se procedió a recabar información sobre lo acaecido y a interrogar a posibles testigos, que además de su testimonio verbal aportaron medio centenar de grabaciones en teléfonos móviles, de lo cual se puede deducir:

 

Que alrededor de las 8:00 A.M. el sujeto yacente se posicionó delante del cajero automático del Banco Nacional pertrechado con un palo de escoba, fregona o mopa; que después de maldecir y lanzar improperios contra el susodicho cajero, tomó distancia, como para coger carrerilla, y arremetió con el palo de escoba, fregona o mopa contra el cajero automático, con la presunta intención de forzarlo y sustraer la cuantía que contuviese; que al no conseguirlo de primeras, volvió a tomar carrerilla y a arremeter contra el cajero lanzando improperios como «has de saber, amigo Pancho, que no son cajeros automáticos, como dices, sino seres de otro planeta venidos para chuparnos la sangre, cobrarnos comisiones, cláusulas suelo y firmar contratos leoninos que heredarán nuestros tataranietos, si los tuviéremos»; que el sujeto, sin cejar en su empeño, repitió hasta seis veces consecutivas las acometidas; que al ser alertado por los viandantes, el Guardia o Vigilante de Seguridad del Banco del que se estaba produciendo un intento de robo con fuerza en el cajero, se personó en el lugar de los hechos e intentó reducir al sujeto, el cual opuso resistencia; que al caer al suelo tras un forcejeo reglamentario, el sujeto aún no yacente siguió gritando, escuchándose en la grabación la mención a un tal Diego Pérez de Vargas, pudiéndose tratar de un cómplice; que estando en el suelo y delirando por efecto probable del golpe en la cabeza, el sujeto yacente pidió a gritos que le trajeran «la Extrema Unción», a lo cual el Guardia o Vigilante de Seguridad le respondió que le iba a dar dos hostia, las cuales finalmente le suministró; que después de recibir las dos hostias, el sujeto perdió el conocimiento, el cual no recuperó hasta la llegada de la ambulancia; que tras examinar la documentación que portaba en sus ropajes de otro tiempo, comprobamos que se trataba de Alonso Quijada, nacido en Villagarcía de Campos en 1565, de lo cual se deduce que la documentación era falsa y que el disfraz se podía deber a la fiesta de Carnaval que se celebró la noche anterior en la Discoteca Ditirambo, sita en la misma plaza Lanzarote del Lago y colindante con el Banco Nacional.

 

 


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mar

06

nov

2018

Bach o el terror de los cacos

Anoche, como suele ser ya habitual, mi amigo Raimundo me llamó a las tantas de la madrugada para contarme que Johann Sebastian Bach le había salvado la vida (sic). Concretamente dijo: «La Pasión Según San Mateo de Bach me ha salvado la vida, tío». Mi primer impulso fue llamarlo "tontoelpijo" en arameo y colgar. Pero un brote espontáneo de bonhomía se apoderó de mí y decidí pedirle detalles de aquella salvación músico-milagrosa. Pensaba que me iba a contar que estaba pasando por una de sus frecuentes crisis postdivorcio y que había pensado suicidarse, o algo peor, pero que había escuchado la pasión oratórica de Bach de manera casual (a lo mejor, en la radio del vecino) y había visto la luz. Mi amigo Raimundo es mucho de ver la luz en el último momento, por ejemplo, cuando está a punto de saltar desde la cornisa de un edificio de veintitrés o veinticuatro plantas, dependiendo del día. El caso es que lo que me contó no tenía nada que ver con aquello que yo había supuesto. 

 

Lo que me contó Raimundo, como iba diciendo, fue que caminaba por no sé qué calle (seguro que era una calle oscura y tétrica, como él) cuando un tipo le sacó una navaja, se la puso en el cuello y le pidió la cartera. Raimundo echó entonces mano al bolsillo de su sobretodo con tan buena fortuna que en vez de la cartera sacó un CD de Bach que había encontrado en un contenedor de plástico (es que a veces a Raimundo le da por buscar en los contenedores de plástico, aconsejado por su psicoanalista). Digo «con tan buena fortuna» porque, cuando el atracador vio el disco de Bach, levantó las manos y gritó algo así como «vade retro, Sebastian Bach» y echó a correr como alma a la que persigue el diablo.

 

Mi amigo Raimundo me estuvo contando, hasta el amanecer, sus diversas hipótesis sobre la causa de la reacción sorprendente del «caco», palabra que me gusta desde que yo tenía nueve años más o menos. Y la hipótesis más plausible es que el «caco» debía de haber sido violonchelista, seguramente, en alguna orquesta quizá sinfónica de donde (también quizás) lo habrían echado al paro por un ERE o cosa similar, como reajuste de plantilla debido a los recortes aplicados a Cultura, en general, y a Artes Musicales y/o Escénicas, en particular.

 

En fin, el caso es que mi amigo Raimundo tiene mucha imaginación, y se junta conmigo, claro, que me encanta contar historias. Y es como juntar el hambre con las ganas de comer, o la sed con un quiosco de cerveza gratis en mitad del desierto del Sáhara, aunque podría ser cualquier otro desierto. Y tengo que dejar de contar esta historia porque tengo el móvil sonando con el número de Raimundo en la pantallita, que no sé qué demonios querrá contarme ahora el pesado, que es un pesado.

 

 

 


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mar

27

feb

2018

Lope de Vega y el Waterpolo

Confieso que tengo cierta facilidad para conocer a gente interesante. Es cierto. No obstante, creo que cada día me supero. Por ejemplo, ayer conocí al grandísimo dramaturgo don Félix Lope de Vega en persona. Y fue de la forma más natural, como me ocurre siempre desde que era un chavalín, más o menos.

 

Estaba yo acodado en la barra de un bar, tomando un café y leyendo a Schopenhauer —cosa que suelo hacer todos los lunes— cuando se sentó a mi lado un caballero muy educado que mostró interés por mi lectura. Puesto que no es frecuente que esto ocurra cuando leo a Schopenhauer en espacios públicos, sino más bien cuando leo el Marca —cosa que suelo hacer los martes—, decidí entablar de forma natural una conversación con aquel tipo tan empático.

 

El caso es que a los cinco minutos ya hablábamos como si nos conociéramos desde parvulitos. En esas estábamos cuando aquel hombre, que dijo llamarse Félix, me preguntó por mi profesión. Con un poco de pudor, le confesé que yo era novelista. Luego le mencioné media docena de títulos míos, por no ser muy pesado, y le resumí en apenas media hora mi carrera literaria. Fue un verdadero ejercicio de síntesis, pues tengo una tendencia natural y congénita a la digresión y las dispersiones. Le dije, además, mi apellido por si daba la casualidad de que había oído hablar de mí. Pero no, no había oído hablar de mí. Eso habría sido ya el no va más.

 

Cuando le pregunté a qué se dedicaba él, me dijo que era autor de teatro. Ante mi asombro me confesó en voz baja que escribía teatro en verso y que se apellidaba Lope de Vega. No fue ya asombro, sino perplejidad, saber que me encontraba ante el dramaturgo más grande del Siglo de Oro, incluso de todos los tiempos si me apuran. Me contó de manera confidencial que su longevidad estaba siendo estudiada por algunos científicos, pues eran pocos los casos de personas que alcanzaran una edad provecta como la suya. Le hice unas cuantas preguntas, picado por la curiosidad, y me di cuenta de que, aunque físicamente estaba muy bien, sin embargo su memoria flojeaba. Por ejemplo me dijo que era autor de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que como todo el mundo sabe no es de Lope sino de Cervantes. Por el contrario, le atribuyó a su rival, Cervantes, la obra El perro del Hortelano. Le disculpé aquellos pequeños lapsus, por supuesto, y no quise hacerle ver su error.

 

Estuvimos hablando largo y tendido —más largo que tendido— hasta que alguien lo llamó por teléfono. Resultaba chocante ver al gran Lope de Vega hablando por un iPhone X. Por sus palabras cariñosas y mimos supuse que hablaba con una mujer o quizás, tratándose de Lope, con alguna de sus amantes. Aproveché que no me miraba y lo observé detenidamente. Vestía traje de Armani, zapatos Martinelli y maletín de ejecutivo Samsonite. Su corbata me pareció preciosa. Quién te ha visto y quién te ve, pensé para mis adentros.

 

Oí que le decía a su mujer —más bien su amante, supuse— que ya estaba en la puerta de casa. Menudo pillín, pensé. Luego se dio la vuelta para que no lo oyera nadie y me pareció que le decía que se había entretenido porque se había topado con un loco muy divertido y se le había pasado la hora. «Se me ha ido el santo al cielo», dijo concretamente; expresión muy de Lope, por cierto. Al despedirnos, un poco apresuradamente, me dio su tarjeta. Al principio me sentí desconcertado, pues aunque su nombre era Félix, efectivamente, sin embargo su apellido era Martínez. Supuse que lo había falseado para evitarse molestias y explicaciones con la gente incrédula.

 

El caso es que llegué a casa feliz y emocionado por haber conocido en persona al gran dramaturgo a quien todos creían muerto desde 1635. Luego me llamó mi amigo Raimundo por si quería acompañarlo a un partido de waterpolo que había no sé dónde. Cuando le conté mi encuentro con Lope de Vega se enfadó mucho conmigo. Me dijo infeliz, ingenuo, faba, idiota de mierda y no sé cuántas cosas más. A veces, me dice estas cosas sin venir a cuento, o por un enfado temporal y pasajero. Y al final me quedé con la duda de si se había enfadado conmigo por no acompañarlo al partido del waterpolo o porque se moría de envidia por no haber conocido, como yo, al mismísimo Lope de Vega.

 

 

 

 


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lun

05

feb

2018

De la memoria y otros olvidos

«Cada uno presume de lo que carece», escribió no sé quién en no sé qué libro, cuyo autor y título no consigo recordar.

 

Por ejemplo, yo siempre he presumido de carecer de memoria. No es que no tenga memoria en absoluto, sino que mi memoria es tan frágil y quebradiza que a veces olvido incluso la edad que tengo o el año en el que estamos. No es nada nuevo, ni producto de la edad, sino una carencia intrínseca que arrastro desde mi infancia.

 

La semana pasada, sin ir más lejos, conocí en no sé qué sitio a un tipo algo excéntrico que presumía de lo mismo (falta de memoria), y eso me hizo despertar mi vena competitiva. El caso es que nos pusimos a contar anécdotas de nuestros olvidos memorables, y después de describir con detalle un par de olvidos dignos de aparecer en el «Libro de los Grandes Olvidos de la Historia», aquel tipo, cuyo nombre he olvidado, me contó que una madrugada recibió un wasap misterioso y escueto en el que decía: «Te amo apasionadamente». Dice que sintió una curiosidad tremenda y un gran morbo por saber quién le había escrito aquello tan «pasional», tan romántico, tan… tan… no me acuerdo lo que dijo. Durante días, semanas y meses estuvo elucubrando sobre la identidad de aquella misteriosa mujer que le escribía wasap de amor (él siempre supuso, o quiso suponer, que se trataba de una mujer, vaya estupidez). Y al cabo de los meses sufrió una gran decepción al descubrir que había sido él mismo el que se había mandado el wasap para saber qué se sentía al recibir esos mensajes nocturnos y anónimos cargados de misterio y morbo. Pero se había olvidado de que se lo había autoenviado.

 

«¿Cómo puede ser que alguien se mande un wasap a sí mismo? Eso es técnicamente imposible», le dije. Entonces, con mucha paciencia, aquel tipo me explicó que él era vendedor de enciclopedias y que tenía dos teléfonos, uno particular y otro de empresa: es decir, se había enviado el wasap de un teléfono a otro. Aquello de ser vendedor de enciclopedias en el siglo XXI me picó aún más la curiosidad. Así que seguí preguntando:

 

«¿Vendedor de enciclopedias? ¿Puede alguien hoy en día ganarse la vida vendiendo enciclopedias cuando Wikipedia ha acabado con el universo de los tomos a plazos?» La respuesta me dejó tan perplejo que no he conseguido olvidarla, a pesar de mi tendencia a borrar las cosas de mi memoria.

 

Aquel tipo me contó que había trabajado muchos años en una empresa de enciclopedias, hasta que lo despidieron por ruina y cierre del negocio. Sin embargo, cada mañana se levantaba, cogía su maletín, montaba en su automóvil y recorría las ciudades de la provincia con el catálogo de la enciclopedia. ¿Por qué lo hacía? Porque no conseguía recordar que el negocio de las enciclopedias estaba muerto, que lo habían despedido de la empresa y que llevaba más de treinta años en el paro. Ni siquiera se acordaba de que debía buscar un nuevo trabajo más acorde a los tiempos.

 

Después de oír aquella explicación me di por vencido y lo consideré ganador absoluto de aquella absurda competición que había emprendido con un tipo al que no conocía, o mejor dicho, del que no me acordaba a pesar de que habíamos ido a la escuela juntos desde que teníamos seis años. O quizás fueran siete, no me acuerdo. Aunque ahora me parece recordar que mi amigo se llamaba Raimundo, o algo así.

 

 


dom

05

nov

2017

La profesión más bella del mundo

El sábado 5 de noviembre de 1927, poco antes de la medianoche, en la habitación del Hotel Mansfield de Nueva York, Marcelino Isidro Orbes Casanova se pegó un tiro en la boca con una pistola en la que había invertido los últimos dólares que le quedaban. Tenía 54 años, había nacido en Jaca y, aunque llegó a ser considerado el mejor clown del mundo, para entonces ya casi nadie recordaba al gran payaso Marcelino. Apenas una nota de prensa en el New York Times se hizo eco de su muerte.

 

El payaso Marcelino es un paradigma de esos personajes que alcanzan la gloria tan rápido como caen en el olvido. También es el paradigma del payaso triste, del augusto, del que ríe en la pista pero llora en su camerino. Hijo de un peón caminero analfabeto, entró en contacto desde muy pequeño con el mundo del circo. Triunfó en Londres con apenas veinte años, actuó con el mago Houdini y con Charles Chaplin, de quien dicen que copió su famoso bastón y alguna cosa más. Se marchó después a Nueva York, donde triunfó durante siete temporadas en el Brodway profundo, el del Hippodromo y tantos otros teatros con capacidad para miles de espectadores.

 

Después, una serie de desengaños amorosos lo condujeron a una profunda depresión. Además, los gustos del público evolucionaban, pero los gags de Marcelino seguían siendo los mismos. De ahí al olvido solo hubo un paso. Hoy su cuerpo descansa en el cementerio de artistas de Kensico, donde resulta muy difícil encontrar su tumba.

 

Gracias a Mariano García y su libro «Marcelino. Muerte y vida de un payaso» (Pregunta Ediciones) podemos conocer ahora esta historia rescatada del olvido.

 


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mié

30

ago

2017

El arte de preguntar

 

Desde hace un tiempo hay 10 preguntas que me provocan cierta angustia vital por la imposibilidad de encontrar respuesta. Después de hablar con gente sabia, solo he conseguido respuesta a la pregunta 6.

 

  1. ¿Qué hacía Borges cuando no estaba leyendo o escribiendo?
  2. ¿Por qué hay una hormiga dentro de la urna de la dama de Elche?
  3. ¿Quién inventó el tapón de rosca?
  4. ¿Qué pasaría si WhatsApp desapareciera de los teléfonos?
  5.    ¿Cómo se llama el síndrome de apretar botoncitos que padece Kim Jong-un?
  6. ¿Qué diferencia hay entre cerveza trapense y cerveza de abadía?
  7. ¿Cómo sería la Humanidad si Edipo no hubiera yacido con su madre?
  8.   ¿Llamar perrito caliente al perrito caliente es sinécdoque o metonimia?
  9.   ¿Por qué Kafka y Virgilio quisieron que quemaran todas sus obras cuando murieran?
  10. ¿Por qué algunas personas dan vueltas a la cucharilla en el café a la izquierda y otras a la derecha?

 

 


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jue

01

jun

2017

El arte de la observación

Me gusta mucho fijarme en la gente. Por ejemplo, esta mañana fui al médico para que me recetara gasas, esparadrapos  y cosas de esas que me gusta tener en casa cuando me corto partiendo jamón. Delante de mí entró un paciente que me llamó la atención. Cuando entré le pregunté a mi médico, con el que tengo mucha confianza, qué enfermedad tenía aquel tipo. Ya sé que eso es de cotillas, pero a veces entre la curiosidad y el cotilleo hay una delgada línea difícil de definir. "Nada, hombre, nada, estaba preocupado porque le duele la garganta, que es su instrumento de trabajo." No me atreví, por no parecer un cotilla, a preguntarle si era un cantante o profesor de la ESO. Me quedé con esa duda. Me limité a decir "vaya, pobrecito." "¡Qué…! Por lo que veo, ya estás buscando personajes para alguna novela, ¿no?", me dijo mi médico. Él, naturalmente, está al corriente de mi afición a escribir historias. Le dije que sí, que me gustaba fijarme en la gente para luego construir los personajes literarios. Pero no es verdad. La verdad verdadera es que me fijé en aquel hombre porque iba desnudo. Bueno, desnudo del todo no: llevaba un taparrabos. Además, vi un gran cuchillo-machete colgado de su cintura. Pero lo que más me llamó la atención es que llevaba de la mano a un mono. Sí, uno mono, o quizá fuera una mona, no sé; no soy un experto en primates. Y le hablaba. Concretamente le dijo: «Ankagua, Chita». Pero no sé lo que significa.


sáb

18

mar

2017

El arte de informar

Telefónica le informa de que el número que ha marcado está apagado o fuera de cobertura. Además, Telefónica aprovecha la oportunidad para informarle de que usted morirá. Eso no significa que vaya a ser ahora mismo o mañana o pasado mañana. Lo que Telefónica quiere decir es que usted morirá antes o después. Puede ser dentro de un año, de diez o de cien si, por ejemplo, usted es un bebé de escasos meses que ha marcado de forma accidental este número que está apagado o fuera de cobertura. Sea como sea, usted morirá tanto si le gusta como si le disgusta. Piiiiiiiiiiii…


sáb

04

mar

2017

Alergia

A mí no me dan miedo los muertos. Ni siquiera me daban miedo cuando era un niño. Los muertos no se meten con nadie. Los muertos pasan la mayor parte del tiempo yacentes y silenciosos en sus ataúdes. Sí, es verdad que de vez en cuando salen de sus tumbas, se dan un paseo por el cementerio, juegan una partida de mus sobre alguna lápida limpia. Pero poco más. Eso de que los muertos se aparecen a los vivos y les meten el miedo en el cuerpo es una infamia. Lo mismo que las historias que se cuentan de muertos que arrastran cadenas y susurran en la oscuridad. Qué tontería más grande. A mí los que me dan miedo son los vivos. A esos sí que hay que temerlos. Sobre todo cuando vienen con niños y los dejan sueltos como si esto fuera un parque temático. Se mean en los rincones, gritan, corren, se pelean. Pero los adultos son peores aún. Tendría usted que venir aquí el primer día de noviembre y ver la romería que montan. Lo dejan todo hecho un asco. Y además llenan el cementerio de flores. Yo es que tenía una alergia tremenda antes de pasar a mejor vida. Hay alergias que no se curan ni con la muerte.

 


mar

28

feb

2017

Safo y el ibuprofeno

Hace menos de un mes, mi amigo Raimundo, que es algo hipocondríaco —como yo—, se despertó a medianoche con síntomas extraños. Me llamó de madrugada, como suele hacer cuando algo le preocupa mucho o poco, y me lo contó muy nervioso, al borde del colapso. Palpitaciones descontroladas —me dijo—, saliva espesa, arrebato, quemazón en la piel, vista nublada, zumbido en los oídos, sudor frío, estremecimiento incontrolado y palidez semejante a la del moribundo en el momento de claudicar a la vida. «Estoy muy asustado», me dijo, «¿crees que puede ser grave?». Como ya nos tenemos calados, que son muchos años, le pregunté si había conocido a alguna mujer en los últimos días. Me confesó que sí, que a una tal Carmen —el nombre es ficticio para respetar el anonimato—. Luego empezó a hablarme de Carmen como si fuera Talía, la musa del teatro. Le dije que no se preocupara, que leyera el poema de Safo que empieza “Me parece que es igual a los dioses...” y que luego llamara a Carmen para contarle lo que le pasaba, por si acaso a ella le ocurría lo mismo.

 

Naturalmente, mi amigo Raimundo no me hizo caso. En lugar de leer a Safo, al día siguiente fue al médico y le contó las mismas cosas que a mí. Por lo visto, su médico no había leído a Safo y, seguramente, Raimundo se olvidó de mencionarle a Carmen. De manera que le recetó beber mucha agua y zumos, reposo, ibuprofeno cada 8 horas y paracetamol, a la hora de dormir, si los síntomas persistían.

 

Desde hace casi un mes, cada vez que Raimundo queda con Carmen, al volver a casa se toma el ibuproferno, el paracetamol, dos litros de agua, tres de zumo y se mete en la cama a sudar. Pobre Raimundo.


dom

26

feb

2017

El escritor novel (con uve)

Las dos personas a las que más recuerdo de mi ya lejana etapa de editor son a mi psicoanalista y a un escritor, joven promesa, que un día se presentó en mi despacho para ofrecerme su manuscrito inédito y recién terminado. Me explicó que llevaba años trabajando en aquella novela. Me habló de lo importante que era para él la escritura. Se llamaba Pepe Martínez. No me atreví a decirle que su nombre tenía poco gancho comercial, pero le sugerí que buscara un seudónimo, aunque fuera Miguelito mismo, por ejemplo, que sonaba más repostero. Era un tipo interesante; quizá demasiado entusiasta, como suele ocurrir con los escritores noveles e inexpertos. Me dejó el manuscrito y prometí responderle en unos meses. Cuando se marchó, le eché un vistazo al primer párrafo. Siempre me gusta leer el primer párrafo para tomarle el pulso al tono y a la escritura de los manuscritos. Decía así: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». No supe si reírme o llorar. En realidad hice las dos cosas, pero no al mismo tiempo, sino de forma alternativa. Al día siguiente, el Banco embargó las cuentas de la editorial y todos sus bienes por deudas e impagos varios. Ya no volví a saber nada de aquel tipo hasta que salí de la cárcel. Bueno, en realidad, me suelo encontrar su novela en algunas librerías que visito para curar la añoranza del pasado. Lo cierto es que su libro se vende mucho, pero ya no sé distinguir si es su propio libro o el de Cervantes. Quién sabe si Pepe Martínez me hizo caso y, finalmente, se puso un seudónimo, por ejemplo, Miguel de Cervantes Saavedra. No me extrañaría.


vie

17

feb

2017

Domingo de julio

Era un tórrido julio de hace casi treinta años. Era Madrid. Era domingo. Era una pensión ocupada por prostitutas y opositores a notarías y enseñanzas medias. La mayoría de nosotros ya había vuelto, derrotada, a sus casas. Apenas quedábamos dos o tres. Blanca y Alejo, supervivientes como yo de la escabechina, me invitaron a pasar con ellos el domingo en Segovia para alejarnos de tanta tensión. Qué amables eran los dos.

 

Era un Peugeot 205 blanco. Era una brújula en un tiempo en que no existían los navegadores. Pasamos parte de la mañana tumbados bajo el acueducto romano. Partíamos el pan de los bocadillos con un hacha y reíamos continuamente. Sí, reíamos mucho, me acuerdo bien. En mitad de aquel remanso de risas, Alejo contó una historia dramática que había sucedido cerca Elche de la Sierra, su pueblo, durante una nevada que dejó incomunicados a los habitantes de un caserío: falleció un hombre y tardaron varios días en enterrarlo porque el coche de la funeraria no podía llegar hasta allí. Tuvieron al finado una semana conviviendo con los vivos en la casa y siguieron haciendo vida normal y aliviando el luto. Esa historia, años después, se convirtió en el arranque de mi novela El canto del zaigú. Cuando Alejo terminó su historia, paseamos por Segovia y bebimos vino en vasos de plástico. Éramos felices.

 

El martes pasado, veintisiete años después, un señor me recibió en el colegio donde yo iba a tener un encuentro con alumnos. Era el jefe de estudios. Me tendió la mano, me saludó por mi nombre y me dio un sobre con varias fotografías. Lo abrí. En pocos segundos volví a Segovia, a un domingo tórrido de julio, al acueducto, a Alejo y Blanca. Ese hombre era Alejo y no lo era. Los veintisiete años pasaron adelante y atrás en décimas de segundo, como dicen que les ocurre a quienes están frente a la muerte. Fue un viaje rápido pero intenso, incluso doloroso. Éramos nosotros, pero no lo éramos. Nos contamos media vida en cinco minutos, el tiempo que los alumnos tardaron en entrar en el salón de actos. Le conté, cómo no, que aquella anécdota del cadáver no enterrado se había convertido en el arranque de una novela. Espero que algún día la lea. Blanca ya no podrá leerla. Si existe otra vida, quizá me la encuentre algún día en la cantina de los exopositores, de los examigos, de los exjóvenes y se lo cuente. Creo que le divertirá saberlo. Ya veremos.

 


dom

12

feb

2017

El arte del bet seller

De todas las fórmulas para escribir un bet seller y forrarse, la única infalible que conozco es la que relato a continuación. Lea a los escritores clásicos y contemporáneos, especialmente la Poética de Aristóteles y El resplandor de Stephen King. Crezca como persona y escritor al mismo tiempo (tenga en cuenta que usted es humano y nada de lo humano le debe ser ajeno). Escriba sin descanso: Nullus die sine linea (ningún día sin escribir al menos una línea). Prepárese para los múltiples y desalentadores rechazos de todas las agencias literarias y editoriales de su país y de los países limítrofes, incluso de otros continentes. Hágase amigo de un escritor de best sellers y gánese su confianza. Invítelo un día a cenar a su casa. Narcotícelo y enciérrelo en un zulo o, en su defecto, un sótano sin comunicación con el exterior. Convénzalo para que escriba una novela. Amenácelo si es necesario y use la fuerza (bruta o psicológica). Cuando el escritor de best sellers haya terminado la novela, ponga el nombre de usted en el manuscrito y llévelo a todas las agencias literarias y editoriales de su país y de los países limítrofes, incluso de otros continentes. Por último, ármese de paciencia y espere la respuesta.

 


vie

03

feb

2017

El arte de la adivinación

Era la primera vez que alguien me leía el futuro. Yo no creo en esas cosas. No sé por qué entré. Bueno, sí, porque la foto de la adivina me llamó la atención. Era una mujer bellísima. «Conozca su futuro por tres euros con cincuenta céntimos», decía el cartel con su foto. No había bola de cristal, como yo imaginaba, ni tarot, ni nada de eso. Ni siquiera me miró la palma de la mano, como yo esperaba. Únicamente me miró a los ojos y sin previo aviso me dijo muy seria: «Antes de dos días te habrás casado con la mujer de tu vida». Sonreí. Si yo hubiera tenido esposa, podría haberle destrozado la predicción; pero yo era un hombre soltero. Ella también sonrió. Ya he dicho que era bellísima, así que no lo repetiré. «¿Algo más sobre mi futuro?», le pregunté. «¿Te parece poco?» «No, en absoluto, con eso es suficiente, gracias, señora Adivina», le respondí con cierto retintín. Le dejé cinco euros sobre la mesa. «No tengo suelto», me disculpé. «Pues yo no tengo cambio», me respondió. «No importa, quédese con la vuelta». Ni siquiera me dio las gracias. Me levanté y me dirigí a la puerta. Justo antes de salir, me volví para mirarla por última vez. Sí, era bellísima —perdón por la reiteración—. «¿Quieres casarte conmigo?», me preguntó de sopetón. Tragué saliva para ganar tiempo. Me temblaba todo el cuerpo. «Sí», le respondí al cabo de unos segundos, «es lo que más deseo en este momento». Nos casamos al día siguiente. De eso hace ya quince años. Tuvimos mellizos. Físicamente se parecen a mí, pero en otras cosas son clavaditos a su madre. Por ejemplo, cada vez que voy a decir algo, se me adelantan y repiten mis palabras antes de haberlas oído. Se diría que me adivinan el pensamiento


mié

01

feb

2017

El arte de la construcción

El Gran Constructor levantó el primer muro. Luego levantó el segundo. Después levantó el tercero. Finalmente levantó el cuarto muro. Al quinto día descansó y al sexto observó su obra satisfecho. El séptimo día comprobó que había olvidado construir la puerta de salida.


sáb

28

ene

2017

El arte de ligar

Hola, guapa, ¿estás sola?, ¿puedo invitarte a tomar algo?, me suena un montón tu cara, ¿no nos conocemos de algo? Pues sí, ahora que lo dices, nos conocemos muy bien. ¿De qué? Porque tú y yo fuimos marido y mujer en una vida anterior. No, no me mires con esa cara, seguramente no lo recordarás porque hace muchos siglos. Además, la mayoría de la gente no tiene ningún recuerdo de las vidas anteriores. Yo sí. Te llamabas Thomas y yo me llamaba Emily. Nos casamos a los seis meses de conocernos, muy enamorados. Fue el mayor error de todas mis vidas. Te gustaba beber y te jugabas el dinero a los dados en las tabernas. Tuvimos tres hijos: dos niños y una niña. La niña murió por la gripe. Entonces moría mucha gente por la gripe. Era una niña preciosa y muy lista. No se parecía a ti en nada. Ella no te quería. Los niños tampoco. Te sentías muy hombre pegándome. Una vez me diste una bofetada tan fuerte que me dejaste sorda. Sí, me quedé sorda de este oído. Me dijiste da gracias por no haber perdido un ojo. Eras un grandísimo hijo de puta. Yo voy a tomar una cerveza, gracias, ¿qué quieres tomar tú?, ¿adónde vas?, ¿tienes prisa?, menudo Don Juan de pacotilla estás hecho. Veo que has cambiado poco. Vale, pues adiós.


mar

24

ene

2017

El arte del disfraz

Eso ocurrió hace muchos años; tantos que la mayoría de la gente se ha olvidado de cómo empezó todo. Tengo entendido que a él le gustaba mucho disfrazarse de animalitos. Hubo un tiempo en que le dio por disfrazarse de elefantito. Luego vino la época del disfraz de ardillita. También se disfrazó de cocodrilito, de gacelita, de bufalito, de gatito y de tiburoncito. Dicen que era un chavalín inquieto y que se cansaba pronto de todo; por eso siempre estaba buscando disfraces nuevos e innovadores. Un día se disfrazó de ratoncito y ya no quiso cambiar más. La razón la desconozco. Se me olvidó su nombre de pila. Empezaba por ‘S’, me parece. Sin embargo, recuerdo perfectamente el apellido: Pérez.


sáb

21

ene

2017

Alucinaciones

La señora que anteanoche se sentó a mi lado en el teatro me aseguró que se llamaba La Muerte. Yo no la creí, naturalmente. Sé que la muerte existe, pero no creo que le guste el teatro de Ionesco. Para seguirle el juego le dije que yo era rey y me llamaba Baltasar. Fingió creerme, o eso me pareció. Cuando terminó la función bebimos unos cantuesos sin hielo en un garito cercano al teatro. Coqueteamos un poco y nos intercambiamos los números de teléfono. Al salir a la calle, un hombre nos pidió fuego y ella le alargó un encendedor. Se miraron y él debió de ver algo en los ojos de la mujer, porque se alejó horrorizado. No le di importancia. Esta mañana, al leer el periódico me encontré con la noticia y la foto de un atracador que murió ayer después de robar en una sucursal bancaria: en la huida se estrelló con su moto contra un coche de la policía. No me cabe duda de que se trata del mismo hombre que nos pidió fuego hace dos noches al salir de un garito demasiado tenebroso llamado El Infierno. Marqué el número de la mujer que aseguraba llamarse La Muerte y una voz robotizada me informó de que ese número no existía. Luego me miré en el espejo y descubrí que mi piel era negra, muy negra, y sobre la cabeza llevaba un turbante de aire oriental, como el de los Reyes Magos. Supuse que sería otra alucinación más, algo que me ocurre cada vez que voy al teatro a ver una obra de Ionesco.


jue

19

ene

2017

Sueño, mucho sueño

La culpa fue de mis dos hermanas, que son un poco exageradas y muy dadas a las fantasías. Se empeñaron en que yo tenía mal aspecto y que debía visitar al médico. Les dije que era solo cansancio, que en cuanto durmiera un rato me encontraría mejor. Pero empezaron a decir que si aquellos sudores no eran normales, que si estaba muy pálido, que si parecía un moribundo. Pesadas —les dije—, dejadme en paz. Luego me quedé tan profundamente dormido que mi corazón casi dejó de latir. Demasiado estrés en los últimos días. Ellas salieron corriendo y le mandaron aviso para que viniera a casa. Las quiero mucho, es verdad, pero a veces me sacan de quicio. Cuando finalmente llegó, yo llevaba tres o cuatro días durmiendo con un sueño profundo y reparador. De verdad que lo necesitaba. Oí su voz como si estuviera muy lejos. Lázaro, amigo —me dijo—, levántate y anda. Y me puse en pie y me acerqué para abrazarlo, pero ya hacía un rato que estaba despierto. Lo que se contó después fue una exageración de los vecinos y de Marta y María, que como ya he dicho son muy dadas a las fantasías. Se parecen mucho a mi madre, que en paz descanse.

 


dom

15

ene

2017

La razón de la sinrazón

 

No recuerdo quién fue el primero de nosotros que apareció enganchado en los hierros. Pero sí recuerdo que poco después ya éramos cuatro, cinco, una docena. Al cabo de unas semanas éramos varios centenares. Dicen que la culpa fue de un italiano. Pienso más bien que la culpa es de la estupidez humana. Aquellos cientos pasamos a ser miles al cabo de un mes. Yo era uno de ellos. Dicen que el italiano que desató esta absurda moda era de Roma. Aquella manía de engancharnos a los hierros fue contagiándose de ciudad en ciudad. Se extendió por el mundo como la peste bubónica. Dicen que además de italiano era escritor. En la actualidad somos millones los que estamos enganchados a las barandillas de los puentes de todo el mundo. No recuerdo el nombre de aquel escritor, pero dicen que en una de sus novelas aparecían unos enamorados que enganchaban un candado a la barandilla de un puente, como símbolo de su amor, y tiraban la llave al río. Desde entonces media humanidad nos engancha en las barandillas y se olvida de nosotros. Los fabricantes de candados y ferreteos se frotan las manos y compran apartamentos de lujo en primera línea de playa.


vie

25

nov

2016

A propósito de todo

 

«Hay tres cuestiones que deberían ser íntimas, infalibles e incuestionables en cualquier individuo: las ideas políticas, las creencias religiosas y el agujero por donde la mete o recibe. Casi todo lo demás es criticable e incluso mejorable».

 

No recuerdo quién dijo la frase. Es posible, incluso, que fuera yo mismo. No obstante, la entrecomillo para evitar querellas por plagio y/o intertextualidad.

 


dom

20

nov

2016

Arriba las manos

Anoche, mientras mi amigo Raimundo y yo paseábamos sus miserias de garito en garito y trataba yo de convencerlo de que la vida es maravillosa a pesar de que su mujer lo haya abandonado por un agente de seguros, sufrimos un atraco. Sí, un atraco a mano armada, que es peor que un atraco a secas.

 

Salíamos de una tabernucha de esas que tanto nos gustan a Raimundo y a mí, cuando se nos acercó un tipo con cara de pocos amigos —mirada huidiza, barba de seis días, mochila— y nos dijo de sopetón: «Quieto todo el mundo, esto es un atraco». «Concha, un atraco», repitió Raimundo como si el eco respondiera desde Buenos Aires. Enseguida me di cuenta de la gravedad del asunto, pues observé que el atracador blandía una navaja o arma blanca común en la mano izquierda, por lo que deduje además que era zurzo. «Les ruego encarecidamente que no opongan resistencia física ni de ningún otro tipo y, por favor, escuchen con atención lo que tengo que decirles», nos soltó a bocajarro el atracador. Raimundo y yo nos miramos sin decir ni pío, sorprendidos e incrédulos. Yo, por mi falta de experiencia en cuestión de atracos, habría esperado más bien que el tipo dijera «si sus movéis, sus rajo, me cago en to lo que se menea», pero no fue así.

 

Inmediatamente nuestro atracador echó mano a la mochila y sacó un libro. «Son quince euros, si son tan amables», nos dijo, «y no me obliguen a usar la fuerza bruta. Si quieren, pueden echarle una ojeada antes», añadió y me entregó el libro mientras apuntaba a Raimundo con la navaja. Era una novela titulada La amante de Escipión el Africano, con portada de diseño atractivo y letras doradas con algo de relieve. El papel era de buena calidad, de 80 gramos, supuse, ahuesado; la tipografía, una Caslon clásica de 10 puntos, muy bien distribuida en la página y con márgenes generosos, como nos gusta a Raimundo y a mí. Me pareció una edición más que digna. «Es novela histórica y yo soy el autor», nos explicó antes de hacernos una sinopsis muy bien estructurada, en mi opinión. «Yo preferiría comprarlo en la librería, si no le importa», dijo Raimundo sin ánimo de ofender. «Imposible, caballero, el libro no tiene distribución.» «Vaya faena», respondí. «Sí, el editor se arruinó y está en la Patagonia, en búsqueda y captura por las deudas. Para que se hagan una idea, yo mismo he tenido que robar mis propios libros del almacén del distribuidor.» «¿Y no podría vender su novela por las redes sociales, como se hace hoy en día?», pregunté con empatía. «Lo he intentado, créame, pero están saturadas. Recibo millones de ME GUSTA diarios y muchas muestras de simpatía, pero solo he vendido un libro en tres años. Además, también estoy en búsqueda y captura, y no me conviene exponerme en las redes.» Le pasé el libro a Raimundo, que alabó la edición igual que yo, incluso más.

 

El atracador empezó a impacientarse. «Quince euros, por favor, y no hagan ningún movimiento extraño al meter la mano en el bolsillo». Creo que a Raimundo le temblaban las piernas tanto como a mí. Me eché muy despacio la mano al bolsillo y saqué la cartera con la yema de los dedos. «Solo tengo diez euros», le dije con voz temblorosa. «¿Y su amigo?» Raimundo se palpó los bolsillos. «Calderilla nada más.» El gesto del atracador fue de incredulidad y fastidio. «¿Y salen ustedes de fiesta solo con diez euros?» «Sin ofender, señor novelista, que no estamos de fiesta», le dije, «lo que pasa es que mi amigo necesitaba airearse porque lo ha abandonado la mujer y está depre.» Raimundo me hizo un gesto de reprobación por hacer público un asunto tan ínitmo. «Vaya, cuánto lo lamento», respondió el atracador, «mi mujer me dejó también hace medio año.» «¿Por un corredor de seguros?», preguntó Raimundo. «No, no hubo terceras partes. Lo que pasa es que estaba harta de mi profesión y decía que si llega a saber que quería ser escritor no se habría casado conmigo, ¿sabe?, es que cuando me conoció yo era profesor de Latín». «Yo también», le dije gratamente sorprendido por la coincidencia. Me pareció que no me creía. «Bueno, pues deme los diez euros y le hago una rebaja». Le di las gracias y le alargué el billete. «¿Quiere que se lo dedique?» «Si no es mucha molestia...» «Ninguna, faltaría más.» Le dimos el libro al atracador y lo firmó con la navaja, que en realidad no era una navaja, sino un bolígrafo Bic de cuatro colores que daba el pego.

 

La dedicatoria era muy bonita y entrañable: «Para Raimundo y Luis con afecto». Nos estrechamos las manos para despedirnos mientras el atracador, por inercia o falta de confianza, seguía apuntándonos con el bolígrafo. «Si les gusta la novela, pueden dejar un comentario en mi página web», nos dijo mientras nos alejábamos. «Y, por favor, recomiéndenla a sus amigos, y si quieren comprarla que se pasen por aquí cualquier noche entre las diez y las doce. Si vienen de parte de ustedes, les haré un veinte por ciento de descuento aunque no sea el freeday.» «¿Los domingos también?» «Sí, también, un escritor es escritor los siete días de la semana, como los empleados de pompas fúnebres.»

 

Raimundo y yo nos alejamos con una sensación contradictoria. Echamos mano a los bolsillos y por primera vez desde que nos conocemos no pudimos decir nuestra frase favorita: ¿nos tomamos la penúltima?


lun

14

nov

2016

Las antenas, la escritura y el psicoanálisis

El homo stultus —categoría en la que me incluyo por méritos propios— es el único animal que tropieza dos o más veces con la misma piedra, aunque de distinto tamaño y procedencia geológica. Al menos esa es mi experiencia, pero no pretendo generalizar ni sentar cátedra.

 

Hace años que evito leer manuscritos de novelas, cuentos y otros inéditos editoriales (excepto los de muy amigos o amigos de birras, que viene a ser lo mismo). En realidad, lo que evito no es tanto leerlos como dar mi opinión sobre ellos. Cuando alguien es, por ejemplo, antenista de televisores, lo que menos le apetece cuando llega a casa después del trabajo es que su vecino le diga «anda, hazme un favor y échale un vistazo a la antena, que ayer se debió de posar una gaviota o una cigüeña y hoy no se ve Gran Hermano 17», o algo por el estilo. No obstante, si es su cuñado o su amigo de la infancia o de birras, el antenista se sube al tejado de buen grado y elimina el nido de gaviota o cigüeña, si lo hubiere, aunque sean las doce de la noche y estén cayendo puntas de chuzo. Por el contrario, si quien se lo pide como un favor desinteresado y personal es un tipo o tipa que lo aborda de manera espontánea por Internet, lo normal es que finja sordera transitoria, enajenación mental o que se tire al suelo y se haga el muerto, que es lo que aconsejan los manuales de autoayuda profesional, a los que soy tan aficionado, lo confieso.

 

A mí me ocurren con cierta frecuencia cosas parecidas, pero no con las antenas, naturalmente, sino con los manuscritos inéditos, que es más o menos lo que me pilla más cerca. Cuando te pasas ocho o nueve horas al día (a veces más) leyendo manuscritos para hacer informes, o revisando textos tuyos y de otros autores antes de que pasen a maquetación, o incluso después, lo último que deseas es que un desconocido o desconocida te envíe su manuscrito por correo electrónico para que le des «tu opinión más sincera». Hace mucho tiempo que en estos casos finjo locura —ya no transitoria, sino permanente— o me hago el muerto, aunque casi siempre respondo a los correos con educación e incluso empatía. Sin embargo, algunas veces la «insistencia» del autor del manuscrito es tan grande y su capacidad de persuasión resulta tan eficaz que uno termina por caer —«por última vez, lo juro, por última vez»— en el error de leer el texto y dar su opinión «profesional», que por supuesto no es infalible sino todo lo contrario.

 

Eso es lo que me ha ocurrido en los últimos días con el manuscrito de una escritora que desde hace meses me había venido contando, por entregas, las penalidades, agravios y otras injusticias que dese hace más de diez años viene sufriendo por parte de los editores, culpables máximos de que el 97% de las cosas que se escriben en este país no se publiquen o acaben en autoedición. Debido a mi tendencia a la empatía, cuyo origen quizá esté en mi afición de juventud a las bebidas espirituosas, hay veces en que no soy capaz de decir NO, aunque todo mi ser y mi no ser me lo grite o me lo desgañite. El corporativismo ha hecho estragos en nuestra sociedad occidental moderna, y yo soy uno de sus mayores defensores.

 

Para abreviar, el caso es que hace un mes o dos acepté leer el manuscrito de la susodicha escritora y me comprometí a darle mi opinión sincera. Debo reconocer que me costó Dios y ayuda terminar la lectura de la novela. Pero no por que fuera mala, ni porque tuviera 479 páginas de letra Times 12 puntos, ni porque el tema no me interesara en absoluto, no. Tardé casi dos meses porque apenas tengo tiempo para leer cosas que no sean por puro trabajo o por puro placer, y el manuscrito de marras no entraba ni en una ni en otra categoría.

 

El caso es que le envié a la escritora mi opinión, lo más objetiva posible, lo más educada y a la vez lo más sincera que fui capaz de redactar. En resumen, la novela no me gustó por distintas razones que no vienen al caso. No obstante, intenté ser sutil en mis apreciaciones, no ser categórico en las afirmaciones y, sobre todo, poner en duda que mi opinión sirviera para algo o que fuera importante. Maldigo el momento en que pulsé el botón ENVIAR de mi correo electrónico en vez de impregnarlo en miel y pasármelo por la lengua, vicio que poseo desde los seis años más o menos.

 

Apenas había transcurrido una hora cuando recibí la respuesta de la escritora. Y no precisamente para darme las gracias por el tiempo que había invertido en leer su novela. En vez de eso me escupió con letras mayúsculas en su mayoría todos los adjetivos, perífrasis y otras formas expresivas que se pueden emplear como sinónimos de machista. Y puedo asegurar que son muchos más de los que imaginaba que pudieran existir en la lengua de Cervantes. Con muchas exclamaciones, puntos suspensivos y algún signo paraortográfico, venía a acusarme de haber hecho una lectura sesgada y machista de su novela y luego me acusó de todos los males, perjuicios y depresiones de las mujeres de este país que no consiguen publicar sus obras porque los editores eran como yo, unos machistas, engreídos, prepotentes, sexistas, corporativistas y varias cosas no muy argumentadas, en mi opinión. Y por si eso no fuera suficiente, añadió varios títulos de mis novelas acompañados de adjetivos descalificativos que hubieran hundido la moral de cualquier principiante que no tomara antidepresivos.

 

Mi primer impulso fue el escribirle y lamentar lo injusto de sus comentarios, pero no me atreví porque  por naturaleza soy contrario a las polémicas en diferido. Después pensé ir a mi psicoanalista y que me diera un repaso e hiciera aflorar mis fobias. Por fin, llegué a la conclusión de que lo mejor era escribirlo en mi blog y ahorrarme la minuta del psicoanalista. A fin de cuentas, eso es lo que llevo haciendo desde hace más de treinta años, escribir para ahorrarme las visitas al especialista. Y me ha ido muy bien, debo confesarlo. De hecho, gracias a la escritura jamás he tenido que visitar a mi psicoanalista y ni siquiera lo conozco, y por eso supongo que odiará los blogs en particular y la escritura terapéutica en general.


jue

10

nov

2016

Aristófanes y la huelga de los deberes

Posiblemente la primera huelga seria y rigurosa de la civilización occidental, desde que Lisístrata convocara la suya hace 2.400 años, es la reciente huelga que promueve la Confederación Española de Padres y Madres de Alumnos (en adelante, CEAPA). El título de la huelga reza: «Noviembre 2016: fines de semana sin deberes». La CEAPA argumenta: «Las madres y los padres queremos recuperar el tiempo familiar que nos corresponde, lo necesitamos para realizar actividades conjuntas con nuestros hijos e hijas».

 

Según la CEAPA —y yo me fío de ellos—, los niños de hoy tienen que hacer demasiados deberes en casa y no les sobra apenas tiempo para la conciliación familiar ni para otras actividades complementarias de su educación, a saber: judo, tenis, alemán, piano, inglés, violín, fútbol, ballet, guasapear, subir fotos a las redes, jugar al gargantolo, dar por saco, fotografiarse delante del espejo del baño, etcétera.

 

Para contrarrestar el tiempo dedicado a los deberes y fomentar la vida familiar, la CEAPA sugiere realizar durante los fines de semana algunas actividades sustitutivas: «charlar con los hijos de un tema de actualidad, visitar un museo, preparar la cena conjuntamente, escribir una tarjeta a los abuelos, practicar un deporte juntos, visitar un lugar nuevo en la ciudad, ordenar las cosas juntos, visitar algún familiar, abordar algo que nos enfada, tomar una decisión familiar juntos, conversar sobre la tolerancia, organizar un juego colectivo, navegar juntos en Internet, ver películas todos juntos, hacer una ruta en transporte público, hablar de la violencia de género, preparar una receta de cocina nueva, pasar juntos un día en el campo, pensar en propuestas para diciembre». Y después de dar estas ideas chupimegageniales, la CEAPA añade: «Y cuando salgáis de casa, los deberes se quedan allí. Tus hijos e hijas lo necesitan».

 

Debo confesar que soy persona dada a entusiasmarse fácilmente con cualquier propuesta novedosa y/u original. Y, por consiguiente, al leer tan ingeniosa contrapropuesta educativa, me emocioné e ilusioné, a partes iguales, hasta el punto de que unas lágrimas afloraron a mis ojos, además de sentir la carne de gallina por todo mi cuerpo, excepto las plantas de los pies, que las tengo algo insensibles de un tiempo a esta parte. Así que con semejante chute de ilusión educativa reuní a mis hijos la semana pasada en el salón de casa y les dije: «¡Se acabaron los deberes!». Y ante la cara de sorpresa e incredulidad, antes de que empezaran a gritar y se lanzaran a las tablets, teléfonos móviles y otros artilugios electrónicos que hay por toda la casa, añadí: «Pero solo los fines de semana de noviembre, mientras dure la huelga convocada por la CEAPA». La puntualización les gustó menos.

 

Llevado por mi tendencia natural a la planificación y al orden, decidí seguir al pie de la letra las instrucciones de la CEAPA y poner manos a su implementación. Y así el primer viernes de huelga, a la hora o´clock, estaba yo en la puerta del centro escolar para recoger a mis retoños y poner en práctica la teoría.

 

Narraré el magnífico fin de semana que pasamos en familia:

 

Viernes, 15:05 h. Sentados en la puerta del centro escolar y sin tiempo a comer para no retrasar los planes, mis hijos y yo estuvimos charlando con entusiasmo sobre las elecciones de EE UU, que es un tema de actualidad, como sugiere la CEAPA. Analizamos los pros y los contras de que ganara Trump o Clinton. Lamentablemente, no llegamos a ninguna conclusión porque no tenían datos suficientes sobre la historia ni la economía de EE UU. Ya aprenderán todo eso cuando vayan a Nueva York de viaje de estudios, que les hace mucha ilusión.

 

Viernes: 17,30 h. Visitamos el museo de la Ciencia de nuestra ciudad. Durante más de tres horas, recorrimos los pasillos, los aseos y finalmente la cafetería, donde pasamos la mayor parte del tiempo, y comentamos con animosidad algunos de los artilugios científicos e inventos que se exponían en las vitrinas. Lamentablemente, no entendieron muchas de las cosas que vimos puesto que los pobrecitos, por culpa de tantos deberes, no tienen apenas tiempo para interesarse por la ciencia. Ya los aprenderán cuando sean grandes, o en Wikipedia, que es gratis.

 

Viernes, 21:30 h. Preparamos (mis hijos dicen «preparemos» porque no tienen suficientes competencias lingüísticas) una cena en familia. Huevos revueltos con tocino y panceta. Chorizos al jerez con Ketchup. Patatas fritas Pijo y Acho (seis bolsas), que son nuevas y están muy ricas. De postre, tarta al whisky y profiteroles con nata, que les encanta, todo untado con Nutella. El menú lo eligieron ellos democráticamente puesto que está bien que también opinen sobre estas cosas y no se las impongamos los adultos. Nos pusimos hasta el culo. Cuando terminamos era ya medianoche.

 

Sábado, 00:30 h. Les escribieron una tarjeta a sus abuelos, a los vivos y a los muertos, pues la CEAPA no nos ha orientado a los padres sobre qué hacer en caso de óbito. De paso, aprovecharon para pedirles cositas para los Reyes y Santa Claus: un móvil nuevo, una tablet con pantalla retráctil y cosas de esas que ahora les gusta tanto a los jóvenes. Al final nos acostamos casi a las 02:00 horas ya del sábado. Pero mereció la pena, ya lo creo. Yo me fui a la cama un par de horas más tarde para corregirles las faltas de ortografía de las tarjetas, pobrecitos.

 

 

Sábado, 08:30 h. Después de un desayuno en familia, fuimos a visitar un lugar nuevo en la ciudad. Como lo tienen todo más visto que el tebeo, los llevé a unos refugios antiaéreos que han abierto recientemente al público y que son superinteresantes. El guía nos lo explicó todo muy bien: el origen de la construcción, el uso civil y la historia hasta la actualidad. Debo confesar que mis hijos se aburrieron bastante porque el tema de la Guerra Civil les queda un poco lejos y el profesor de Historia nunca puede llegar a explicarlo por falta de tiempo para cumplir el programa. Por lo general se quedan en el Pleistoceno —como mucho en el Plioceno—, y el resto de la historia la estudian ya ellos cuando son mayores y tienen más tiempo y responsabilidades.

 

Sábado, 13:30 h. Tocaba visitar a un familiar y, como no tengo ninguno en la ciudad, decidí visitar a mi amigo Raimundo, que es como mi hermano. El pobre está pasando una mala racha porque lo ha dejado la mujer por un vendedor de seguros. Está tan mal que a mediodía, cuando nos presentamos en su casa, estaba ya con el pijama puesto y preparado para irse a la cama. Aunque no mostró ningún entusiasmo al vernos, entendió perfectamente el objeto de nuestra visita y colaboró en la medida de sus posibilidades. Los chicos le recitaron la tabla de multiplicar varias veces, casi hasta las seis de la tarde, para demostrarle que se puede saber matemáticas sin hacer deberes. La verdad es que se equivocaron bastante, pero eso fue sin duda por los nervios.

 

Sábado, 18:00 h. Intentamos tomar una decisión juntos. El asunto era dónde pasar las vacaciones el próximo verano. Las propuestas de los chicos eran descabelladas, la verdad: la Polinesia Francesa, el Cráter de Ngorongoro, las Islas Cook, en fin, lugares inaccesibles para mi economía de trabajador autónomo. Lo peor de todo es que cuando les pregunté si sabían dónde estaban esos lugares me confesaron que no tenían ni idea.

 

Domingo, 08:00 h. Me costó Dios y ayuda despertarlos. Tocaba jugar todos a un mismo juego. Lo hicimos con el Trivial Juvenil, pero no acertaban ni una. Y eran preguntas facilísimas. Por ejemplo, ¿dónde está la Puerta de Alcalá? ¿Quién construyó la Torre Eiffel? ¿Cuál es la capital de México? Yo creo que lo hacían a propósito. La única respuesta que supieron fue en qué equipo de fútbol juega Messi.

 

Domingo, 12:00 h. Vimos juntos once películas. Pero no once películas seguidas, sino todas a la vez. Hasta ese día no sabía que era posible. ¡Qué habilidad…! Los chicos cambiaban con el mando a distancia cada treinta segundos, o menos, y eran capaces de seguir el hilo de todas las historias. Caramba, si me lo cuenta otro no me lo creo.

 

Domingo, 19:00 h. Durante tres horas estuvimos haciendo una ruta en transporte público, como sugería la CEAPA. Estuvo muy bien, aunque resultó algo monótono, porque mis hijos estaban ya perezosos y se negaron a cambiar de autobús. Así que dimos muchas vueltas en la línea 05, hasta que el conductor nos llamó la atención y nos dijo que nos fuéramos a casa, que ya estaba bien de cachondeo.

 

Domingo, 22:00 h. Lo peor vino entonces. Según mi plan, es decir, el de la CEAPA, debíamos prepara una receta de cocina nueva. Ahí se produjo un pequeño motín y tuve que ceder a los caprichos de los hijos. Llamaron al Telepizza y pidieron lo que les dio la gana. La educación consiste también en eso: ceder de vez en cuando.

 

Después de la cena faltaba todavía pasar un día en el campo, practicar deporte juntos, ordenar las cosas juntos, abordar algo que nos enfadara, hablar sobre la tolerancia, navegar juntos por Internet, hablar de la violencia de género y, por último, pensar propuestas para diciembre. La verdad es que me alegré de que mis hijos se negaran en redondo. Es que era muy de noche y hacía mucho frío. Así que les dije que no se preocuparan, que el fin de semana siguiente lo planearía con más rigor para que nos diera a hacerlo todo.

 

Sin embargo, las cosas no salieron como yo imaginé. El lunes, cuando volvieron del colegio me entregaron un pliego de condiciones con exigencias entre la que estaba desconvocar la huelga. Según ellos, no estaban dispuestos a pasar ni un solo fin de semana más en familia. Preferían hacer deberes y hartarse con la tablet. Intenté razonar, pero fue inútil. Me llamaron irresponsable y otras cosas que no diré por pudor. Pero lo peor de todo es que, después de ceder a sus exigencias, se lo conté a mi señora esposa, que desde el primer día no había querido saber nada de huelga ni de gaitas, y en vez de apoyarme, delante de mis hijos me dijo muy seria: «Tú eres gilipollas». Y por primera vez en la vida no supe rebatirle un argumento.  


lun

07

nov

2016

Entrevista a la Mona Chita

Pronto se cumplirán quince años de su muerte a la edad de 80 años, lo que le supuso entrar en el Libro Guinness de los Récords como el chimpancé más longevo del mundo. En realidad no se llamaba Chita sino Jiggs, y no era mona sino mono, dato que algunos ignorábamos, como también ignorábamos la verdadera identidad de los Reyes Magos y del Guerrero del Antifaz.

 

Después de toda una vida de árbol en árbol y de casting en casting, terminó sus días en un centro de acogida de primates en Florida, donde pintaba cuadros que se vendían a 125 dólares y bebía Coca-Cola ligth debido a la diabetes y al sobrepeso (64 kilos para 121 centímetros). En el ocaso de su carrera artística, cuando ya no esperaba reconocimientos ni atenciones, recibió el Premio Calabuch en el XVIII Festival Internacional de Cine de Peñíscola en 2010. No pudo venir a recogerlo, pero envió un telegrama muy sentido, como el de Bob Dylan cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias tres años antes.

 

Chita (en inglés, Cheeta) nos recibe en la copa de un sauce llorón en el paraíso de los primates, vestida con un batín de seda y un vasito de pacharán entre las manos con el que no deja de juguetear durante toda la entrevista.

 

PREGUNTA.- Según su biografía autorizada, usted nació en Liberia en 1930. Pero, según las malas lenguas, nació en 1960 en un zoológico de Florida y es usted un fraude. ¿Podría sacarnos de la duda?

 

RESPUESTA.- Yo qué quiere que le diga. Como comprenderá, no me puedo acordar de dónde nací. Además, antes no se inscribía a los chimpancés en el Registro Civil al nacer. Al contrario que ahora, que está el Registro lleno de chimpancés y otros primates que tratan de pasar por humanos.

 

P.- En una de las últimas entrevistas que ofreció en vida, usted aseguraba que el hombre no desciende del mono, sino al revés, es el mono el que desciende del hombre.

 

R.- Así es. Eso se sabe desde hace mucho tiempo, pero no interesa que se divulgue porque podría cundir el pánico y el desánimo entre el género homo et mulier sapientes. Si usted observa la trayectoria de la raza humana en los últimos milenios, la evolución es claramente hacia el mono. Algunos que ya han evolucionado lo disimulan con trajes y corbata, o con vestidos largos hasta los pies y tacones, además de la depilación. Pero el mono, aunque se vista de seda, mono se queda.

 

P.- En los últimos años se le confunde con frecuencia con la Mona Lisa. ¿Le molesta?

 

R.- Lo que me molesta es la falta de cultura cinematográfica. Entiendo y disculpo que la gente no tenga ni idea de arte, o que no lea, o que no sepa quién es Murakami, por poner algún ejemplo, pero el declive de la civilización tal como la conocemos empezó el día en que dejaron de ponerse películas de Tarzán en las televisiones públicas. Lo cierto es que, a mí, Lisa me cae bien, aunque es un poco sosa. A la pobre le tocó un papelón que a nadie se lo deseo. Debe de ser muy duro pasarse siglos sin moverse ni rascarse el bigote. En el fondo la compadezco.

 

P.- Usted ha sido considerada por la revista Forbes como la persona más influyente en la sociedad del siglo XX detrás de Albert Einstein. ¿Qué le parece esa distinción?

 

R.- Me parece bien y lo agradezco. Pero me pregunto yo qué hizo el señor Einstein para merecer la primera posición. Eso de la Teoría de la Relatividad es lo más inútil que se ha inventado en toda la historia de la humanidad después de las pulseras magnéticas para el tratamiento del dolor. Si por lo menos hubiera inventado la Vaporeta o la Thermomix… Yo es que el mundo de los humanos no lo termino de entender. Y no sé si alguien lo entenderá.

 

P.- ¿Nunca tuvo la tentación de escribir sus memorias?

 

R.- Sí, pero mi vida se parecía demasiado a la de Napoleón Bonaparte, exceptuando la invasión de Egipto, y no quería que me acusaran de plagio como al pobre Bryce Echenique.

 

P.- ¿Ha leído a Bryce Echenique?

 

R.- Por supuesto. Me encató Cien años de Soledad.

 

P.- Eso es de Gabriel García Márquez.

 

R.- ¿También usted va a acusar al pobre Bryce de plagio? Ni se atreva.

 

P.- Olvídelo, retiro el comentario. Continuemos. Si volviera a nacer, ¿dónde le gustaría hacerlo?

 

R.- En una secuoya gigante.

 

P.- Me refiero a un país.

 

R.- Pues eso, en una secuoya gigante. Puestos a elegir, me gustaría nacer en un mundo en el que las secuoyas gigantes pudieran ser países independientes.

 

P.- ¿Usted es más de Halloween o de don Juan Tenorio?

 

R.- Yo soy más de King Kong y de Rocky, esa es la verdad.

 

P.- ¿Le gustaría despedirse con alguna frase para la posteridad?

 

R.- Bueno, si insiste…: «¡Ancagua, Chita!»


jue

03

nov

2016

La última función de Bette Davis

Supongo que no se llamaba Bette Davis. Ni siquiera se parecía a Bette Davis. Pero a mí me recordaba a Bette Davis. Esas cosas pasan y no hay que buscarles explicación ni tratar de justificarlas.

 

Era comienzos de julio y finales de siglo XX, «puede ser que fuera 13» —por hacerle un guiño a Sabina— y además era «Fiesta» —otro guiño para Hemingway—. Era un pueblecito de León. Era un bar que se llamaba El Gato Rojo.

 

Por echar mano de los tópicos e irritar a algún purista del estilo, diré que El Gato Rojo estaba «hasta la bandera». Nos apretábamos alrededor de las mesas, frente a la barra, junto al futbolín y la máquina tragaperras, y bebíamos y hablábamos mucho. Todos, excepto Bette Davis, que bebía en silencio su ginebra sin hielo, sentada frente a la barra en un taburete rojo que hacía juego con el nombre del bar; rodeada de gritos de paisanos y niños que apuraban a escondidas los restos de los vasos, como hacíamos algunos hace cuarenta años. Pero a Bette Davis no parecía molestarle la algarabía. Daba traguitos cortos a su ginebra y fumaba mucho. Tenía el pelo muy rubio y muy platino, planchado. Tenía un bolso negro muy grande. Tenía ojos de buey, con bolsas marcadas con surcos. Tenía una mirada etílica. Tenía más de setenta años, calculé.

 

La gente no miraba a Bette Davis ni ella miraba a la gente. Quizá yo era el único que la miraba. En realidad, ella miraba sin ver. Se llevaba el cigarrillo a los labios con dificultad. Le temblaban la mano y el vaso. No atinaba a echar la ceniza en el cenicero de Cinzano, valga la aliteración. Llevaba las uñas muy largas y cuidadas, como de porcelana. De repente pagó la cuenta y se puso en pie, o hizo el amago. Se tambaleó. La muchedumbre amortiguó la caída y no llegó a clavar la rodilla en tierra. Se recompuso lo más digna que pudo. Pidió perdón con la lengua trastabillada, pero con elegancia, y caminó hasta la puerta como únicamente habría caminado Bette Davis después de beber varios vasos de ginebra sin hielo. Final de la primera parte y elipsis, ¿qué sería de la vida y del arte sin elipsis?

 

Aquella noche asistí al probablemente último espectáculo de teatro ambulante que se dio en España, casi veinte años después de que se hubiera dado por muerto el género cuando bajó el telón para siempre el Teatro Chino de Manolita Chen. Era una carpa azul y blanca instalada sobre una era, junto a las escuelas del pueblo. ¿Cómo podría olvidarlo? Suelo cubierto de paja, butacas de hierro y lona, plegables, de un naranja viejo. Se representaba obra de Jardiel Poncela y espectáculo de variedades, canción española, boleros, versos de García Lorca y rifa de un peluche y una mantilla de poliéster con flecos de lana. No lo habría cambiado por el mejor espectáculo en el Teatro Real.

 

Y entonces la carpa se quedó a oscuras y sonó música de cassette y al iluminarse el escenario apareció Bette Davis, espléndida, radiante, sobria, con su cabello muy rubio platino y sus espléndidos setenta y tantos años, bella en su decadencia, artista en cada uno de los poros de su piel, y empezó a cantar «apoyá en el quicio de la mancebía, / miraba encenderse la noche de mayo. / Pasaban los hombres, / ella sonreía / hasta que en la puerta paré mi caballo».

 

Y me entró un no se qué que veinte años después aún no soy capaz de explicar. Y me dio por temblar y por aplaudir y gritar como poseído por aquella mágica transformación. Y me sentí un hombre con suerte por ser testigo de la última función de Bette Davis. Porque aquella fue la última función, según anunció el director de la compañía poco después de hacer rodar las bolas del bingo en el sorteo del peluche y de la mantilla de poliéster que ahora no puedo recordar a quién le tocó.

 


jue

27

oct

2016

Entrevista a Judas Iscariote

Rara vez concede entrevistas. Vive a caballo entre el Infierno y el Purgatorio, donde aún mantiene un pequeño despacho con vistas al Limbo. Después de muchos meses de insistencia, nos recibe para hablar sobre lo humano y lo divino y, en especial, sobre su libro, El Evangelio según Judas, que a pesar de llevar varios siglos en el mercado literario hoy está más de actualidad que nunca debido a la crisis de valores en la sociedad moderna y contemporánea.

 

ENTREVISTADOR.- Usted ha pasado a la historia como el patrono de los confidentes de la policía, de los ahorcados, de los coleccionistas de monedas de plata y de los tesoreros corruptos. ¿No está cansado de llevar durante dos mil años ese sambenito sobre sus espaldas?

 

JUDAS.- Pues, si le digo la verdad, es algo que dejó de molestarme hace más de mil quinientos años, aproximadamente. ¿Y sabe por qué? Yo se lo voy a decir: porque es todo mentira. Podría refutarle cada una las acusaciones, pero para eso está mi libro, que por cierto usted debería haber comprado y leído para hablar con propiedad y conocimiento de causa.

 

E.- Tenga en cuenta que el libro salió hace casi dos milenios y está descatalogado. Hemos leído una versión abreviada en e-book, pero es una traducción mala del arameo y cuesta trabajo entenderlo.

 

J.- Excusas de mal pagador. Va a conseguir usted que me arrepienta de haberle concedido esta entrevista. Por lo visto, ahora cualquiera puede abrir un blog y ya se cree periodista. Vivir para ver.

 

E.- ¿Qué le parece a usted que se haya dejado de estudiar arameo en los centros de enseñanza?

 

J.- Pues muy mal, ¿qué va a parecerme? Los jóvenes deben aprender arameo y otras lenguas cultas. Se empieza por quitar el arameo de los planes de estudios y luego querrán quitar el latín y el griego y se entra en una espiral de devastación que nos conducirá a la ignorancia y la barbarie, seguro. No me extrañaría que dentro de unos años la única lengua que se hable en el mundo sea el inglés. Ya lo intentaron algunos con el esperanto y, por suerte, la cosa no fue a mayores.

 

E.- Mucha gente lo confunde a usted con Judas Tadeo, el otro apóstol bueno. ¿Le molesta?

 

J.- Me molesta porque ese es también un síntoma de que los planes de enseñanza están fracasando. Si esto sigue así, algunos terminarán confundiendo Cataluña con España, Córcega con Cerdeña, las churras con las merinas, la velocidad con el tocino y los cojones con el trigo.

 

E.- ¿Es usted nacionalista?

 

J.- Soy más leísta que nacionalista. A veces soy también laísta, pero trato de evitarlo. Lo importante de verdad es ser educado sea cual sea tu ideología.

 

E.- Hubo un escritor que en su relato «Tres versiones de Judas» decía que usted entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una rebelión contra el yugo de Roma.

 

J.- Algo de eso hay. Pero le remito a mi libro. Y le aconsejo que aprenda arameo, coño. ¿Cómo dice usted que se llama ese escritor?

 

E.- Se llamaba, porque ya murió. Jorge Luis Borges y era argentino.

 

J.- Bonita tierra. Una pena que aún no estuviera descubierta en mi época. Los antiguos nos perdimos muchas cosas interesantes.

 

E.- Ahora no se habla de «descubrimiento», sino de «conquista» y «masacre».

 

J.- ¡Paparruchas…! De toda la vida del Señor, e incluso antes, se han conquistado a hierro y fuego las tierras y los países. Además, por las noticias que me llegan, aún se sigue haciendo, ¿no? El fuerte conquista al débil, el león se come a la gacela, el amo explota al criado… Bueno ahora se dice «el empresario» y el «trabajador». Y eso no va a cambiar por mucho que se prohíban las corridas de toros y las bombas de racimo. Se sigue violando a las mujeres en las guerras y fuera de las guerras, se explota a los niños en el trabajo. En mi época se crucificaba a la gente sin un juicio con garantías, por si usted no lo sabía. ¿Va alguien a decirme que aquellos que fueron a América eran unos bárbaros y estos son unos angelitos inocentes? Mire usted lo que ocurrió en los Balcanes o lo que está ocurriendo en Siria.

 

E.- Lo veo a usted muy informado.

 

J.- En la Eternidad hay mucho tiempo para todo. Además, las nuevas tecnologías te meten en el mundo aunque lleves dos mil años fuera de él.

 

E.- ¿Es usted demócrata?

 

J.- No, señor. Eso de la democracia es un invento de los griegos que se ha intentado vender como la panacea, pero es un fraude, se lo digo yo. Si se para usted a pensar, los griegos eran esclavistas, machistas, pedófilos y no podían votar todos, como ahora se nos hace creer. Además, tenían a sus mujeres atadas a la pata de la cama, como quien dice. Miraban mal al que no hablaba griego o al que tenía acento andaluz o gallego, verbigracia. Hay mucho mito sobre la democracia. Y de los romanos ni le cuento. Esos eran unos piratas.

 

E.- ¿Piratas en qué sentido?

 

J.- En el sentido etimológico de la palabra pirata, es decir, persona que piratea. Los romanos lo pirateaban todo: las estatuas, las comedias, las tragedias. Pirateaban hasta los dioses, que ya es piratear. Por eso me río yo ahora de la gente que presume de haberse bajado de Internet un centenar o un millar de películas o de libros. Nihil novum sub solem.

 

E.- ¿Eso qué quiere decir?

 

J.- Aprenda usted latín, caballero.

 

E.- Es que yo soy de la LOGSE.

 

J.- Hay que joderse. Entonces demos por finalizada esta entrevista. Hala, adiós, buen viaje, y a ver si se lee mejor mi libro antes de venir a dar por saco.

 

E.- Sin faltar, oiga.

 

J.- ¿A que lo denuncio a las Fuerzas de Seguridad del Estado y a las Autoridades Sanitarias?

 

E.- ¿Por treinta monedas de plata? No me extrañaría nada.

 

J.- ¡Cuánta ignorancia! ¡Elí, Elí…! ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?


lun

24

oct

2016

Luciano de Samosata y la Tía Escopeta

Recuerdo que hubo un tiempo en que yo era muy tonto, es decir, un poco más tonto que en la actualidad. Era un tiempo no tan lejano en que de vez en cuando, muy de vez en cuando, alguien me hacía una entrevista y no la leía nadie, o casi nadie.

 

Recuerdo de esa época, por ejemplo, que el entrevistador me preguntaba —era la pregunta más recurrente—: «¿Qué autores le gustan o han influido en su obra?». Y yo decía la verdad: Luciano de Samosata, Aristófanes, Mateo Alemán, Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía y otros pocos. Era una época en la que no existía Internet y, por lo tanto, las declaraciones duraban lo que duraban en la calle la revista, el fanzine o el periódico, es decir, unos pocos días, hasta que alguien utilizaba el papel para envolver el pescado o pisar sobre él cuando el suelo estaba mojado o húmedo después de pasar la fregona.

 

Recuerdo que después llegó Internet y llegó también 2007 y también llegaron de sopetón muchas entrevistas; pero la pregunta recurrente seguía siendo la misma: «¿Qué autores le gustan o han influido en su obra?». Y yo seguía diciendo la verdad: Luciano de Samosata, Aristófanes, Mateo Alemán, Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía y otros pocos. Pero entonces las declaraciones ya no eran tan efímeras y parecía que alguien las grabara con cincel en piedra y las colocara en la fachada del INEM para que las leyera todo el mundo, o al menos el veintitantos por ciento de la población.

 

Recuerdo también que mi amigo Raimundo me dijo un día: «Tío, a ver si cambias el disco, que si vas diciendo por ahí que te gusta Luciano de Samosata y cosas así te van a leer únicamente los frikis». Y yo le dije: «Tío, ya lo sé, pero ¿qué le voy a hacer si son esos los que me gustan?». Y respondió: «Pues lo que hace todo el mundo, tío, inventarte algo que mole y mentir». Así que decidí inventarme algo que molara y mentir.

 

Recuerdo que a partir de 2008, más o menos, cuando alguien me preguntaba qué autores me gustaban o habían influido en mi obra, yo respondía, por ejemplo, Joyce, Lezama Lima, Virginia Wolf, Maquiavelo y, por meter algún español contemporáneo, mencionaba a Fulanico (permítaseme que utilice este seudónimo para no ofender).

 

Recuerdo que a mí no me gustaban nada las novelas de Fulanico, pues había leído o intentado leer un par de libros suyos y no había conseguido pasar de las primeras cincuenta páginas, que ya me parece mucho. Lo más que había conseguido era leer sus artículos de prensa, que me parecían y me siguen pareciendo magníficos. El caso es que no sé por qué lo metí a él en mi lista. Bueno, sí, porque yo era tonto tirando a muy tonto, enfermedad para la que no hay medicación ni tratamiento, sino únicamente cuidados paliativos.

 

Recuerdo que al año siguiente publiqué una novela, y un crítico con el que yo había coincidido en distintos ágapes literarios, viajes promocionados por editoriales e incluso despiporres etílicos y nocturnos, escribió una reseña en la que venía a decir que mi novela era un «homenaje a Fulanico», al que yo admiraba profundamente y del que me sentía deudor literario, por lo cual había decidido rendirle tributo. En realidad, la reseña aquella hablaba más de la obra de Fulanico que de la novela que escribí yo. Lo sé, me lo merezco por tonto. Además, el crítico de marras era amigo íntimo de Fulanico y le mandó la reseña para que se sintiera orgulloso de haber creado escuela y tendencia con su obra.

 

Desde entonces, cuando alguien me hace la pregunta dichosa, yo me acuerdo de mi infancia y de La Tía Escopeta, que en realidad se llamaba Aurora y no era murciana, sino asturiana, y tenía un tiendecita-cueva enfrente de la charcutería de Andrés Aroca, y alquilaba tebeos y novelas del Oeste y de amor, a una peseta o a dos cincuenta, dependiendo de la categoría y del número de páginas. Y recuerdo que ella fue la primera que me influyó verdaderamente en los gustos literarios —sin saberlo, eso sí—, pero nunca me he atrevido a decirlo a las claras en ninguna entrevista, porque quizá suene muy friki, más friki que ser fans de Luciano de Samosata y leer a Marcial Lafuente Estefanía en las falsas de mi casa, oyendo el zureo constante de los palomos de Amadeo el sastre, que en paz descanse.

 

 


mar

18

oct

2016

El hombre que le dio la mano a la novia de Bob Dylan

Yo no sé si Bob Dylan se merece o no el Premio Nobel de Literatura. ¿Quién puede saber eso? Bueno, sí, los que saben inglés y entienden las letras de sus canciones, que no es mi caso. Por eso no voy a hablar de Bob Dylan, ni de sus canciones, ni de nada de eso. De lo que voy a hablar es de una historia que me contó hace mucho tiempo mi amigo Raimundo y que a pesar del paso de los años sigo recordando como si me la hubiera contado ayer mismo.

 

Asegura mi amigo Raimundo que su padre le dio una vez la mano a la novia de Bob Dylan. Sí, no sé cuál de ellas, pero su padre asegura —o, mejor dicho, aseguraba— que era la novia de Bob Dylan, sí, el Premio Nobel que todavía no era Premio Nobel pero era famoso, o conocido, no sé.

 

Asegura mi amigo Raimundo que hace muchos años estaba su padre en el bar —el padre de mi amigo Raimundo era dueño de un bar— y entró una señorita muy guapa y muy castaña clara, y que alguien le dijo a su padre «mira tú, pero si esa es la novia de Bob Dylan», y el padre de mi amigo Raimundo se quedó así pensando para sus adentros y debió de decirse «ostras, Pedrín, la novia de Bob Dylan en mi bar», y se rascó el mentón, o eso es lo que asegura mi amigo Raimundo que se rascó, y llamó enseguida al Chavo, que era un fotógrafo de mi pueblo, y le dijo «Chavo, haz el favor, hombre, y sácame una foto con la novia de Bob Dylan», y el Chavo dijo «claro, ahora mismo» y luego añadió «venga, dale la mano para que parezca que os conocéis de toda la vida», y él le dio la mano como si la conociera de toda la vida. Y luego colgó la foto, con marco marrón oscuro, encima de la cafetera, junto al escudo del Caravaca Club de Fútbol, y allí estuvo hasta que el padre de mi amigo Raimundo se murió y el bar lo convirtieron en una agencia inmobiliaria y nadie supo decir qué fue de la foto.

 

Asegura mi amigo Raimundo que su padre, después de darle la mano a la novia de Bob Dylan, ya no se lavó la mano. Bueno, no se la lavó en mucho tiempo, hasta que las uñas se le empezaron a poner negras, tirando a muy negras, y la piel se le cuarteó y las palmas se volvieron como el fondo de un desierto marino, con crustáceos y todo, y entonces su mujer le dijo «o te lavas las manos, o no entras en casa, tonto el pijo», y el padre de mi amigo Raimundo se las lavó porque en mi pueblo hace mucho frío, o hacía, y dormir al raso en invierno era una temeridad, por no decir un suicidio.

 

Asegura mi amigo Raimundo que cuando su padre estaba en el lecho de muerte le confesó que la cosa más grande que había hecho en su vida, después de casarse con su madre y tenerlo a él como hijo, había sido darle la mano a la novia de Bob Dylan. Esas fueron casi sus últimas palabras. Las últimas, stricto sensu, fueron «cagoentó, qué largo se está haciendo esto de morirse».

 

Asegura mi amigo Raimundo, apenado y melancólico, que nunca tuvo el valor suficiente, en los años que duró aquella bonita ilusión, para decirle a su padre que seguramente aquella mujer que hablaba en español de Murcia no era la verdadera novia de Bob Dylan, ni siquiera la falsa novia de Bob Dylan; que seguramente aquella chica se llamaría Marta o María Dolores, por poner un ejemplo, y sería de El Sabinar o de Archivel, o de algún sitio así, que pasaba por allí por casualidad —a lo mejor había venido al mercado de los lunes, porque ese día era precisamente lunes— y entró en el bar a tomarse un refresco o lo que fuera.

 

Y lo que más apena y pone melancólico, a partes iguales, a mi amigo Raimundo desde aquel día en que el Chavo hizo la foto en el bar es que su padre ni siquiera sabía quién era Bob Dylan y, por supuesto, no podía imaginar que llegarían a darle el Premio Nobel de Literatura al cabo del tiempo.


jue

17

dic

2015

El vino y la crítica literaria

 

Hubo un tiempo en que la crítica literaria —la buena y la mala— se hacía en suplementos, revistas y otros púlpitos laicos de la cultura. No era extraño que el lector de a pie entrara en cualquier librería con su recorte de prensa para pedir el libro aquel del que hablaba el crítico literario, aunque se tratara de una edición anotada y comentada de un monje de una abadía trapense de la Baja Normandía. Yo mismo lo hice en alguna ocasión, debo confesarlo. Si el pope de turno subía a los altares a James Joyce o a Thomas Pynchon, allí corríamos algunos a leer con veneración unos libros de los que entendíamos poco, por no decir nada, aunque no nos atrevíamos a confesarlo, como en el cuento El traje nuevo del emperador. Algunos leíamos a escondidas y con nocturnidad —un suponer— a Pérez Reverte o a Vázquez Figueroa, a quienes la crítica oficial maltrató, por no decir “machacó”, en sus comienzos. Luego, no se sabe por qué, los lectores se fueron alejando de los críticos, y ellos mismos (los lectores) se convirtieron en popes tecnológicos que invadieron pacíficamente con sus reseñas literarias la web, web, web y llenaron de frescura el panteón de la crítica profesional.

 

Con el vino, sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Hubo un tiempo en que todos entendíamos de vino. Bebíamos —otro suponer— el tintorro de El Tío de la Bota, o el clarete de la bodega de la señora Maravillas (donde luego hubo una zapatería) y decíamos esa frase esdrújula y célebre del crítico de vinos amateur: «lahostiaquebuenoestáesto». Sin embargo, con el tiempo las tornas cambiaron, o cambiamos nosotros, no sé, y el crítico amateur devino en pope profesional. Aprendimos entonces a meter las narices en la copa, a mirar el vino al trasluz, a beber y escupir, a decir expresiones ininteligibles, y a distinguir el regaliz del palo santo, el aroma primario del terciario, la manzanilla del cuero, la miel del tabaco, y la tierra de la piel. Y se jodió el invento, naturalmente. Entonces, tomar un chato en el bar del Catre con un “amigo profesional” era una tortura, porque ya no te hablaba de fútbol, ni de parrilladas pantagruélicas, ni de lo raro que estaba Fulanico desde que le había tocado la lotería. De lo que te hablaba el “nuevo crítico”, como el nuevo rico, era de la importancia del corcho, de la rueda de los aromas, del bouquet y de no sé qué del fondo de la boca. Y algunos, desesperados, decidimos pasarnos a la cerveza, o directamente nos hicimos abstemios profesionales. Pero últimamente ya hay restaurantes con Carta de Aguas que empiezan a hacerte sugerencias más que preocupantes cuando pides un agua del grifo para tomarte —un suponer— el ibuprofeno que te han recetado en el ambulatorio.



mié

20

may

2015

Libertad, divino tesoro

La cosa empezó de la forma más simple a la par que absurda: un buen día decidí buscar información en Internet sobre «muñecas hinchables con cabello natural», y desde entonces las muñecas de esta categoría me aparecen cada vez que conecto mi ordenador, teléfono móvil, tablet y/o cualquier artilugio con conexión a la red de redes, incluido mi frigorífico inteligente y no frost.

 

Resulta que un personaje del relato que estaba escribiendo a la sazón debía obsesionarse con una muñeca de plexiglás hasta el punto de que su vida se iba a convertir en un delirio. Y decidí documentarme antes de meter la pata, es decir, el zancajo, hablando de un asunto, el de las muñecas hinchables, que hasta ese momento no me resultaba más familiar que al resto de los mortales. Durante mucho tiempo no supe cómo el Universo se había enterado de semejante «investigación literaria», que nada tenía que ver con el fetichismo y la perversión que desde entonces me atribuyen mis amigos y conocidos, además de cierta periodista que también es crítica literaria.

 

Lo que ocurrió fue que poco después de mi investigación de campo, mientras pretendía enseñarle unas fotografías digitales y curiosas a una periodista que me estaba entrevistando, apareció en la pantalla de mi tablet, cual mosca cojonera, un catálogo publicitario de lindas señoritas de plexiglás que de manera espontánea se colaban entre las imágenes guardadas en «la Nube», y que delataban —supongo que eso pensaría la periodista— mis aficiones y vicios no confesados en la entrevista de marras.

 

Ese día descubrí que había perdido mi libertad, tesoro más preciado que la inocencia o la propia juventud. Desde entonces he observado, por ejemplo, que cuando paseo por una ciudad —también pueblo, villa o aldea con cobertura 3G— y consulto mi teléfono móvil por si tengo un wasap del alicatador —es un suponer—, encuentro un mensajito que me anuncia que a 200 metros y 5 centímetros exactos de mi ubicación se encuentra un bonito y económico restaurante en el que puedo almorzar en caso de que tenga hambre o me plazca. Otras veces, al caminar abstraído por una vía pública y abrir mi tablet para fotografiar una caca de perro y subirla a Instagram, la pantallita me avisa de que a mi espalda dispongo de un salón de masaje «maravilloso», por si quiero recuperarme del cansancio y disfrutar de unas manos profesionales que conocen mis vértebras mejor que yo mismo, que ya es decir.

 

A lo que pretendía ir a parar es a que El Ojo Que Todo Lo Ve conoce los secretos y detalles de mi vida, incluidas mi ubicación y mis necesidades. Y aunque quiera sentirme el hombre más libre del mundo, siéntome sin embargo como Rubén Darío el día en que descubrió que el divino tesoro de su juventud se había ido para no volver. Y cuando me tropiezo con esos anuncios publicitarios de automóviles, colonias, sopas y compresas que ofrecen la libertad, éntrame la risa floja —o la risa fuerte, dependiendo del momento— y levanto la vista al cielo, no buscando a Dios para ponerlo por testigo, como Scarlette O´Hara, sino al Gran Hermano que todo lo ve y todo lo sabe, para pedirle que se olvide de mí, que me ignore, que me borre de su lista perversa, que ni me mire ni me tenga en cuenta. Y luego pienso en los paraísos perdidos, en las islas perdidas y en todas las cosas perdidas que, contradictoriamente, se anuncia en Internet al alcance de nuestra mano, para nuestro «libre» goce y disfrute.



dom

29

mar

2015

Vivir para contarlo

Corre por ahí la leyenda urbana de que en cierta ocasión el torero y actor catalán Mario Cabré pasó una noche de desenfreno y lujuria con Ava Gadner, «el animal más bello del mundo». Según cuentan, cuando el señor Cabré y la señora Gadner se disponían a fumarse el cigarrillo postcoital de rigor, el torero se levantó apresuradamente del lecho y se vistió en un santiamén. Y cuando la actriz le preguntó —se supone que inglés— adónde iba con tanta prisa, el galán le respondió —se supone que en español—: «¡A contarlo, coño, a contarlo!», o algo por el estilo.

 

No cabe duda de que si en vez de 1950 la escena hubiera ocurrido en la actualidad, los biógrafos y hagiógrafos de don Mario habrían contado que el torero se levantó del lecho, se hizo un selfie junto a la actriz e inmediatamente lo lanzó al mundo a través de Instagram, Twitter y Facebook, por lo menos. Supongo —y no es mucho suponer— que el deseo de contar es innato al ser humano; de lo contrario probablemente no existirían la literatura y otras artes consideradas menores en el siglo XXI si se comparan con las redes sociales.

 

Hoy día no se concibe viajar a un país, a una ciudad, a un barrio, a un restaurante macrobiótico o al excusado de un restaurante macrobiótico y no hacerse un selfie para compartirlo con el mundo, a la espera de que en cuestión de segundos hayamos recibido millón y medio —mejor sin son dos millones— de «I like», o «me gusta», con la esperanza además de que nuestra imagen sea durante unos minutos —con unos segundos también valdría— un trending topic mundial, o lo que es lo mismo, tocar la gloria con la yema de los dedos. Algún tonto del culo profesional —con permiso de los aficionados— ha llegado incluso a golpear en las piernas y por la espalda a una mujer en la calle para grabar cómo cae al suelo, confusa y desorientada, mientras él se ríe de su machada segundos antes de colgarla en la red. Pero no hace falta recurrir a semejante cretino para ilustrar lo que nos está pasando; me incluyo también, puesto que ya cuelgo en la red hasta el cepillado de dientes, el acto más glamuroso del día después de la lectura de la prensa y el regado de mis macetas.

 

¿Qué sentido tiene pasar un día placentero en la playa, si no se va a enterar nadie? ¿Qué sentido tiene conducir a 200 kilómetros por hora con un niño en el asiento del copiloto, sin cinturón ambos, si el mundo no sabe lo osado que eres? ¿Qué sentido tiene que tu hijo eructe mientras desayuna y llene la mesa de babas gelatinosas que espantan al gato y quedan prendidas, cual estalactitas domésticas, en el peluquín del abuelo, si nadie, absolutamente nadie, fuera del entorno familiar o del bloque de vecinos se va a descojonar como te has descojonado tú y no tanto el abuelo?

 

Pegarte un hostión cuando vuelas con parapente es una desgracia cuyo grado es directamente proporcional al número de costillas rotas o de dientes perdidos; pero si no llevas móvil para grabarlo es una tragedia que supera los límites de lo humano y lo divino. Y si pruebas un buen vino, comes un postre inconmensurable, haces una paella mixta de arroz y verdura o duermes una siesta debajo de un pino piñonero, no lo podrás disfrutar si el mundo no se entera.

 

Tengo unos amigos que estuvieron de viaje de novios en Panamá hace apenas un mes. Me cuentan que mientras tomaban el sol y se mojaban las plantas de los pies en el Lago Gatún, un cocodrilo de considerable tamaño y fauces aún más considerables salió del agua y a punto estuvo de devorar al esposo. El susto —palabras textuales— fue monumental. Una vez superado el impacto emocional y estabilizado el ritmo cardíaco, mi amigo le preguntó a su flamante esposa si había grabado la escena, a lo que ella, compungida y carilarga, le respondió que no. Al parecer, en ese momento se produjo el primer conflicto serio de la pareja que se había jurado —o prometido, no estoy seguro— amor eterno. Inmediatamente, el uno y el otro, al alimón, trataron de repetir la escena, ahora sí con el móvil dispuesto a inmortalizar al cocodrilo en trance de devorar a un pobre turista —lo de pobre es ya mucho decir— que disfrutaba de su luna de miel. Por suerte para ellos, una patrulla de vigilancia los hizo salir de la zona, que resultó zona restringida para turistas y no apta para el baño, y les hizo comprender la suerte que tenían de estar vivos. Ahora, llevan dos semanas intentando reproducir la escena del Lago Gatún en la piscina de su dúplex, con un cocodrilo de cartón piedra que robaron en las Fallas de Valencia hace pocos días. Pero de momento no han conseguido el mismo realismo de la primera ocasión fallida. Será cuestión de insistir, digo yo.



jue

19

feb

2015

Sueños, malos sueños y pesadillas

Algunas noches me voy a la cama con un títere en la cabeza, una frase oída al azar, una musiquilla, algo que se ha quedado pegado en el subconsciente —como una mota de polvo a la solapa oscura de un traje— y termina apoderándose de mi mente, unas veces en forma de sueño, otras de mal sueño y otras de pesadilla, depende.

 

Anoche, sin ir más lejos, fuime al catre —por utilizar una expresión castiza— después de un empacho de noticias políticas, de corrupciones y corruptelas, de podemos o no podemos, de «y tú más» o «tú mucho más», de quítate tú para ponerme yo, en fin, de ese tipo de cosillas que, como dice mi amigo Raimundo, son la sal de la vida. Pensé, entonces, que me pasaría la noche soñando con la gresca política, con tarjetas opacas, con aforamientos, enjuiciamientos y otras miserias humanas, sean en directo o en diferido, que nos está tocando vivir.


Todo hacía presagiar que el sueño, o la pesadilla, versaría sobre el noble arte de la política, o el innoble del mangoneo. Pero no fue así. En vez de eso, soñé con los adverbios. Sí, los adverbios, esas palabras tan denostadas por los libros de estilo, por puristas e iconoclastas, por sabios e ignorantes; adverbios de modo, de lugar, de tiempo; adverbios acabados en «mente», especialmente —perdón por la cacofonía—. Y fue tan real el sueño que todavía tengo dudas —serías dudas, debería decir— de que haya sido una simple pesadilla.

 

Soñé —o más bien creí vivir— que en el planeta se generaba una campaña orquestada por una mano negra contra los adverbios. Políticos, académicos, profesores, escritores, periodistas, e incluso mujeres de la limpieza (en el sueño no había hombres de la limpieza y esto me preocupa) desterraban el adverbio de sus vidas, hasta el punto de llegar a ser una palabra en vías de extinción, como la palabra "presea", que tanto utilizaba mi admirado Rafael Cansinos Assens.

 

Por suerte, se producía una reacción, tímida al principio, para evitar la desaparición del adverbio, reivindicar su utilización, dignificarlo y mostrar al mundo sus virtudes, amén de sus incalculables beneficios para los estilos, ya fueran hablados, ya escritos.

 

En todo el país —¡qué digo!, ¡en todo el planeta!— se creaban espontáneamente plataformas en defensa del adverbio: grupos en las redes sociales, asambleas en las calles, consejos de vecinos sabios. La gente montaba tiendas de campaña y se instalaba a vivir en las puertas de las librerías, de los periódicos, de las bibliotecas, de los quioscos de prensa, para reivindicar el uso del adverbio.

 

Atrás quedaban los tiempos en que se luchaba contra los desahucios, contra la subida del IVA, contra el rescate de los bancos, contra las cuentas en Suiza y/o Andorra La Vella. Todo eso era historia, una pesadilla olvidada. La mayor preocupación de la humanidad era salvar al adverbio de una muerte inminente.

 

Confieso que fue angustioso. Las manifestaciones en defensa del adverbio se adueñaban de las calles, la gente gritaba adverbialmente, la policía reprimía con gases y cachiporrazos a las ancianitas que coreaban adverbios de lugar o de modo, indistintamente. El caos era total. El país, incluso Europa y el mundo, estaba a punto de entrar en una guerra entre defensores y detractores del adverbio. Y yo, «ay desdichado de mí, ay infelice», no sabía dónde posicionarme. Solo de recordarlo me falta la respiración.

 

En mitad del sueño, o de la pesadilla, un golpe de tos provocado sin duda por la angustia extrema me despertó. Sudábanme las manos, sudábame la frente, sudábame todo en definitiva. El sueño había sido tan real que llegué a estar convencido de que el adverbio corría un grave peligro. Encendí la radio y no la luz, y púseme a escuchar las noticias. Y, entonces, solo entonces, respiré aliviado. Todo había sido un mal sueño. El país, por suerte, seguía su cauce habitual. Nadie hablaba de adverbios, sino de desahucios, de promesas o incumplimientos electorales, malversaciones, robos, evasiones de impuestos; se hablaba de apropiaciones indebidas, de aforamientos y de un caniche vestido con la camiseta del Barça que se había extraviado en los carnavales de Tenerife. Pero, por suerte, ya había aparecido. ¡Qué alivio!

 



dom

25

ene

2015

Reciescat in pace, por ahora

En España el levantamiento de restos óseos ilustres y su exhibición pública lleva camino de convertirse en el deporte nacional, por delante del fútbol, al que hasta hace poco no le hacían sombra más que los reality shows de Telecinco y las conexiones en directo con las puertas de las prisiones para ver entrar y salir, en un obsceno desfile de celebrities, a lo más granado del mundo de la política y la farándula (perdón por la redundancia).

 

La tradición, que viene de lejos, probablemente la inauguró Agustín Luengo Capilla, el célebre Gigante de Extremadura, cuyo esqueleto por un lado y la piel por otro se exhiben desde enero de 1876 en el Museo Nacional de Antropología de Madrid (en el nº 68 de la calle Alfonso XII).

 

También es paradigmático —o cuando menos, llamativo— el caso del Negre de Banyoles, o Negro de Bañolas, célebre guerrero bosquimano, disecado por dos hermanos franceses y expuesto en el Museo Dader de Banyoles, provincia de Girona, desde 1916 hasta las postrimerías del siglo XX. Las quejas de un señor de origen haitiano removieron las conciencias públicas y, a pesar de que las privadas eran contrarias a su retirada, fue devuelto a su país en 2007 —tras un penoso periplo por laboratorios de otros museos en los que lo despojaron de los postizos, incluidos ojos y genitales— y enterrado con honores de estado en el parque nacional de Tsolofelo de Botsuana, donde finalmente descansa en paz, de momento.

 

Más cercana en el tiempo está la campaña mediática, iniciada en 2009 y aún inconclusa, para hallar los restos de Federico García Lorca en las proximidades de Víznar. A pesar de que la familia del poeta siempre se ha mostrado contraria a la exhumación, la Junta de Andalucía lleva casi un lustro desplegando maquinaria pesada y un batallón de arqueólogos, antropólogos, paletistas y radietistas —conocidos popularmente como zahoríes— sin éxito. Los que antes acudían, o acudíamos, al barranco de Víznar a llevar flores o rendir un homenaje sencillo al autor del Romancero gitano, encontramos ahora un paisaje lunar, como un gigantesco queso de Gruyère en la zona del Peñón del Colorado, el cortijo Gazpacho y los aledaños del barranco. Algunos ya piensan hacer negocio con el alquiler de los terrenos como plató natural para posibles rodajes de series españolas de ciencia ficción aún no escritas. No obstante, y a pesar de los fallos de georradares, testigos de la época, videntes y otros iluminados, la búsqueda continúa sine die.

 

El último de los megalomediáticos proyectos que pondrá a España, y especialmente a Madrid, en el mapa del C.A.S.I. (Culto A Sus Ilustres) es la búsqueda, hallazgo y rescate, por ese orden, de los restos de don Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El Quijote, como todo el mundo sabe aunque no lo haya leído. Según la tradición y los libros de registro mortuorio, el cuerpo de don Miguel reposa desde hace 399 años, o casi, en algún punto más bien impreciso, tal vez la cripta, de la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en el 18 de la calle Lope de Vega —otro ilustre al que antes o después vendrá alguien a llamar a su tumba, por eso de «cuando las barbas de tu vecino veas cortar…»—. Desde hace casi un años leemos en la prensa, un día sí y dos no, las noticias de este gran proyecto con capital público en el que participa un equipo multidisciplinar formado por arquitectos, topógrafos, forenses, expertos en momias, odontólogos, osteoarqueólogos, médicos internistas y un acróbata-contorsionista que deberá introducirse por las exiguas oquedades del subsuelo, agujerear nichos, introducir endoscopios, cámaras robotizadas y todo lo que la tecnología punta le proporcione, con el fin de localizar los restos de un varón de sesenta y ocho años, con seis dientes o menos, una herida de arcabuz en el pecho y una lesión en la mano izquierda. ¡Qué desilusión, ahora resulta que no era manco, como nos enseñaron en el colegio! Cualquier momia, esqueleto o resto humano en general sospechoso de haber escrito novela, obra teatral o poema será exhumado, analizado en un laboratorio que se instalará a pie de obra, o pie de iglesia, y devuelto a su nicho —si se certifica que no es don Miguel— con todos los huesos colocados en su posición originaria, según compromiso contraído por los buscahuesos con el arzobispado. No hay que olvidar que el templo, incluidas sus oquedades subterráneas, está catalogado como BIP —no confundir con VIP—, es decir, Bien de Interés Patrimonial. La empresa no parece fácil a priori, sobre todo porque lo que parecía un coser y cantar —o mejor dicho, un excavar y sacar— se ha convertido en la búsqueda de una aguja en un pajar, por acudir a los tópicos.

 

Dicho lo cual, me pregunto qué dirían —si pudieran decir algo— los seres «ya-no-humanos» a los que van a remover en sus tumbas para rescatar al ilustre escritor, o lo que queda de él, si algo quedare.

 

Es más, me pregunto qué diría —si pudiera decir algo— el propio escritor sobre el circo de tres pistas que están preparando las autoridades político-culturales para conmemorar este año la publicación de la segunda parte de El Quijote y el año próximo los 400 años de la muerte de su autor.

 

Del mismo modo me pregunto a mí mismo, pues por suerte yo aún puedo preguntármelo, qué harán con los restos óseos de don Miguel:

 

1.- ¿Los repartirán por ayuntamientos varios y colegios públicos y/o concertados, como hicieron con la Copa del Mundo de fútbol ganada en Sudáfrica por la Roja, para que la gente acuda en peregrinación y forme colas kilométricas con el fin de hacerse un selfi junto al metacarpio de la mano del ilustre creador de don Quijote?

 

2.- ¿Los llevarán a Bruselas para que toda Europa —o el mundo entero, que es más grande— vea de lo que somos capaces de hacer en este país?

 

3.- ¿Lo pondrán como ejemplo del modo en que se puede reducir la lista del paro de odontólogos, arqueólogos, forenses, contorsionistas, etcétera?

 

Y por último me pregunto también —por ese vicio de hacer preguntas— si los que promueven esta iniciativa tan aireada en la prensa conocen la obra de don Miguel, es decir, si la han leído, o si las colas que presumiblemente darán vueltas a varias manzanas para hacerse un selfi saldrán del museo, del ayuntamiento de turno o de la sede del Parlamento Europeo corriendo en tropel, cual muchedumbre en el primer día de rebajas, hacia la librería que tengan más cerca para adquirir previo pago un ejemplar de la novela de ese señor —o minúscula parte del señor— del que acaban de ver un peroné en casi perfecto estado de conversación y que seguramente será un buen escritor aunque no haya ganado el Premio Planeta, o al menos no consta en Wikipedia.

 

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta, por ahora.



sáb

01

nov

2014

Cartas, postales y otros restos arquelógicos

Cuando tenía dieciocho años, quizá diecisiete, decidí que de mayor quería ser «escritor de cartas de amor a mano». Por eso me procuré amores a los que escribirles, ya fuera en postal o en carta de papel El Galgo de color ahuesado —mi favorito—; modalidades ambas muy populares otrora, aunque en desuso en los tiempos que corren.

A los veintitrés años, sin embargo, llegué a la conclusión de que «escritor de cartas de amor a mano» no era una profesión de la que se pudiera vivir holgadamente, como pretendía yo; así que decidí hacerme «escritor a secas», aunque enseguida comprendí que los obstáculos económicos y fiscales no iban a ser baladíes, por no hablar del hambre que tendría que pasar.

Tardé otros veintitantos años en cumplir mi sueño profesional. Y cuando lo conseguí puse gran empeño en recuperar mi carrera interrumpida en los albores de su gestación: escribir cartas de amor con estilográfica y papel El Galgo. Para entonces, la escritura a mano había pasado a mejor vida —es decir, había nacido el MSN, el e-mail, el chat, el wasap y otros logros de nuestra civilización—, y supuse además que mis amores epistolares de juventud no solo se habrían olvidado de mí, sino que estarían más preocupados por el futuro laboral de sus hijos, hijas y/o maridos que por recuperar una relación epistolar con un «escritor de cartas de amor a mano» frustrado o tardío, según se mire o se quiera interpretar.

        Púseme entonces a la absurda tarea de escribirme a mí mismo. Quiero decir, no es que me escribiera cartas de amor, sino cartas a secas, porque como dice el Eclisiastés —creo que lo leía ahí—, «a falta de pan, buenas son tortas», o algo por el estilo porque cito de memoria. Por lo general, me escribo a mí mismo cuando paso temporadas largas fuera de casa, casi siempre por trabajo. Unas veces me cuento la nostalgia que siento de mí mismo, o cuánto añoro mi vida tranquila, apartada del mundanal ruido de los aviones al despegar y de las salas de fiesta instaladas en la última planta de mi hotel; otras, me cuento cosas que por lo general no me atrevería a contarme cuando estoy conmigo en casa, quizá por pudor, quizá por falta de motivación. La mayoría de las veces, cuando viajo lejos, me envío postales bonitas —en color o en blanco y negro—, que recibo casi siempre cuando ya estoy en casa, y las leo como si me las enviara otro, incapaz de reconocerme en la euforia del momento, o en la reflexión de unos días atrás. Confieso que lo que más ilusión me hace recibir son las postales de países lejanos, incluida Alemania, que para alguien como yo que aspira a llegar a pie a todas partes, está muy lejos.

        Hace siete años —y a esto es a lo que iba, aunque el preámbulo se me ha ido de las manos, porque cuando no escribo a mano me «desparramo literariamente» y mi estilo se hace algo barroco y bastante cansino—, andaba yo de un sitio a otro con mi maleta minúscula, y en cada país o en cada ciudad, me enviaba a mí mismo una postal que seleccionaba con cuidado, colocaba con mimo sobre la mesa del hotel de turno y garabateaba con mi pluma Parker Sonnet labrada en Guilloché, la que llevo a los viajes porque ocupa menos que mi ordenador de 15 pulgadas, al que también soy adicto, debo confesarlo. Muchas de aquellas postales no llegaron nunca a su destino. Otras, las menos, llegaron a casa antes que yo. Pero lo que no esperaba que ocurriera fue lo que ha sucedido precisamente con una postal fechada en julio de 2007 en Panamá. Me explico:

        Ayer, poco antes del mediodía, abrí el buzón de casa para recoger las posibles multas de tráfico, las posibles cartas del banco y la inevitable publicidad de Tele-pizza, como hago los días impares, excepto sábados, domingos y festivos. Y hete ahí que encontré una postal en blanco y negro, bastante manoseada, del Canal de Panamá. Era una postal elegida con un gusto sublime, con la imagen de un barco en las esclusas, muy cinematográfica a la par que literaria. Me pregunté entonces quién me podría escribir desde tan lejano país. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que era un señor que se llamaba como yo y tenía una letra muy parecida a la mía. Además, enseguida reconocí que la postal había sido escrita con estilográfica. El corazón se me desbocó. ¿Qué podía contarme aquel hombre que me imitaba incluso en el apellido? Era un texto breve. Un saludo improvisado para contarme que había llegado bien a Panamá y que desde allí volaría a Costa Rica; una anécdota, el nombre de un postre y un saludo muy cariñoso que casi me arrancó un lagrimita, pues me recordaba mi estilo epistolar de aquellos tiempos en que yo quería ser «escritor de cartas de amor a mano». Me conmovió, para qué voy a negarlo. Tardé en desentrañar el misterio apenas tres minutos y cincuenta y dos segundos, lo que dura el trayecto a pie de los cinco pisos que subí sin forzar el paso. Y creo que fue al introducir la llave en la cerradura cuando comprendí que aquel señor que me escribía era yo mismo. Me enjugué la lagrimita, o me rasqué la cara, no sabría precisarlo, y recordé aquel día, hace siete largos años en que me escribí desde un hotel de Panamá una postal que ha tardado 87 meses en llegar. Demasiado tiempo, según mi nada imparcial opinión.

        Hoy me ha dado por releer algunas de las postales a mano que me he escrito a lo largo de mi vida. Y por esa nostalgia absurda que nos invade inexplicablemente cuando menos lo esperamos, me he puesto a escribir cartas de amor a mano a mujeres cuyas direcciones desconozco, cuyos rostros apenas recuerdo y cuyos nombres, después de varios lustros, son para mí ya una incógnita.


jue

11

sep

2014

El WhatsApp, la momia y Perico el Zuro

Esto de las redes sociales tiene mucha «guasap», nunca mejor dicho —perdón por el chiste fácil—. Uno cree que ya lo ha visto todo y de repente, a mitad de una tostada baja en calorías, se da cuenta de que aún le queda mucho que aprender. Resulta que en Guardamar del Segura, provincia de Alicante (España), el Ayuntamiento ha apartado de su trabajo de manera cautelar a un empleado del cementerio por fotografiarse junto al cadáver momificado de un usuario del camposanto, acompañado de un familiar político del mismo. Me explico:

        Hace un par de semanas, puede que tres, el bueno de Clemente —así se llama el funcionario llamado al orden por la autoridad competente guardamarenca— abrió un ataúd, o féretro, porque se precisaba espacio en el nicho para enterrar a la esposa de un finado. Hete aquí que Clemente descubrió que, después de 23 años, el cadáver del usuario de la necrópolis estaba incorrupto, más bien momificado, e incluso gozaba de mejor aspecto del que debió de tener en vida, según opinan ahora quienes lo conocieron en mejores momentos. Después de llamar a la familia para comunicarles el insólito hallazgo, personáronse la sobrina carnal y el sobrino político del muerto, con perdón. Sorprendidos igualmente por el fenómeno natural, decidieron fotografiar con el móvil, o celular, al tío en posición de firme, tieso como el general Millán-Astray en la fotos del ABC, escoltado por el sobrino político y por el pobre Clemente, que sostenía a la momia (perdón de nuevo) por la espalda y sin aparente dificultad, como un José Luis Moreno que manipulara a su Rockefeller, o una Mari Carmen con su Doña Rogelia.

        Hasta ahí todo normal —podríamos pensar—, pues cosas peores se ven cada día en los telediarios —podríamos también afirmar entre suspiros—, incluso en los programas infantiles de televisión. Pero el asunto no quedó ahí. Pocos días después, a la desolada sobrina —es una ironía, naturalmente— no se le ocurrió otra idea más peregrina que enviarle por WhatsApp la foto a una compañera de trabajo con una notita que tal vez dijera algo así: «Pobrecito mi tío Manolito», o algo por el estilo. Como es natural, la foto corrió como reguero de pólvora —metáfora obsoleta y convertida en muletilla—, de móvil en móvil y de red social en red social, incluso traspasó fronteras, océanos y continentes.

        Esta mañana, mientras me tomaba mi tostada de pan bajo en calorías con mermelada y mantequilla, me llegó vía WhatsApp —a través de un grupo de senderistas franceses a quienes no tengo el gusto de conocer— la imagen tomada en el cementerio de Guardamar del Segura, provincia de Alicante (España). En ella se ve a la derecha al pobre Clemente con guantes, camiseta con escudo del Ayuntamiento, gorra y pantalones bermudas; en el centro, el finado con cara de recién salido del ataúd, o féretro; y a la izquierda al sobrino político, sonriente y feliz, como si acabara de pescar el primer campanu de la temporada en el Narcea y quisiera mostrarlo al mundo. Sin quererlo, me ha venido a la cabeza el recuerdo de Perico el Zuro, un tonto célebre de mi pueblo que, si hubiera nacido en estos tiempos ultra tecnológicos, no habría llegado a ser ni tan tonto ni tan célebre, porque tendría mucha competencia. Inmediatamente he llamado a mi Compañía de Seguros de Decesos y he contratado en la póliza una oferta incineratoria atractiva. Después me he guasapeado con mis cinco sobrinos carnales y los he amenazado, uno a uno y por orden alfabético, con aparecerles por las noches y arrastrar cadenas y hacer sonidos de ultratumba si me entero de que cuelgan fotos mías en las redes el día que la Parca me convoque por WhatsApp. Y creo que se han acojonado los pobrecillos. A ver si les dura.

 

 


dom

24

ago

2014

Míster Simonds

Mark Simonds es británico y topógrafo, o viceversa, tiene cincuenta años, dos hijas, un hijo y una hipoteca en Swuineshead, donde vive su familia. Además, se decica a la política desde 2001 y es secretario de Estado de Asuntos Exteriores del Gobierno de su país. O más bien debería decir «era secretario de Estado». Desde hace unos días, la prensa seria y la menos seria —si es que alguien es capaz de distinguirlas a estas alturas— hacen mofas, chuflas, rechiflas y burlas a costa de míster Simonds, que ha renunciado a su cargo político porque su salario de 171.000 € (incluidas dietas) no le permite vivir dignamente con su familia en el centro de Londres (entiéndase por «vivir dignamente» tener en alquiler una vivienda de cuatro habitaciones y dos baños en la capital británica). Dicho de otro modo, míster Simonds se ha cansado de vivir cinco días a la semana en hoteles londinenses y compartir con su familia únicamente los fines de semana en su casa con hipoteca. Cualquiera que haya intentado comprar o alquilar una vivienda en el centro de Londres, como no es mi caso, sabrá que 171.000 € no dan para lo mismo allí que en Gordoncillo, provincia de León, donde los alquileres y los vinos (con tapa incluida) no son tan desorbitados. Imagino que además de las burlas de la prensa, míster Simonds será diana de los dardos envenenados de las chirigotas de Cádiz, de las Fallas de Valencia, de los tertulianos profesionales y aun de los humoristas radiofónicos o televisivos —profesionales y/o amateur— de nuestro país durante una temporadita larga.

 

No obstante y dicho lo cual, alguien tan ingenuo como yo no sale de su asombro por la decisión insólita de este señor, o míster, que por lo visto no sabe cómo medran los políticos de otro país, cuyo nombre tengo en la punta de la lengua pero no me sale, enclavado entre los Pirineos y África, y no es Portugal ni el Principado de Andorra. Bueno, ya me saldrá el nombrecito cuando quiera salirme. Lo digo, porque este buen señor, o míster —permítaseme la confianza— no debe de haber oído lo que aquí es vox pópuli: que a la política uno no debe entrar para hacerse pobre, sino para todo lo contrario. Seguramente míster Simonds no conoce cómo nos las gastamos en otros «países hermanos»: el mangoneo, el mamoneo, el choriceo, el saqueo, las comisiones, la apropiación indebida, el trato de favor, los ingresos no declarados, el latrocinio, la prevaricación y así hasta casi el infinito o un poco más acá (pero no mucho) al que estamos acostumbrados en estos lares de la Unión Europea, que cada vez es más europea y menos unión.

 

Tampoco salgo de mi asombro al tener noticia de alguien —míster Simonds, precisamente— que renuncia a la política porque no llega a fin de mes con su sueldo público. Aquí, si no nos llega el sueldo, nos lo subimos, faltaría más. Aquí, hasta el consejero de Festejos y Cultura Local de la más minúscula autonomía tiene casa en el centro de su capital y vive con su familia, como Dios manda, y con chacha para los niños (a cargo del Estado, naturalmente). Y me «viene a las mientes», que diría don Quijote, el caso de cierto presidente autonómico que a micrófono abierto (él creía que estaba cerrado, faltaría más) pronunció aquella frase célebre y trite a la par: «Yo estoy en política para forrarme». Cosas más sorprendentes habrás de ver, amigo Sancho. Y las estamos viendo.

 

En fin, a mí no me parece que míster Simonds se merezca nuestras chanzas. Por el contrario, se me saltan las lágrimas, como al Lazarillo de Tormes frente a un trozo de tocino rancio, al pensar que prefiere trabajar de topógrafo, o escribir sus memorias, antes que meter la mano en la caja de caudales pública o privada, desviar dinero a paraísos fiscales, o jubilar con solo diez años cotizados a su suegra, a su sobrino político, al director del colegio de sus hijos, al propio conserje del colegio, o al dueño de la inmobiliaria de la esquina, que es hermano de una novia que tuvo en el segundo curso de licenciatura (ahora grado, gracias al Plan Bolonia), y con el que se lleva muy bien a pesar de que no fue más que un amor de verano el que tuvo con su hermana.


mar

19

ago

2014

Ars narrandi

Sostiene mi amigo Raimundo que hay tres tipos de escritores según los lectores a quienes  se dirigen.

 

A saber:

 

a.- El escritor que escribe para el lector en general (verbigracia, Leonardo Padura).

b.- El escritor que escribe para otros escritores (verbigracia, Roberto Bolaño).

c.- El escritor que escribe para sí mismo (verbigracia, Antonio Pérez).

 

Según mi amigo Raimundo, el equilibrio entre los tres es perfecto mientras cada uno se mantiene fiel a sus principios. El problema (mi amigo Raimundo dice "el drama") se produce cuando el escritor que escribe para sí mismo y presume de ello (es decir, el tipo "c") se levanta un buen día con acidez de estómago y decide que también lo leamos los demás.


mié

02

abr

2014

Carta abierta (y cerrada) a la Secretaria de Estado

Iluminadísima Sr. Dña. Monserrat Gomendio Khindelan, Secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades:

 

Desde ayer anda el patio revuelto por el asunto del dichoso Informe PISA, que a pesar de lo que muchos pensábamos no tiene nada que ver con la famosa torre inclinada de Idem, aunque a juzgar por la polémica que genera, quizá algún mal de cimentación sí que tenga, como la torre.

 

Ahora resulta que los alumnos españoles, que estaban a la cola de la cola, lo están también a la cola de «resolver asuntos domésticos»; léase: «buscar la ruta más corta en un mapa de carreteras, manejar y programar aparatos y electrodomésticos complejos, comprar billetes de transporte con combinaciones de líneas», etcétera, etcétera, etcétera.

 

Descubrir la pólvora a estas alturas de la civilización resulta no solo ridículo, sino incluso caro. Creo que cualquier profesor de Primaria o Secundaria (también el profesorado universitario, sin duda) podría haberle dado esos datos, ¡y gratis! Pero a veces preguntamos la hora a quien no tiene reloj. Todo lo que cuenta el informe lo sabe la mayoría de los padres, de los profesores e incluso de los extranjeros que nos visitan y que ni siquiera hablan nuestro idioma. En una ocasión, cuando yo ejercía la digna profesión de docente de la que me exilié con premeditación y alevosía para ver el mundo desde mi ventana, me tropecé con una alumna que, después de una actividad en el Museo Arqueológico de nuestra ciudad, (apenas a 1.500 metros del instituto) me dijo que no sabía regresar a su casa sola. Pues sí, es verdad, no se orientan; no saben programar una lavadora; no saben programar el aire acondicionado y, si me apura, no saben hacer su cama o fregar los platos.

 

Pero una vez reconocido esto, y mucho más. Ayer, creo que fue ayer, usted, Iluminadísima Sra. Secretaria de Estado, licenciada en Biología, investigadora, autora de más de ochenta libros, Miembro Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, etcétera, etcétera y mil etcéteras… Ayer, digo, saltó usted a la palestra para declarar ante las cámaras, sin mover un músculo de la cara, por lo que se deducía que no se trataba de una bromita para relajar tensiones, que la culpa de todo esto, es decir, de que nuestros jóvenes y jóvenas sean torpes de necesidad, es de los profesores y de las metodologías obsoletas y decimonónicas que se utilizan en este país. Y para rematar —si es que la afirmación en sí misma no fuera ya un remate a modo de puntilla taurina— se atrevió a pronosticar que todo eso se acabará, ipso facto, cuando se implante la Gloriosa LOMCE, a la que todos deberíamos esperar como agua de mayo. ¿Y se queda usted tan pancha?

 

Pues bien, Sra. Secretaria, etcétera, quiero decirle que seguramente esa «niña» que mencioné antes y a la que yo daba clases de Latín no sabía volver a su casa porque mi forma de explicar el Ablativo Absoluto, los valores del Genitivo y los verbos deponentes y semideponentes era decimonónica y obsoleta. Seguramente esa «niña» no sabía volver a su casa, porque la profesora de Arte le proyectaba diapositivas en una pared mugrienta y rugosa del aula en vez de llevarlos al Prado y conducirlos cual grácil auriga por las pétreas salas inundadas de belleza y armonía.

 

Sepa usted, señora mía, que yo —por edad y por las cosas de la vida— no estudié con la LOGSE, ni con la LOE, sino con la LESAEN (La Letra con Sangre Entra), que fue instituida por el también Ilumindadísimo Marco Fabio Quintiliano, natural de Calahorra, hace unos 2.000 años (para redondear), y que estuvo vigente hasta tiempos no muy lejanos. Por supuesto, no voy a reivindicar la metodología de Quintiliano que, por otra parte, detesto; pero sí quiero contar algo al respecto, si me lo permite:

 

PRIMERO. Yo aprendí Arte con doña Encarna Guirao, que nos mostraba las fotografías de los libros para que nos hiciéramos una idea vaga, vaguísima (desde la última fila de un aula de 47 alumnos) de cómo era el David de Miguel Ángel. Las clases eran monótonos dictados donde se describían, sin verlas, las formas de los frisos y las metopas griegas. Cuando tenía que mostrarnos un desnudo en la fotografía de una enciclopedia, doña Encarna, con sus dedos artríticos y prejubilados, tapaba las partes pudendas del doncel o la doncella, para que no nos escandalizáramos ante tan impúdica visión. Hoy en día me conozco el Prado y el British Museum como la palma de mi mano, y frecuento las playas nudistas (en verano, naturalmente).

 

SEGUNDO. Yo aprendí francés y cultura francesa con don Poyatos (nunca supimos el nombre, o no nos interesó saberlo), escuchando los discos de George Moustakí hasta que los surcos parecían caballones, y leyendo en clase a palo seco ("tú, Martínez, un párrafo; tú, Navarro, el siguiente") en francés y sin diccionario ni explicaciones L´Etrangère de Camus. Hoy en día soy un amante de la cultura francesa, de la música y de la literatura, de la gastronomía, y me muevo por París como Perico por sus viñas; tomo el metro, hago combinaciones complejas de líneas de autobuses, hablo de fútbol en francés con los taxistas y creo que podría dibujar un plano a mano alzada de la torre Eiffel, que está repintada con óxido ferroso extraído en una mina de Aragón.

 

TERCERO. Yo aprendí latín y griego a base de repetir hasta la extenuación las formas verbales, los falsos parisílabos de la tercera declinación y los verbos pollirrizos griegos. Mientras fregaba sartenes y cacerolas con un estropajo de esparto, repetía cientos, miles de veces, aquel lambano, lépsomai, élabon, eilefa. Hoy en día soy capaz de programar el aire acondicionado, la lavadora e incluso descalcificar la plancha de vapor mientras repito: eszío, édomai, éfagon, edédoka.

 

Y ÚLTIMO. Quizá debería saltarme este punto, señora Secretaria, etcétera, pero voy a aprovechar el espacio para decirle que yo me exilié de la enseñanza hace unos años porque gente como usted decidió culpar a los profesores de los males de la sociedad, de las desgracias de la clase política e incluso de la humanidad. Ahora que no soy sospechoso de estar haciendo corporativismo, puesto que me he apeado del mundo y me dedico a mis libros y mis paseos junto al mar, le digo que ni el más perro, ni el más gandul, ni el más indolente de los profesores que tiene este país se merece una Secretaria de Estado, etcétera, etcétera como usted, o como ustedes, pues supongo que sus desafortunadas declaraciones no han sido hechas motu proprio.

 

Vale

 

 

 

 


lun

10

mar

2014

psicología versus sicología

Hace algunos días saltó a los medios de comunicación la noticia de una chica menor de edad que apaleaba a otra menor en una calle de Sabadell (Barcelona) de manera brutal. Lo dramático del hecho quedaba superado por la impasibilidad de las amigas que grababan la agresión, con patadas en la cara incluidas, y le gritaban: «María, María, que hay gente». Pero ninguna hizo nada, excepto colgarlo en la red para que la machada —o la hembrada— de la chica saltara al universo web y su ensalada de hostias se difundiera urbi et orbi.

          Hoy leo en la prensa que la Generalitat asistirá a la agresora, a través de la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia (DGAIA), para evitar que continúe reproduciendo «este tipo de comportamientos violentos», y el Gobierno «elaborará un programa especializado, con un equipo formado por psicólogos y educadores sociales, que estudiará el perfil de la menor para tratar así de redirigir su comportamiento».

          Me acordé entonces de cómo era el mundo cuando no existían psicólogos, ni educadores sociales, ni expedientes académicos, como al parecer tenía la agresora abierto en el instituto donde «estudiaba». Y me vino entonces a la mente una noche de invierno de hace unos cuarenta años. Dormíamos plácidamente en casa cuando mi padre oyó en el silencio de la noche un ruido de cristales rotos. Asomóse a la ventana y vio —¡Oh sorpresa nocturna!— a un mozalbete imberbe que acababa de romper el cristal de la tienda que nos daba de comer a toda la familia. Disponíase el susodicho a entrar y hacerse presuntamente con el dinero de la caja (no creo que le interesaran los productos de limpieza e higiene que vendíanse allí), cuando el dueño del local, es decir mi padre, le gritó: «Oye, Fulanico (evitaré decir el nombre, puesto que el chavalote es ahora dueño de una empresa de transporte internacional y tiene un cargo de responsabilidad política), haz el favor de salir de ahí y tira p´a tu casa. Y dile a tu padre que mañana se pase a ponerme el cristal y a pagarlo». El delincuente en ciernes —menor de edad, naturalmente— echó a correr con las manos en los bolsillos, seguramente por el frío. Y la tranquilidad volvió a reinar en la calle. Por la mañana presentóse el padre de la criatura con la criatura en volandas, algo perjudicada a juzgar por el color de higo maduro de su ojo izquierdo. Acompañábalo un cristalero, de apellido Soler, que se encargó de tomar las medidas y de reponer el cristal roto. Después de pedir disculpas medio centenar de veces, el padre del presunto ladrón en grado de tentativa despidióse con una frase lacónica que aún no he olvidado cuarenta años después: «Tú no te preocupes, cagoentó, que a este lo arreglo yo a base de sicología».

 

*psicología [del griego –psico (alma) y –logos (discurso, estudio)]: estudio del alma.

*sicología [del griego –sico (higo) y –logos (discurso, estudio)]: estudio del higo.


lun

03

mar

2014

Taxis, puticlubs y paisaje urbano

La ciudad en la que vivo tiene mar, palmeras, mucho sol y taxis con publicidad de un puticlub cuyo nombre resulta ya parte de la identidad del paisaje urbano. Decía mi amigo Raimundo, antes de retirarse del mundanal ruido, que cada vez que veía a alguien subir a uno de estos taxis le parecía que estaba fomentando con ese gesto la trata y el tráfico de mujeres. A veces nos enzarzábamos en interminables diatribas sobre este particular, que acababan casi siempre en tablas. Me gustaba chincharle diciéndole: «Lo que pasa, Raimundo, es que tú eres un puritano». Para ser justo, debería precisar que no conozco a nadie menos puritano que él. Desde que Raimundo se marchó, ya no hablo con nadie de estas cosas ni de casi ninguna. Quizá por eso las escribo, porque echo de menos nuestras charlas. Ayer, cuando subí a un taxi para ir al aeropuerto, me vino a la cabeza un informe que leí hace un par de días en el que dejaba constancia de que en España hay 300.000 prostitutas de las que el 90% son extranjeras, y llegan a esta situación por las drogas, el alcohol o las deudas que contraen para salir de sus países; que la mayoría es víctima de las redes y vive en un régimen de semiesclavitud; que la prostitución es el negocio más lucrativo en el mundo tras el tráfico de armas y por delante del narcotráfico; que en España se gastan 18.000 millones de euros al año en locales de alterne como el que anuncian con letras gigantes algunos taxis de esta ciudad… No entendí bien lo que me respondió el taxista cuando le dije que había cambiado de idea y prefería ir en autobús, pero por su gesto deduje que no era una lindeza. Luego, al pasar el arco de seguridad del aeropuerto, pensé que Raimundo, cuando se lo contara, se sentiría orgulloso de mí. Aunque quizá, para chincharme, me dirá que soy un puritano.

 


sáb

01

mar

2014

Mi vecina de rellano

Mi vecina de rellano tiene cien años recién cumplidos, nombre español y apellido francés. Habla un perfecto inglés con acento del norte y un perfecto francés con acento del sur. Su padre fue cónsul galo, además de cuñado del escritor Gabriel Francisco Víctor Miró Ferrer; es decir, mi vecina de rellano es sobrina política del ilustre Gabriel Miró, autor de aquel obispo leproso, cuyo argumento sería incapaz de resumir, a pesar de haberlo leído más de una vez. Asegura mi vecina de rellano que su tío político era divertido y muy guapo, y yo la creo. Me pregunto quién lee hoy en día a Gabriel Miró. Y, si ahondo en la herida, me pregunto quién lee hoy en día a aquellos autores que copaban los escaparates de las librerías, cuando existían librerías con escaparates. Me pregunto quién lee hoy a Cela, o a Ramón J. Sender y su Tesis de Nancy, título con el que intentaron rejuvenecer las programaciones educativas en la etapa prelogse. ¿Quién lee hoy a Blasco Ibáñez, que se zampó el pastel del mercado literario de su época? Me pregunto quién leerá dentro de cincuenta años o de cien a los autores que llenan hoy las páginas de los blogs y de los ya casi inexistentes suplementos literarios, o se exhiben en ciertos supermercados junto al champú de esencias para cabellos rebeldes. Me pregunto quién se acordará de los autores que ahora idolatran los críticos literarios, o quién se acordará de los propios críticos literarios. Y por último, me pregunto quién hablará de ellos cuando estén muertos. Bonito título para una película, si a Agustín Díaz Yáñez no se le hubiera ocurrido aquella genialidad que hoy casi nadie recuerda.


mar

11

feb

2014

Hemingway para hipocondríacos

Mi amigo Raimundo es hipocondríaco desde que lo conozco, es decir, de toda la vida. Cuando vivíamos en la misma ciudad, dábamos largos paseos por la playa en invierno mientras hablábamos de sus cánceres de piel, infartos de miocardio e insuficiencias renales varias, que ningún análisis consiguió jamás detectar. Ahora que se ha retirado a vivir al campo, me llama de vez en cuando en mitad de la noche para preguntarme, por ejemplo, si yo conozco a alguien que padezca mucopolisacaridosis, o esfingolipidosis. «¿Leve o aguada?», le pregunto con intención de chincharle. Y él me dice: «Déjate de coñas, que esto es muy serio». Y yo no dudo de que lo sea. El médico del pueblo en el que ahora vive Raimundo debe de reconocer a los hipocondríacos a la legua pues, según me ha contado mi amigo, le ha recetado que lea cada día un relato de Hemingway para combatir la glicosilación protéica que Raimundo sospecha que padece. Además, le ha insistido en que sean los relatos del escritor de Illinois —uno diario, en ayunas— y no las novelas, que según su médico están contraindicadas para la enfermedad mitocondrial que también cree padecer Raimundo. Yo trato de consolarlo. Le cuento que me he hecho un análisis estos días y tengo alto el colesterol, la glucosa, la creatinina, los triglicéridos y el urato. Y él me responde: «Qué suerte tienes, condenado; tú por lo menos ya sabes lo que padeces».


vie

31

ene

2014

El arte de la anticipación

El sueño más recurrente de ciertos políticos es la anticipación: inaugurar puentes, autopistas y aeropuertos antes de que estén en funcionamiento; anunciar triunfos electorales antes de que los ciudadanos hayan votado; es decir, vender la piel del oso antes de cazarlo. Para los anales de la anticipación queda la jugada magistral de cierto ministerio español, que no hace mucho anunció una redada contra el terrorismo y la detención de sus diligentes, además de la incautación de abundante material y documentos; pero la paradoja es que alguien lanzó la noticia a bombo y platillo en la web y  saltó a las redes sociales media hora antes de que se produjera. Como era de esperar, los terroristas, que saben leer y tienen twitter y facebook, se anticiparon al anticipado anuncio de la redada y, o bien pusieron los pies en polvorosa, o bien destruyeron los documentos comprometedores, a la par que abundantes. También al periodista moderno y guay le gusta anticiparse a la noticia antes de que ocurra, degradando la profesión a un estatus más cercano al arte de la quiromancia que al de contar las cosas que han ocurrido. Atrás quedan los tiempos en que la gente tardaba semanas, meses o incluso años en enterarse de que había empezado o terminado una guerra. Un ejemplo, tal vez algo extremo, es el del teniente japonés Hiroo Onoda, que fue destinado en plena Segunda Guerra Mundial a la remota isla filipina de Lubang, con la orden de "no rendirse ni suicidarse". En 1974, cuando finalmente salió de su escondite muy a su pesar, hacía casi treinta años que la guerra había terminado. Hiroo Onoda se lamentaba amargamente de que las noticias tardaran tanto tiempo en llegar. Su caso, con la eximente de que la radio llegaba con muchas interferencias a la selva filipina, se encuentra en las antípodas del arte de la anticipación.


mié

15

ene

2014

La memoria digital

El traslado de una biblioteca es como el traslado de la memoria. Mientras llenas las cajas, encuentras el primer libro que compraste, el primero que te regalaron, el primero que dejaste a medio leer, o el primero que releíste. Hay muchos primeros. Me pregunto cómo será la memoria de nuestros hijos en un futuro no muy lejano: el primer libro que se descargaron en el e-book, el primero que piratearon, el primero que compraron en Amazon. El traslado de una biblioteca despierta añoranza. Abres un libro al azar, antes de guardarlo, y encuentras un marcapáginas que tiene treinta años, de una librería que ahora es una tienda de fundas de móviles, o de una ciudad que apenas recuerdas; o encuentras una fotografía de alguien a quien habías olvidado, quizá tú mismo, o de un lugar en el has estado y que ya no existe. Me pregunto cómo será el traslado de una biblioteca digital almacenada en un disco USB de tres millones de megagigas comprimidos en el volumen de un dedal, donde caben todos los libros de la humanidad, cuatrocientas mil veces la capacidad de la Biblioteca de Alejandría, libros que nunca podrán leer nuestros hijos ni nuestros nietos, ni siquiera en varias vidas. Mareado por el vértigo que me produce la reflexión, guardo el último libro de mi biblioteca en su caja. El transportista cuenta el número de bultos, calcula el espacio que necesitará en el camión y me pregunta si los he leído todos. Le digo que sí, que al menos lo he intentado, pero lo importante no son los libros, sino lo que significan para cada uno. Me hace un gesto neutro —ni sí, ni no—, luego coge la primera caja y se lleva en sus manos un trozo de mi memoria, es decir, de mi vida.


mié

01

ene

2014

Raimundo y yo

 

A mi amigo Raimundo, a quien de pequeño llamábamos Platero, le ocurre con frecuencia que recuerda lugares en los que nunca ha estado, o a personas a las que no ha conocido, o paisajes que jamás ha visto; recuerda olores y también sensaciones que nunca ha tenido. A veces son conversaciones que no ha escuchado. Recuerda, por ejemplo, a dos mujeres que en cierta ocasión se encontraron en la calle —no en la calle de una ciudad grande, sino de un pueblo pequeño como en el que Raimundo vive ahora retirado—; recuerda el momento en que las dos se saludan y se detienen, que hablan sobre cualquier cosa: algo que les ocurrió hace años y que ahora están recordando mientras él a su vez las recuerda a ellas. Luego sigue cada una su camino y Raimundo se olvida de las dos mujeres. Y meses más tarde las recuerda de nuevo paradas en la esquina, una tarde de otoño, en una calle por donde no pasa nadie más que ellas o su recuerdo. Tiempo después  encuentra esa escena y la conversación descritas en un libro, y Raimundo sospecha que alguien le roba sus recuerdos y se lucra con ellos. Yo trato de convencerlo de que no, de que eso es imposible. Y Raimundo me mira y me dice: «Espero que nunca te pase nada parecido».

 


dom

29

sep

2013

Periodismo, tradición y tecnología

 

Es una realidad que la prensa escrita pasa por uno de los peores momentos desde que se convirtió en un medio de comunicación de masas con la ayuda del ingenioso herrero Johanes Gutenberg y la inestimable colaboración de Otto Merghentaler, alias el Tiralíneas.

 

En la última década, numerosas cabeceras de periódicos históricos han claudicado, disfrazando su paso del papel al formado digital como un triunfo de la adaptación a los nuevos tiempos, en lugar de como un fracaso de gestión, de pérdida de lectores o de incapacidad para anticiparse a la que se les venía encima desde hacía unos cuantos años. También —y hay que decirlo—, por la desidia profesional y de gestión: despido de periodistas con mucha experiencia; becarios que realizan sin cobrar el trabajo que antes hacían los veteranos; reducción de medios; condiciones precarias, etcétera.

 

En nuestro país, el periódico impreso —en los casos en que se mantiene— se tambalea peligrosamente, mientras la prensa digital va ganando terreno y colocando sus pequeñas picas en Flandes. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. La globalización de la tecnología hace que todos podamos ser periodistas —también cineastas, reporteros de guerra, espías al servicio de su Graciosa Majestad… pero eso es otra historia—. Cuanto mayor es la crisis de los grandes periódicos tradicionales, mayor es la proliferación de “periódicos” digitales que se pueden montar, dirigir, gestionar y editar desde la mesa de la cocina, con la única ayuda de un ordenador con conexión wifi y unos conocimientos básicos de informática.

 

Si me extiendo tanto en este preámbulo no es para criticar el derecho de cada uno a convertirse en periodista, a editar su periódico, a lanzar a diestro y diestro la información. No, no es esto de lo que me lamento, sino del desamparo en el que quedamos quienes buscamos en los medios de comunicación algo más riguroso sobre lo que ocurre o suponemos que ocurre en el mundo. Me refiero a los que buscamos algo tan simple como información.

 

En los últimos tiempos es muy fácil convertir en verdad algo que no ha sucedido; enterrar a quien aún vive y colea; lanzar bulos envenenados sobre la vida de cualquier personaje o personajillo. Además, los nuevos “medios periodísticos” se retroalimentan unos de otros, de manera que basta con lanzar una noticia para que se multiplique y se comparta en cuestión de segundos sin que nadie se moleste en contrastarla. Hagamos la prueba. En una tarde de domingo lluviosa y más bien aburrida, no necesito más de hora y media para crear una plataforma digital gratuita con forma de periódico. Segundo paso. Corto y pego noticias de otros periódicos —ni siquiera hace falta que sean los más grandes—, que voy colocando en las distintas secciones: economía, cultura, deportes. Luego creo mis propias noticias. Por ejemplo: «Muere Roberto Carlos, el cantante brasileño, a los 72 años»; «Gabriel García Márquez publica una emotiva carta de despedida de sus lectores»; «Se descubren unos documentos que demuestran que Carlos Gardel nació en Barbastro, Huesca»; «La Ministra de Decencia y Decoro pillada en un sexshop de Montpellier acompañada de un sacristán de la catedral de la Almudena»; «Estudios recientes demuestran que el aire que se respira en el cinturón industrial de Madrid provocará cáncer en 8 de cada 10 personas en los próximo tres años»; «La canciller alemana compra ropa interior fabricada en países del Tercer Mundo donde se explota laboralmente a los niños»; «Un estudio histórico publicado en la Universidad de Princepton (Nueva Jersey) demuestra que Cataluña fue República Independiente durante la dominación romana»; «Los smartphone de Apple emiten ondas electromagnéticas que inhiben el deseo sexual»; «El periodista Javier Sempere demuestra que el fútbol es un invento de los árabes»; «Se descubren elementos tóxicos en los yogures de la marca Yoplait»; «El Parlamento de Francia se plantea reinstaurar la pena de muerte»; «Un estudio clínico revela que el deterioro físico del rey Juan Carlos se debe a la endogamia de los Borbones»; «Los españoles no saldrán de la crisis hasta la segunda semana de junio de 2063»; «Dos millones de españoles encontrarán trabajo en Alemania en el último trimestre de 2013»; «Tres de cada cuatro parados sobreviven gracias a la comida que encuentran en los contenedores de basura.»

 

En fin, la lista es interminable. Pero lo cierto es que no hay más que poner una de estas noticias en una plataforma digital creada ad hoc, una aburrida tarde lluviosa de domingo, para ver cómo la noticia se multiplica exponencialmente. A veces, ni siquiera es necesario redactarla: basta con subir un titular a alguna de las redes sociales en las que desahogamos nuestras frustraciones (de manera legítima, por supuesto).

 

Me pregunto qué pasará cuando el último de los periódicos tradicionales despida de su plantilla tradicional al último de sus tradicionales periodistas, y la información tradicional pase a mejor vida. Me preguntó qué ocurrirá cuando los medios obsoletos claudiquen ante las posibilidades que nos ofrecen las novísimas tecnologías, ante la libertad para informar y ser informado. Pero es una pregunta para la que no tengo respuesta. Mientras tanto, me paseo por la ciudad con un periódico de papel en una mano y mi tablet en la otra, consciente de que no falta mucho para que mi fuente de información sea el patio de vecinos, la cafetería de la esquina, Facebook o alguno de los nuevos medios de comunicación escrita que cada vez están más al alcance de nuestra mano.


mié

14

ago

2013

Diez consejos para ser un escritor maldito

1.- Si usted se llama Pepe Pérez o Paco García, búsquese un seudónimo para luchar contra la tiranía y falta de imaginación de sus padres. En general, se llame como se llame, firme sus libros con otro nombre. Eso es una manera de rebeldía que los lectores suelen interpretar como propio de un tonto el haba y, en consecuencia, le dan la espalda al autor.


2.- No mande sus manuscritos a premios literarios ni editoriales al uso. Autopublíquese. El escritor que entra en el circuito comercial jamás alcanzará el malditismo.


3.- Escriba sobre temas que no le interesan a nadie. Ni siquiera a usted, si fuera preciso. El malditismo exige esos sacrificios a los que la mayoría no está dispuesta.

 

4.- No escriba nunca frases como esta: «Siga a ese taxi», «Amaneció un bonito día», «Sus acometidas duraron una eternidad», «Acarició sus turgentes pechos». Podría ocurrir que en vez de considerarlo maldito lo considerasen imbécil, y esa es otra categoría.

 

5.- Utilice muchos adverbios en –mente y abuse de los gerundios. Sin duda es la mejor manera de granjearse la enemistad de la mayoría de críticos literarios, expertos en cazarlos al vuelo.

 

6.- Niéguese a conceder entrevistas. Y en caso de que nadie quiera entrevistarlo, búsquese un amigo periodista que le haga la interviú y aproveche para declarar -marcado en negrita y urbi et orbi- que odia las entrevistas.

 

7.- No promocione sus libros ni hable de ellos. Ningún escritor maldito anuncia en Facebook o en Twitter que ha publicado algo.

 

8.- Procure que las tiradas de sus libros no superen los 100 ejemplares. Tal como está el panorama, corre el riesgo de vender 101 y entrar en las listas de bet-seller.

 

9.- Haga saber a todo el mundo que desprecia las nuevas tecnologías; que no tiene móvil ni ordenador; que Internet es la muerte de la creación; que escribe con bolígrafo Bic punta fina, como lo haría Cervantes si levantara la cabeza.

 

10.- Desprecie a todos los escritores modernos y contemporáneos, incluso a usted mismo, y declare únicamente su devoción incondicional por Bukowski, padre del malditismo.



dom

21

abr

2013

Carta a Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Estimado D. Giuseppe:

 

No vaya a pensar Ud. que me gusta molestar a los muertos en su descanso eterno, pero acabo de pasar delante de su palacio, o lo que en otro tiempo fue su palacio, en la Via Butera de Palermo —ese lugar grande y decadente donde impartía clases de literatura inglesa, a partir de las seis de la tarde, tres días a la semana—, y decidí escribirle estas líneas para no quedarme con las ganas de contarle algunas cosas que me dan vueltas en la cabeza desde hace tiempo y que sin duda Ud. desconoce.

 

Ud. no puede saberlo, imagino, pero pocos meses después de su muerte se publicó por fin esa novela suya, El Gatopardo, que había sido rechazada por otras editoriales, Mondadori, por ejemplo, y que se decidió a sacar a la luz Feltrinelli, en una apuesta arriesgada y valiente. Tampoco puede Ud. saber que su novela fue un éxito desde el primer momento; que se tradujo a muchos idiomas y que fue llevada a la pantalla por Luchino Visconti. Sí, el papel de Don Fabrizio lo interpretó magistralmente Burt Lancaster. Y entiendo que se sorprenda al enterarse ahora. La novela levantó un gran revuelo entre la gente que trató de leerla en clave política. Para no extenderme mucho, le diré que la criticaron tanto los de derechas como los de izquierdas. A mí, permítame que se lo diga, me fascinó.

 

Me fascinó esa novela decimonónica escrita en mitad del siglo XX. Me fascinó el retrato de la sociedad palermitana, anclada en su decadencia (las cosas no han cambiado mucho, se lo aseguro). Me fascinó su prosa, sus frases nada inocentes, su manera de retratar una época que puede hacerse extensible a muchas otras épocas, incluida la actual, entre la decadencia y la falta de valores que no sean medrar para enriquecerse. Ahora, sin ir más lejos, la clase política y económica se encuentra en una situación parecida a la que se encontraba la aristocracia siciliana cuando Garibaldi desembarcó con sus mil hombres, que al parecer eran poco más de ochocientos. Y espero que los cambios que se avecinan no sirvan para «que todo siga igual», si me permite que utilice con torpeza sus propias palabras.

 

Le confieso que me habría gustado conocerlo personalmente y no solo a través de su novela. Siempre quise ser grande, gordo y triste como Ud., porque considero que las personas tristes son verdaderos optimistas reprimidos. También le confieso que algunas de sus frases permanecen recopiladas en pequeñas libretas que guardo desde que tenía 18 años. Por ejemplo, recuerdo bien aquella que parece un aforismo: «Mientras hay muerte hay esperanza». Pero me gustan más esas otras frases que nos conducen a su mundo, que ahora también es el mundo de muchos de nosotros. Le confieso que me habría gustado escribir aquella frase: «Pertenezco a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto en estos ni en aquellos». Pero ya la escribió Ud., y yo soy muy respetuoso con la propiedad intelectual, aunque estos no sean tiempos propicios para semejante quijotada.

 

En fin, para terminar quiero decirle que me sé frases de memoria de sus personajes, como aquella de… «Sus sábanas deben de ser la fragancia del paraíso». Y, por supuesto, cada vez que contemplo el mar recuerdo esa descripción que Ud. hizo de su mar, el de Palermo, frente al que le escribo estas líneas: «… compacto, oleoso, inerte, se extendía ante él, inverosímilmente inmóvil y agazapado como un perro que se esforzaba por volverse invisible a las amenazas de su amo».

 

Deseo, sinceramente, que mi carta —en unos tiempos en los que ya no se escriben cartas— no haya servido para perturbar su descanso. Y, por supuesto, no espero su respuesta.


Reciba el testimonio de mi más alta consideración,

 

L.L.



mié

27

feb

2013

Diez consejos para escribir una novela

En cierta ocasión, después de impartir una conferencia titulada «La Generación del 98 y la uva garnacha, entre la modernidad y la tradición», el presidente del Ateneo Científico y Literario que organizaba las jornadas culturarles se me acercó y me preguntó a bocajarro: «¿Qué me aconseja usted para escribir una novela?». Durante tres años me he repetido esa misma pregunta que en su momento no supe responder. Por fin hoy, después de una profunda reflexión, creo que estoy en condiciones de aconsejar qué debe hacer uno para escribir una novela. Me gustaría pensar que aquel señor tan amable, del que no he vuelto a saber nada, va a leer estas líneas y sabrá perdonarme por mi demora en la respuesta.


1. Lo primero que necesita el futuro escritor o escritora para escribir una novela es una idea. Una vez que se posee la idea, déjese madurar durante un tiempo: pongamos, un mes; si es un año, mejor.

 

2. Póngase el aspirante o la aspirante a novelista una fecha concreta para empezar la novela. Por ejemplo, dígase a sí mismo o a sí misma: «Mañana voy a empezar mi novela». Mejor, si se dice: «Mañana voy a empezar mi novela pase lo que pase».

 

3. Cene de manera frugal la noche anterior y váyase a la cama temprano. Si tiene costumbre de leer antes de dormir, no cambie de costumbre. Lea preferentemente el Almanaque Zaragozano para no sufrir contaminaciones estilísticas graves. Si prefiere ver una película, procure que no sea de Jim Carrey, porque ningún amante de las películas de este señor ha ganado aún el Premio Nobel de Literatura, que se sepa.

 

4. Madrugue, aunque no tenga costumbre. Empezar a escribir a media mañana es como comenzar una libreta por la mitad.

 

5. No salga a hacer footing, no saque a pasear el perro, no haga planes para esa mañana, no consulte por Internet el estado de su cuenta bancaria, ni lea la prensa digital. Concéntrese en lo que verdaderamente le importa: su novela.


6. Si no se duchó antes de acostarse, dúchese ahora. Póngase ropa cómoda, ni ancha ni estrecha, con la que no vaya a pasar ni frío ni calor (el frío o el calor no deben ser una excusa para no empezar su novela).


5. Desayune exactamente lo mismo que desayuna todos los días. En contra de lo que opinan algunos, el desayuno no afecta a la calidad literaria. Acompañe el desayuno con un café o un té en su taza favorita (la mía es de James Joyce, regalo de Rosa Pastor, librera y amiga). Si es usted hipertenso, tome una infusión cualquiera: manzanilla o poleo-menta. En realidad, se trata de una excusa para tener entre las manos una taza, sentir el tacto relajante del asa y llevarla de un sitio a otro mientras se prepara para el momento decisivo.


7. Busque un lugar de la casa con buena iluminación, una mesa, una silla o sillón y, a ser posible, que no tenga vistas a un lago, un bosque o un valle. Evite las distracciones paisajísticas.

 

8. Si escribe a mano, pertréchese de lápices o bolígrafos, folios o libretas. Si escribe en ordenador, consiga una computadora y asegúrese de que funciona.

 

9. Una vez sentado frente a la mesa, deje la taza a su derecha (a la izquierda si es zurdo), coloque el teclado del ordenador delante de usted, mire fijamente a la pantalla en blanco, piense en la historia que ha estado madurando en el último mes o en el último año.


10. Deslice suavemente los dedos sobre el teclado y procure ir contando paso a paso, frase a frase, la historia que se le ha ocurrido o que le han contado, y procure guardar cada cierto tiempo lo escrito para que un corte en el suministro eléctrico o una avería del computador no malogre su esfuerzo.

 



dom

27

ene

2013

Facebook, Twitter y la Muerte

Cuesta trabajo recordar cómo era el mundo antes de la Revolución Tecnológica y de lo que vino más tarde: la globalización de la información y de los sentimientos, las redes sociales. ¿Cómo eran el mundo antes de que existieran Facebook, o Twitter?, es decir, ¿cómo era el mundo hace apenas cinco años, seis si me apuran? Algunos ya no lo recuerdan; otros no lo han conocido.

 

Sin embargo, hay cosas que no han cambiado: la distancia entre Alicante y Lima, por poner un ejemplo, sigue siendo la misma; la esperanza de vida del ser humano no ha variado prácticamente en los últimos cinco años, minuto arriba, minuto abajo; incluso el pasmo ante la muerte se mantiene desde hace siglos, me atrevería a decir milenios. Pero hay algo que indefectiblemente ha variado. Me explico.

 

Hace un tiempo fui testigo de cómo una amiga, con la que había quedado en la terraza del casino de Torrevieja para charlar un rato frente al mar, se enteraba a través de Facebook, en ese preciso momento en que uno deshace el azucarillo en el café y le da vueltas a la cucharilla —da igual a la izquierda o a la derecha, según la herencia genética— de que un buen amigo suyo había muerto pocas horas antes en Madrid. Estas cosas ahora ocurren o pueden ocurrir así. Conectas el ordenador, el teléfono, la tableta; entras en las redes sociales y alguien escribe «ha muerto Vladimir Nabokov» o «ha muerto J. K. Rowling» o el primer amor de tu vida, ese gran amor que te inspiró tantas horas de amargura y unas pocas de poesía, o viceversa. Y uno no se para a pensar en que Nabokov murió en 1977; o en que la señorita Rowling quizá esté tomando en esos momentos, si son las cinco de la tarde, un té plácidamente mientras lee el anuncio de su muerte; o en que el gran amor de tu vida hace más de diez años o de diez siglos que dejó de serlo y ahora comparte su vida con una peliteñida o un peliteñido, diez años menor que nosotros, en un barrio de clase media escribiendo sus memorias para olvidar el pasado, paradójica contradicción.

 

La muerte o la noticia de la muerte se cuela ahora en directo en nuestras vidas, tal vez en el mismo momento en que se está produciendo, antes incluso, si el moribundo tiene tiempo de echar mano a su teléfono y contar urbi et orbi que está a punto de morir. Otras veces las redes sociales —algunas, al menos—, nos sobreviven y nos hacen eternos, en una falsa eternidad en la que nuestro rostro sigue colgado en la red y la gente nos llama, nos invita a eventos y nos felicita por nuestro cumpleaños como si estuviéramos vivos aún.

 

Conozco a un escritor Cubano que llegó a España hace unos años desengañado de la revolución: periodista, poeta, novelista, disidente y algunas cosas más. Ahora se cumple un año de su muerte. Encontraron el cuerpo cuatro días después de su fallecimiento. Él fue la primera persona de la que recibí una invitación para entrar en las celebérrimas redes sociales. A su funeral asistió medio centenar de personas. Pero son muchos más los que no se enteraron y siguen sin enterarse. La imagen del escritor continúa activa en su página personal, como si hubiera sobrevivido a la muerte, como un cid moderno que libra batallas merced al deus ex machina. Ahí sigue, un año después, recibiendo invitaciones, enlaces de sus amigos, de los conocidos, de los que entran en su página y siguen tratándolo como si estuviera vivo. Y en realidad es como si lo estuviera sin estarlo.

 

Uno se pregunta si el día posterior a su muerte seguirá recibiendo en las redes sociales felicitaciones por su cumpleaños, invitaciones a juegos, ofertas de pechugas o contramuslos de Mercadona o de Carrefour, noticias de los viajes de los amigos que quieren compartir su dicha con los amigos muertos, quizá porque no se han enterado de que han muerto. Uno se pregunta cuánto tiempo seguirá su foto colgada en la red, sin envejecer, mientras quienes te invitan a que le des al botón de «me gusta» de su boda van envejeciendo, teniendo hijos, escolarizándolos, asistiendo al bautizo de los nietos e incluso falleciendo. Aunque entonces será como alcanzar la vida eterna, porque los amigos de los amigos, que no se habrán enterado de su fallecimiento, a su vez seguirán enviándoles invitaciones a presentaciones de libros, a participar en juegos, en MI CUMPLEAÑOS, a compartir las fotografías de las bodas que terminarán en más hijos y más fotos de cumpleaños y efemérides varias y así hasta que el mundo se acabe, si es que se acaba y no le sobreviven las redes sociales o lo que sea en lo que estas deriven en el futuro. Y entonces ya nunca podremos decir aquello de «descanse en paz».