los murmullos de la tribu

 

"El rumor de los automóviles y el murmullo de la tribu

llegan hasta las arenas."

 

(Tríbada, Theologiae Tratactus)

MIGUEL ESPINOSA

 

 

 

 

mié

30

ago

2017

El arte de preguntar

 

Desde hace un tiempo hay 10 preguntas que me provocan cierta angustia vital por la imposibilidad de encontrar respuesta. Después de hablar con gente sabia, solo he conseguido respuesta a la pregunta 6.

 

  1. ¿Qué hacía Borges cuando no estaba leyendo o escribiendo?
  2. ¿Por qué hay una hormiga dentro de la urna de la dama de Elche?
  3. ¿Quién inventó el tapón de rosca?
  4. ¿Qué pasaría si WhatsApp desapareciera de los teléfonos?
  5.    ¿Cómo se llama el síndrome de apretar botoncitos que padece Kim Jong-un?
  6. ¿Qué diferencia hay entre cerveza trapense y cerveza de abadía?
  7. ¿Cómo sería la Humanidad si Edipo no hubiera yacido con su madre?
  8.   ¿Llamar perrito caliente al perrito caliente es sinécdoque o metonimia?
  9.   ¿Por qué Kafka y Virgilio quisieron que quemaran todas sus obras cuando murieran?
  10. ¿Por qué algunas personas dan vueltas a la cucharilla en el café a la izquierda y otras a la derecha?

 

 


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sáb

10

jun

2017

El arte de la interpretación de los sueños

Desde que era un niño tengo dos pesadillas recurrentes que me han perseguido durante años. La primera: sueño que se me mueven los dientes y al intentar sujetarlos para que no se me caigan termino con ellos entre los dedos. ¡Dios, qué pesadilla! Una vez le pregunté a un indigente, que había sido psicoanalista antes de desengañarse de la vida, qué significaba aquello y me dijo que probablemente mi madre tenía afición a los geranios. La verdad es que no me quedé muy convencido.

 

Sin embargo, la pesadilla más angustiosa e insistente que he tenido en mi vida es escuchar el valido de una capra aegragus hircus (es decir, una cabra común) debajo de la cama mientras dormito. Es horroroso, lo juro. Se levanta uno con la sensación de haber pasado la noche con Heidi y Pedro el cabrero. En cierta ocasión le pedí ayuda a una amiga que trabajaba de cajera en el supermercado Simago (sí, es que hace ya mucho tiempo de aquello) y, además, había hecho un curso intensivo de 30 horas sobre la interpretación de los sueños. Después de hacerme un interrogatorio exhaustivo sobre mis obsesiones y fobias, llegó a la conclusión de que aquello me pasaba porque mi madre tenía afición a los geranios. Entonces, sí, me convenció. Y me convenció hasta tal punto que durante muchos años dejé de soñar con cabras y dientes que se mueven.

 

Pero hace unos meses le regalé a mi madre un geranio por su cumpleaños. No sé en realidad por qué lo hice. Creo que es la primera vez que le regalo algo por su cumpleaños. El caso es que cuando vio la macetita se le mudó la color, se puso primero pálida y luego colorada en cuestión de segundos. Luego retrocedió como si hubiera visto al diablo y creo, incluso, que se santiguó —de esto último no estoy seguro del todo—. Cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que apartara el geranio de ella. «¿Por qué?», insistí. «Porque me produce una alergia terrible desde que era una niña». Lo cierto es que me pareció que le salían manchitas rojas en las mejillas. Quizá fue solo una falsa percepción. Entonces le pregunté por los geranios que cuidaba en nuestra terraza cuando yo era un niño. Y me dijo que jamás había tenido geranios, que los odiaba. Me confesó que eran madreselvas. Y fue como una revelación.

 

Desde entonces —y eso fue en enero pasado—, los dientes han vuelto a movérseme cada vez que me quedo dormido. Y entre sueños oigo bajo la cama como un balido agudo y penetrante, el de la capra aegragus circus, seguramente. Y ya no sé qué hacer, ni a quién pedir ayuda para librarme de mis pesadillas. Y lo peor de todo es que he desarrollado una alergia a los geranios —los parques de mi barrio están plagados de geranios—, que me tiene un día sí y otro también en el centro médico para ver si me dan un remedio a tanta calamidad. Hay que jeringarse con la interpretación de los sueños.

 


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jue

01

jun

2017

El arte de la observación

Me gusta mucho fijarme en la gente. Por ejemplo, esta mañana fui al médico para que me recetara gasas, esparadrapos  y cosas de esas que me gusta tener en casa cuando me corto partiendo jamón. Delante de mí entró un paciente que me llamó la atención. Cuando entré le pregunté a mi médico, con el que tengo mucha confianza, qué enfermedad tenía aquel tipo. Ya sé que eso es de cotillas, pero a veces entre la curiosidad y el cotilleo hay una delgada línea difícil de definir. "Nada, hombre, nada, estaba preocupado porque le duele la garganta, que es su instrumento de trabajo." No me atreví, por no parecer un cotilla, a preguntarle si era un cantante o profesor de la ESO. Me quedé con esa duda. Me limité a decir "vaya, pobrecito." "¡Qué…! Por lo que veo, ya estás buscando personajes para alguna novela, ¿no?", me dijo mi médico. Él, naturalmente, está al corriente de mi afición a escribir historias. Le dije que sí, que me gustaba fijarme en la gente para luego construir los personajes literarios. Pero no es verdad. La verdad verdadera es que me fijé en aquel hombre porque iba desnudo. Bueno, desnudo del todo no: llevaba un taparrabos. Además, vi un gran cuchillo-machete colgado de su cintura. Pero lo que más me llamó la atención es que llevaba de la mano a un mono. Sí, uno mono, o quizá fuera una mona, no sé; no soy un experto en primates. Y le hablaba. Concretamente le dijo: «Ankagua, Chita». Pero no sé lo que significa.


sáb

18

mar

2017

El arte de informar

Telefónica le informa de que el número que ha marcado está apagado o fuera de cobertura. Además, Telefónica aprovecha la oportunidad para informarle de que usted morirá. Eso no significa que vaya a ser ahora mismo o mañana o pasado mañana. Lo que Telefónica quiere decir es que usted morirá antes o después. Puede ser dentro de un año, de diez o de cien si, por ejemplo, usted es un bebé de escasos meses que ha marcado de forma accidental este número que está apagado o fuera de cobertura. Sea como sea, usted morirá tanto si le gusta como si le disgusta. Piiiiiiiiiiii…


sáb

04

mar

2017

Alergia

A mí no me dan miedo los muertos. Ni siquiera me daban miedo cuando era un niño. Los muertos no se meten con nadie. Los muertos pasan la mayor parte del tiempo yacentes y silenciosos en sus ataúdes. Sí, es verdad que de vez en cuando salen de sus tumbas, se dan un paseo por el cementerio, juegan una partida de mus sobre alguna lápida limpia. Pero poco más. Eso de que los muertos se aparecen a los vivos y les meten el miedo en el cuerpo es una infamia. Lo mismo que las historias que se cuentan de muertos que arrastran cadenas y susurran en la oscuridad. Qué tontería más grande. A mí los que me dan miedo son los vivos. A esos sí que hay que temerlos. Sobre todo cuando vienen con niños y los dejan sueltos como si esto fuera un parque temático. Se mean en los rincones, gritan, corren, se pelean. Pero los adultos son peores aún. Tendría usted que venir aquí el primer día de noviembre y ver la romería que montan. Lo dejan todo hecho un asco. Y además llenan el cementerio de flores. Yo es que tenía una alergia tremenda antes de pasar a mejor vida. Hay alergias que no se curan ni con la muerte.

 


mar

28

feb

2017

Safo y el ibuprofeno

Hace menos de un mes, mi amigo Raimundo, que es algo hipocondríaco —como yo—, se despertó a medianoche con síntomas extraños. Me llamó de madrugada, como suele hacer cuando algo le preocupa mucho o poco, y me lo contó muy nervioso, al borde del colapso. Palpitaciones descontroladas —me dijo—, saliva espesa, arrebato, quemazón en la piel, vista nublada, zumbido en los oídos, sudor frío, estremecimiento incontrolado y palidez semejante a la del moribundo en el momento de claudicar a la vida. «Estoy muy asustado», me dijo, «¿crees que puede ser grave?». Como ya nos tenemos calados, que son muchos años, le pregunté si había conocido a alguna mujer en los últimos días. Me confesó que sí, que a una tal Carmen —el nombre es ficticio para respetar el anonimato—. Luego empezó a hablarme de Carmen como si fuera Talía, la musa del teatro. Le dije que no se preocupara, que leyera el poema de Safo que empieza “Me parece que es igual a los dioses...” y que luego llamara a Carmen para contarle lo que le pasaba, por si acaso a ella le ocurría lo mismo.

 

Naturalmente, mi amigo Raimundo no me hizo caso. En lugar de leer a Safo, al día siguiente fue al médico y le contó las mismas cosas que a mí. Por lo visto, su médico no había leído a Safo y, seguramente, Raimundo se olvidó de mencionarle a Carmen. De manera que le recetó beber mucha agua y zumos, reposo, ibuprofeno cada 8 horas y paracetamol, a la hora de dormir, si los síntomas persistían.

 

Desde hace casi un mes, cada vez que Raimundo queda con Carmen, al volver a casa se toma el ibuproferno, el paracetamol, dos litros de agua, tres de zumo y se mete en la cama a sudar. Pobre Raimundo.


dom

26

feb

2017

El escritor novel (con uve)

Las dos personas a las que más recuerdo de mi ya lejana etapa de editor son a mi psicoanalista y a un escritor, joven promesa, que un día se presentó en mi despacho para ofrecerme su manuscrito inédito y recién terminado. Me explicó que llevaba años trabajando en aquella novela. Me habló de lo importante que era para él la escritura. Se llamaba Pepe Martínez. No me atreví a decirle que su nombre tenía poco gancho comercial, pero le sugerí que buscara un seudónimo, aunque fuera Miguelito mismo, por ejemplo, que sonaba más repostero. Era un tipo interesante; quizá demasiado entusiasta, como suele ocurrir con los escritores noveles e inexpertos. Me dejó el manuscrito y prometí responderle en unos meses. Cuando se marchó, le eché un vistazo al primer párrafo. Siempre me gusta leer el primer párrafo para tomarle el pulso al tono y a la escritura de los manuscritos. Decía así: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». No supe si reírme o llorar. En realidad hice las dos cosas, pero no al mismo tiempo, sino de forma alternativa. Al día siguiente, el Banco embargó las cuentas de la editorial y todos sus bienes por deudas e impagos varios. Ya no volví a saber nada de aquel tipo hasta que salí de la cárcel. Bueno, en realidad, me suelo encontrar su novela en algunas librerías que visito para curar la añoranza del pasado. Lo cierto es que su libro se vende mucho, pero ya no sé distinguir si es su propio libro o el de Cervantes. Quién sabe si Pepe Martínez me hizo caso y, finalmente, se puso un seudónimo, por ejemplo, Miguel de Cervantes Saavedra. No me extrañaría.


vie

17

feb

2017

Domingo de julio

Era un tórrido julio de hace casi treinta años. Era Madrid. Era domingo. Era una pensión ocupada por prostitutas y opositores a notarías y enseñanzas medias. La mayoría de nosotros ya había vuelto, derrotada, a sus casas. Apenas quedábamos dos o tres. Blanca y Alejo, supervivientes como yo de la escabechina, me invitaron a pasar con ellos el domingo en Segovia para alejarnos de tanta tensión. Qué amables eran los dos.

 

Era un Peugeot 205 blanco. Era una brújula en un tiempo en que no existían los navegadores. Pasamos parte de la mañana tumbados bajo el acueducto romano. Partíamos el pan de los bocadillos con un hacha y reíamos continuamente. Sí, reíamos mucho, me acuerdo bien. En mitad de aquel remanso de risas, Alejo contó una historia dramática que había sucedido cerca Elche de la Sierra, su pueblo, durante una nevada que dejó incomunicados a los habitantes de un caserío: falleció un hombre y tardaron varios días en enterrarlo porque el coche de la funeraria no podía llegar hasta allí. Tuvieron al finado una semana conviviendo con los vivos en la casa y siguieron haciendo vida normal y aliviando el luto. Esa historia, años después, se convirtió en el arranque de mi novela El canto del zaigú. Cuando Alejo terminó su historia, paseamos por Segovia y bebimos vino en vasos de plástico. Éramos felices.

 

El martes pasado, veintisiete años después, un señor me recibió en el colegio donde yo iba a tener un encuentro con alumnos. Era el jefe de estudios. Me tendió la mano, me saludó por mi nombre y me dio un sobre con varias fotografías. Lo abrí. En pocos segundos volví a Segovia, a un domingo tórrido de julio, al acueducto, a Alejo y Blanca. Ese hombre era Alejo y no lo era. Los veintisiete años pasaron adelante y atrás en décimas de segundo, como dicen que les ocurre a quienes están frente a la muerte. Fue un viaje rápido pero intenso, incluso doloroso. Éramos nosotros, pero no lo éramos. Nos contamos media vida en cinco minutos, el tiempo que los alumnos tardaron en entrar en el salón de actos. Le conté, cómo no, que aquella anécdota del cadáver no enterrado se había convertido en el arranque de una novela. Espero que algún día la lea. Blanca ya no podrá leerla. Si existe otra vida, quizá me la encuentre algún día en la cantina de los exopositores, de los examigos, de los exjóvenes y se lo cuente. Creo que le divertirá saberlo. Ya veremos.

 


dom

12

feb

2017

El arte del bet seller

De todas las fórmulas para escribir un bet seller y forrarse, la única infalible que conozco es la que relato a continuación. Lea a los escritores clásicos y contemporáneos, especialmente la Poética de Aristóteles y El resplandor de Stephen King. Crezca como persona y escritor al mismo tiempo (tenga en cuenta que usted es humano y nada de lo humano le debe ser ajeno). Escriba sin descanso: Nullus die sine linea (ningún día sin escribir al menos una línea). Prepárese para los múltiples y desalentadores rechazos de todas las agencias literarias y editoriales de su país y de los países limítrofes, incluso de otros continentes. Hágase amigo de un escritor de best sellers y gánese su confianza. Invítelo un día a cenar a su casa. Narcotícelo y enciérrelo en un zulo o, en su defecto, un sótano sin comunicación con el exterior. Convénzalo para que escriba una novela. Amenácelo si es necesario y use la fuerza (bruta o psicológica). Cuando el escritor de best sellers haya terminado la novela, ponga el nombre de usted en el manuscrito y llévelo a todas las agencias literarias y editoriales de su país y de los países limítrofes, incluso de otros continentes. Por último, ármese de paciencia y espere la respuesta.

 


vie

03

feb

2017

El arte de la adivinación

Era la primera vez que alguien me leía el futuro. Yo no creo en esas cosas. No sé por qué entré. Bueno, sí, porque la foto de la adivina me llamó la atención. Era una mujer bellísima. «Conozca su futuro por tres euros con cincuenta céntimos», decía el cartel con su foto. No había bola de cristal, como yo imaginaba, ni tarot, ni nada de eso. Ni siquiera me miró la palma de la mano, como yo esperaba. Únicamente me miró a los ojos y sin previo aviso me dijo muy seria: «Antes de dos días te habrás casado con la mujer de tu vida». Sonreí. Si yo hubiera tenido esposa, podría haberle destrozado la predicción; pero yo era un hombre soltero. Ella también sonrió. Ya he dicho que era bellísima, así que no lo repetiré. «¿Algo más sobre mi futuro?», le pregunté. «¿Te parece poco?» «No, en absoluto, con eso es suficiente, gracias, señora Adivina», le respondí con cierto retintín. Le dejé cinco euros sobre la mesa. «No tengo suelto», me disculpé. «Pues yo no tengo cambio», me respondió. «No importa, quédese con la vuelta». Ni siquiera me dio las gracias. Me levanté y me dirigí a la puerta. Justo antes de salir, me volví para mirarla por última vez. Sí, era bellísima —perdón por la reiteración—. «¿Quieres casarte conmigo?», me preguntó de sopetón. Tragué saliva para ganar tiempo. Me temblaba todo el cuerpo. «Sí», le respondí al cabo de unos segundos, «es lo que más deseo en este momento». Nos casamos al día siguiente. De eso hace ya quince años. Tuvimos mellizos. Físicamente se parecen a mí, pero en otras cosas son clavaditos a su madre. Por ejemplo, cada vez que voy a decir algo, se me adelantan y repiten mis palabras antes de haberlas oído. Se diría que me adivinan el pensamiento


mié

01

feb

2017

El arte de la construcción

El Gran Constructor levantó el primer muro. Luego levantó el segundo. Después levantó el tercero. Finalmente levantó el cuarto muro. Al quinto día descansó y al sexto observó su obra satisfecho. El séptimo día comprobó que había olvidado construir la puerta de salida.


sáb

28

ene

2017

El arte de ligar

Hola, guapa, ¿estás sola?, ¿puedo invitarte a tomar algo?, me suena un montón tu cara, ¿no nos conocemos de algo? Pues sí, ahora que lo dices, nos conocemos muy bien. ¿De qué? Porque tú y yo fuimos marido y mujer en una vida anterior. No, no me mires con esa cara, seguramente no lo recordarás porque hace muchos siglos. Además, la mayoría de la gente no tiene ningún recuerdo de las vidas anteriores. Yo sí. Te llamabas Thomas y yo me llamaba Emily. Nos casamos a los seis meses de conocernos, muy enamorados. Fue el mayor error de todas mis vidas. Te gustaba beber y te jugabas el dinero a los dados en las tabernas. Tuvimos tres hijos: dos niños y una niña. La niña murió por la gripe. Entonces moría mucha gente por la gripe. Era una niña preciosa y muy lista. No se parecía a ti en nada. Ella no te quería. Los niños tampoco. Te sentías muy hombre pegándome. Una vez me diste una bofetada tan fuerte que me dejaste sorda. Sí, me quedé sorda de este oído. Me dijiste da gracias por no haber perdido un ojo. Eras un grandísimo hijo de puta. Yo voy a tomar una cerveza, gracias, ¿qué quieres tomar tú?, ¿adónde vas?, ¿tienes prisa?, menudo Don Juan de pacotilla estás hecho. Veo que has cambiado poco. Vale, pues adiós.


mar

24

ene

2017

El arte del disfraz

Eso ocurrió hace muchos años; tantos que la mayoría de la gente se ha olvidado de cómo empezó todo. Tengo entendido que a él le gustaba mucho disfrazarse de animalitos. Hubo un tiempo en que le dio por disfrazarse de elefantito. Luego vino la época del disfraz de ardillita. También se disfrazó de cocodrilito, de gacelita, de bufalito, de gatito y de tiburoncito. Dicen que era un chavalín inquieto y que se cansaba pronto de todo; por eso siempre estaba buscando disfraces nuevos e innovadores. Un día se disfrazó de ratoncito y ya no quiso cambiar más. La razón la desconozco. Se me olvidó su nombre de pila. Empezaba por ‘S’, me parece. Sin embargo, recuerdo perfectamente el apellido: Pérez.


sáb

21

ene

2017

Alucinaciones

La señora que anteanoche se sentó a mi lado en el teatro me aseguró que se llamaba La Muerte. Yo no la creí, naturalmente. Sé que la muerte existe, pero no creo que le guste el teatro de Ionesco. Para seguirle el juego le dije que yo era rey y me llamaba Baltasar. Fingió creerme, o eso me pareció. Cuando terminó la función bebimos unos cantuesos sin hielo en un garito cercano al teatro. Coqueteamos un poco y nos intercambiamos los números de teléfono. Al salir a la calle, un hombre nos pidió fuego y ella le alargó un encendedor. Se miraron y él debió de ver algo en los ojos de la mujer, porque se alejó horrorizado. No le di importancia. Esta mañana, al leer el periódico me encontré con la noticia y la foto de un atracador que murió ayer después de robar en una sucursal bancaria: en la huida se estrelló con su moto contra un coche de la policía. No me cabe duda de que se trata del mismo hombre que nos pidió fuego hace dos noches al salir de un garito demasiado tenebroso llamado El Infierno. Marqué el número de la mujer que aseguraba llamarse La Muerte y una voz robotizada me informó de que ese número no existía. Luego me miré en el espejo y descubrí que mi piel era negra, muy negra, y sobre la cabeza llevaba un turbante de aire oriental, como el de los Reyes Magos. Supuse que sería otra alucinación más, algo que me ocurre cada vez que voy al teatro a ver una obra de Ionesco.


jue

19

ene

2017

Sueño, mucho sueño

La culpa fue de mis dos hermanas, que son un poco exageradas y muy dadas a las fantasías. Se empeñaron en que yo tenía mal aspecto y que debía visitar al médico. Les dije que era solo cansancio, que en cuanto durmiera un rato me encontraría mejor. Pero empezaron a decir que si aquellos sudores no eran normales, que si estaba muy pálido, que si parecía un moribundo. Pesadas —les dije—, dejadme en paz. Luego me quedé tan profundamente dormido que mi corazón casi dejó de latir. Demasiado estrés en los últimos días. Ellas salieron corriendo y le mandaron aviso para que viniera a casa. Las quiero mucho, es verdad, pero a veces me sacan de quicio. Cuando finalmente llegó, yo llevaba tres o cuatro días durmiendo con un sueño profundo y reparador. De verdad que lo necesitaba. Oí su voz como si estuviera muy lejos. Lázaro, amigo —me dijo—, levántate y anda. Y me puse en pie y me acerqué para abrazarlo, pero ya hacía un rato que estaba despierto. Lo que se contó después fue una exageración de los vecinos y de Marta y María, que como ya he dicho son muy dadas a las fantasías. Se parecen mucho a mi madre, que en paz descanse.

 


dom

15

ene

2017

La razón de la sinrazón

 

No recuerdo quién fue el primero de nosotros que apareció enganchado en los hierros. Pero sí recuerdo que poco después ya éramos cuatro, cinco, una docena. Al cabo de unas semanas éramos varios centenares. Dicen que la culpa fue de un italiano. Pienso más bien que la culpa es de la estupidez humana. Aquellos cientos pasamos a ser miles al cabo de un mes. Yo era uno de ellos. Dicen que el italiano que desató esta absurda moda era de Roma. Aquella manía de engancharnos a los hierros fue contagiándose de ciudad en ciudad. Se extendió por el mundo como la peste bubónica. Dicen que además de italiano era escritor. En la actualidad somos millones los que estamos enganchados a las barandillas de los puentes de todo el mundo. No recuerdo el nombre de aquel escritor, pero dicen que en una de sus novelas aparecían unos enamorados que enganchaban un candado a la barandilla de un puente, como símbolo de su amor, y tiraban la llave al río. Desde entonces media humanidad nos engancha en las barandillas y se olvida de nosotros. Los fabricantes de candados y ferreteos se frotan las manos y compran apartamentos de lujo en primera línea de playa.


vie

25

nov

2016

A propósito de todo

 

«Hay tres cuestiones que deberían ser íntimas, infalibles e incuestionables en cualquier individuo: las ideas políticas, las creencias religiosas y el agujero por donde la mete o recibe. Casi todo lo demás es criticable e incluso mejorable».

 

No recuerdo quién dijo la frase. Es posible, incluso, que fuera yo mismo. No obstante, la entrecomillo para evitar querellas por plagio y/o intertextualidad.

 


dom

20

nov

2016

Arriba las manos

Anoche, mientras mi amigo Raimundo y yo paseábamos sus miserias de garito en garito y trataba yo de convencerlo de que la vida es maravillosa a pesar de que su mujer lo haya abandonado por un agente de seguros, sufrimos un atraco. Sí, un atraco a mano armada, que es peor que un atraco a secas.

 

Salíamos de una tabernucha de esas que tanto nos gustan a Raimundo y a mí, cuando se nos acercó un tipo con cara de pocos amigos —mirada huidiza, barba de seis días, mochila— y nos dijo de sopetón: «Quieto todo el mundo, esto es un atraco». «Concha, un atraco», repitió Raimundo como si el eco respondiera desde Buenos Aires. Enseguida me di cuenta de la gravedad del asunto, pues observé que el atracador blandía una navaja o arma blanca común en la mano izquierda, por lo que deduje además que era zurzo. «Les ruego encarecidamente que no opongan resistencia física ni de ningún otro tipo y, por favor, escuchen con atención lo que tengo que decirles», nos soltó a bocajarro el atracador. Raimundo y yo nos miramos sin decir ni pío, sorprendidos e incrédulos. Yo, por mi falta de experiencia en cuestión de atracos, habría esperado más bien que el tipo dijera «si sus movéis, sus rajo, me cago en to lo que se menea», pero no fue así.

 

Inmediatamente nuestro atracador echó mano a la mochila y sacó un libro. «Son quince euros, si son tan amables», nos dijo, «y no me obliguen a usar la fuerza bruta. Si quieren, pueden echarle una ojeada antes», añadió y me entregó el libro mientras apuntaba a Raimundo con la navaja. Era una novela titulada La amante de Escipión el Africano, con portada de diseño atractivo y letras doradas con algo de relieve. El papel era de buena calidad, de 80 gramos, supuse, ahuesado; la tipografía, una Caslon clásica de 10 puntos, muy bien distribuida en la página y con márgenes generosos, como nos gusta a Raimundo y a mí. Me pareció una edición más que digna. «Es novela histórica y yo soy el autor», nos explicó antes de hacernos una sinopsis muy bien estructurada, en mi opinión. «Yo preferiría comprarlo en la librería, si no le importa», dijo Raimundo sin ánimo de ofender. «Imposible, caballero, el libro no tiene distribución.» «Vaya faena», respondí. «Sí, el editor se arruinó y está en la Patagonia, en búsqueda y captura por las deudas. Para que se hagan una idea, yo mismo he tenido que robar mis propios libros del almacén del distribuidor.» «¿Y no podría vender su novela por las redes sociales, como se hace hoy en día?», pregunté con empatía. «Lo he intentado, créame, pero están saturadas. Recibo millones de ME GUSTA diarios y muchas muestras de simpatía, pero solo he vendido un libro en tres años. Además, también estoy en búsqueda y captura, y no me conviene exponerme en las redes.» Le pasé el libro a Raimundo, que alabó la edición igual que yo, incluso más.

 

El atracador empezó a impacientarse. «Quince euros, por favor, y no hagan ningún movimiento extraño al meter la mano en el bolsillo». Creo que a Raimundo le temblaban las piernas tanto como a mí. Me eché muy despacio la mano al bolsillo y saqué la cartera con la yema de los dedos. «Solo tengo diez euros», le dije con voz temblorosa. «¿Y su amigo?» Raimundo se palpó los bolsillos. «Calderilla nada más.» El gesto del atracador fue de incredulidad y fastidio. «¿Y salen ustedes de fiesta solo con diez euros?» «Sin ofender, señor novelista, que no estamos de fiesta», le dije, «lo que pasa es que mi amigo necesitaba airearse porque lo ha abandonado la mujer y está depre.» Raimundo me hizo un gesto de reprobación por hacer público un asunto tan ínitmo. «Vaya, cuánto lo lamento», respondió el atracador, «mi mujer me dejó también hace medio año.» «¿Por un corredor de seguros?», preguntó Raimundo. «No, no hubo terceras partes. Lo que pasa es que estaba harta de mi profesión y decía que si llega a saber que quería ser escritor no se habría casado conmigo, ¿sabe?, es que cuando me conoció yo era profesor de Latín». «Yo también», le dije gratamente sorprendido por la coincidencia. Me pareció que no me creía. «Bueno, pues deme los diez euros y le hago una rebaja». Le di las gracias y le alargué el billete. «¿Quiere que se lo dedique?» «Si no es mucha molestia...» «Ninguna, faltaría más.» Le dimos el libro al atracador y lo firmó con la navaja, que en realidad no era una navaja, sino un bolígrafo Bic de cuatro colores que daba el pego.

 

La dedicatoria era muy bonita y entrañable: «Para Raimundo y Luis con afecto». Nos estrechamos las manos para despedirnos mientras el atracador, por inercia o falta de confianza, seguía apuntándonos con el bolígrafo. «Si les gusta la novela, pueden dejar un comentario en mi página web», nos dijo mientras nos alejábamos. «Y, por favor, recomiéndenla a sus amigos, y si quieren comprarla que se pasen por aquí cualquier noche entre las diez y las doce. Si vienen de parte de ustedes, les haré un veinte por ciento de descuento aunque no sea el freeday.» «¿Los domingos también?» «Sí, también, un escritor es escritor los siete días de la semana, como los empleados de pompas fúnebres.»

 

Raimundo y yo nos alejamos con una sensación contradictoria. Echamos mano a los bolsillos y por primera vez desde que nos conocemos no pudimos decir nuestra frase favorita: ¿nos tomamos la penúltima?


lun

14

nov

2016

Las antenas, la escritura y el psicoanálisis

El homo stultus —categoría en la que me incluyo por méritos propios— es el único animal que tropieza dos o más veces con la misma piedra, aunque de distinto tamaño y procedencia geológica. Al menos esa es mi experiencia, pero no pretendo generalizar ni sentar cátedra.

 

Hace años que evito leer manuscritos de novelas, cuentos y otros inéditos editoriales (excepto los de muy amigos o amigos de birras, que viene a ser lo mismo). En realidad, lo que evito no es tanto leerlos como dar mi opinión sobre ellos. Cuando alguien es, por ejemplo, antenista de televisores, lo que menos le apetece cuando llega a casa después del trabajo es que su vecino le diga «anda, hazme un favor y échale un vistazo a la antena, que ayer se debió de posar una gaviota o una cigüeña y hoy no se ve Gran Hermano 17», o algo por el estilo. No obstante, si es su cuñado o su amigo de la infancia o de birras, el antenista se sube al tejado de buen grado y elimina el nido de gaviota o cigüeña, si lo hubiere, aunque sean las doce de la noche y estén cayendo puntas de chuzo. Por el contrario, si quien se lo pide como un favor desinteresado y personal es un tipo o tipa que lo aborda de manera espontánea por Internet, lo normal es que finja sordera transitoria, enajenación mental o que se tire al suelo y se haga el muerto, que es lo que aconsejan los manuales de autoayuda profesional, a los que soy tan aficionado, lo confieso.

 

A mí me ocurren con cierta frecuencia cosas parecidas, pero no con las antenas, naturalmente, sino con los manuscritos inéditos, que es más o menos lo que me pilla más cerca. Cuando te pasas ocho o nueve horas al día (a veces más) leyendo manuscritos para hacer informes, o revisando textos tuyos y de otros autores antes de que pasen a maquetación, o incluso después, lo último que deseas es que un desconocido o desconocida te envíe su manuscrito por correo electrónico para que le des «tu opinión más sincera». Hace mucho tiempo que en estos casos finjo locura —ya no transitoria, sino permanente— o me hago el muerto, aunque casi siempre respondo a los correos con educación e incluso empatía. Sin embargo, algunas veces la «insistencia» del autor del manuscrito es tan grande y su capacidad de persuasión resulta tan eficaz que uno termina por caer —«por última vez, lo juro, por última vez»— en el error de leer el texto y dar su opinión «profesional», que por supuesto no es infalible sino todo lo contrario.

 

Eso es lo que me ha ocurrido en los últimos días con el manuscrito de una escritora que desde hace meses me había venido contando, por entregas, las penalidades, agravios y otras injusticias que dese hace más de diez años viene sufriendo por parte de los editores, culpables máximos de que el 97% de las cosas que se escriben en este país no se publiquen o acaben en autoedición. Debido a mi tendencia a la empatía, cuyo origen quizá esté en mi afición de juventud a las bebidas espirituosas, hay veces en que no soy capaz de decir NO, aunque todo mi ser y mi no ser me lo grite o me lo desgañite. El corporativismo ha hecho estragos en nuestra sociedad occidental moderna, y yo soy uno de sus mayores defensores.

 

Para abreviar, el caso es que hace un mes o dos acepté leer el manuscrito de la susodicha escritora y me comprometí a darle mi opinión sincera. Debo reconocer que me costó Dios y ayuda terminar la lectura de la novela. Pero no por que fuera mala, ni porque tuviera 479 páginas de letra Times 12 puntos, ni porque el tema no me interesara en absoluto, no. Tardé casi dos meses porque apenas tengo tiempo para leer cosas que no sean por puro trabajo o por puro placer, y el manuscrito de marras no entraba ni en una ni en otra categoría.

 

El caso es que le envié a la escritora mi opinión, lo más objetiva posible, lo más educada y a la vez lo más sincera que fui capaz de redactar. En resumen, la novela no me gustó por distintas razones que no vienen al caso. No obstante, intenté ser sutil en mis apreciaciones, no ser categórico en las afirmaciones y, sobre todo, poner en duda que mi opinión sirviera para algo o que fuera importante. Maldigo el momento en que pulsé el botón ENVIAR de mi correo electrónico en vez de impregnarlo en miel y pasármelo por la lengua, vicio que poseo desde los seis años más o menos.

 

Apenas había transcurrido una hora cuando recibí la respuesta de la escritora. Y no precisamente para darme las gracias por el tiempo que había invertido en leer su novela. En vez de eso me escupió con letras mayúsculas en su mayoría todos los adjetivos, perífrasis y otras formas expresivas que se pueden emplear como sinónimos de machista. Y puedo asegurar que son muchos más de los que imaginaba que pudieran existir en la lengua de Cervantes. Con muchas exclamaciones, puntos suspensivos y algún signo paraortográfico, venía a acusarme de haber hecho una lectura sesgada y machista de su novela y luego me acusó de todos los males, perjuicios y depresiones de las mujeres de este país que no consiguen publicar sus obras porque los editores eran como yo, unos machistas, engreídos, prepotentes, sexistas, corporativistas y varias cosas no muy argumentadas, en mi opinión. Y por si eso no fuera suficiente, añadió varios títulos de mis novelas acompañados de adjetivos descalificativos que hubieran hundido la moral de cualquier principiante que no tomara antidepresivos.

 

Mi primer impulso fue el escribirle y lamentar lo injusto de sus comentarios, pero no me atreví porque  por naturaleza soy contrario a las polémicas en diferido. Después pensé ir a mi psicoanalista y que me diera un repaso e hiciera aflorar mis fobias. Por fin, llegué a la conclusión de que lo mejor era escribirlo en mi blog y ahorrarme la minuta del psicoanalista. A fin de cuentas, eso es lo que llevo haciendo desde hace más de treinta años, escribir para ahorrarme las visitas al especialista. Y me ha ido muy bien, debo confesarlo. De hecho, gracias a la escritura jamás he tenido que visitar a mi psicoanalista y ni siquiera lo conozco, y por eso supongo que odiará los blogs en particular y la escritura terapéutica en general.


jue

10

nov

2016

Aristófanes y la huelga de los deberes

Posiblemente la primera huelga seria y rigurosa de la civilización occidental, desde que Lisístrata convocara la suya hace 2.400 años, es la reciente huelga que promueve la Confederación Española de Padres y Madres de Alumnos (en adelante, CEAPA). El título de la huelga reza: «Noviembre 2016: fines de semana sin deberes». La CEAPA argumenta: «Las madres y los padres queremos recuperar el tiempo familiar que nos corresponde, lo necesitamos para realizar actividades conjuntas con nuestros hijos e hijas».

 

Según la CEAPA —y yo me fío de ellos—, los niños de hoy tienen que hacer demasiados deberes en casa y no les sobra apenas tiempo para la conciliación familiar ni para otras actividades complementarias de su educación, a saber: judo, tenis, alemán, piano, inglés, violín, fútbol, ballet, guasapear, subir fotos a las redes, jugar al gargantolo, dar por saco, fotografiarse delante del espejo del baño, etcétera.

 

Para contrarrestar el tiempo dedicado a los deberes y fomentar la vida familiar, la CEAPA sugiere realizar durante los fines de semana algunas actividades sustitutivas: «charlar con los hijos de un tema de actualidad, visitar un museo, preparar la cena conjuntamente, escribir una tarjeta a los abuelos, practicar un deporte juntos, visitar un lugar nuevo en la ciudad, ordenar las cosas juntos, visitar algún familiar, abordar algo que nos enfada, tomar una decisión familiar juntos, conversar sobre la tolerancia, organizar un juego colectivo, navegar juntos en Internet, ver películas todos juntos, hacer una ruta en transporte público, hablar de la violencia de género, preparar una receta de cocina nueva, pasar juntos un día en el campo, pensar en propuestas para diciembre». Y después de dar estas ideas chupimegageniales, la CEAPA añade: «Y cuando salgáis de casa, los deberes se quedan allí. Tus hijos e hijas lo necesitan».

 

Debo confesar que soy persona dada a entusiasmarse fácilmente con cualquier propuesta novedosa y/u original. Y, por consiguiente, al leer tan ingeniosa contrapropuesta educativa, me emocioné e ilusioné, a partes iguales, hasta el punto de que unas lágrimas afloraron a mis ojos, además de sentir la carne de gallina por todo mi cuerpo, excepto las plantas de los pies, que las tengo algo insensibles de un tiempo a esta parte. Así que con semejante chute de ilusión educativa reuní a mis hijos la semana pasada en el salón de casa y les dije: «¡Se acabaron los deberes!». Y ante la cara de sorpresa e incredulidad, antes de que empezaran a gritar y se lanzaran a las tablets, teléfonos móviles y otros artilugios electrónicos que hay por toda la casa, añadí: «Pero solo los fines de semana de noviembre, mientras dure la huelga convocada por la CEAPA». La puntualización les gustó menos.

 

Llevado por mi tendencia natural a la planificación y al orden, decidí seguir al pie de la letra las instrucciones de la CEAPA y poner manos a su implementación. Y así el primer viernes de huelga, a la hora o´clock, estaba yo en la puerta del centro escolar para recoger a mis retoños y poner en práctica la teoría.

 

Narraré el magnífico fin de semana que pasamos en familia:

 

Viernes, 15:05 h. Sentados en la puerta del centro escolar y sin tiempo a comer para no retrasar los planes, mis hijos y yo estuvimos charlando con entusiasmo sobre las elecciones de EE UU, que es un tema de actualidad, como sugiere la CEAPA. Analizamos los pros y los contras de que ganara Trump o Clinton. Lamentablemente, no llegamos a ninguna conclusión porque no tenían datos suficientes sobre la historia ni la economía de EE UU. Ya aprenderán todo eso cuando vayan a Nueva York de viaje de estudios, que les hace mucha ilusión.

 

Viernes: 17,30 h. Visitamos el museo de la Ciencia de nuestra ciudad. Durante más de tres horas, recorrimos los pasillos, los aseos y finalmente la cafetería, donde pasamos la mayor parte del tiempo, y comentamos con animosidad algunos de los artilugios científicos e inventos que se exponían en las vitrinas. Lamentablemente, no entendieron muchas de las cosas que vimos puesto que los pobrecitos, por culpa de tantos deberes, no tienen apenas tiempo para interesarse por la ciencia. Ya los aprenderán cuando sean grandes, o en Wikipedia, que es gratis.

 

Viernes, 21:30 h. Preparamos (mis hijos dicen «preparemos» porque no tienen suficientes competencias lingüísticas) una cena en familia. Huevos revueltos con tocino y panceta. Chorizos al jerez con Ketchup. Patatas fritas Pijo y Acho (seis bolsas), que son nuevas y están muy ricas. De postre, tarta al whisky y profiteroles con nata, que les encanta, todo untado con Nutella. El menú lo eligieron ellos democráticamente puesto que está bien que también opinen sobre estas cosas y no se las impongamos los adultos. Nos pusimos hasta el culo. Cuando terminamos era ya medianoche.

 

Sábado, 00:30 h. Les escribieron una tarjeta a sus abuelos, a los vivos y a los muertos, pues la CEAPA no nos ha orientado a los padres sobre qué hacer en caso de óbito. De paso, aprovecharon para pedirles cositas para los Reyes y Santa Claus: un móvil nuevo, una tablet con pantalla retráctil y cosas de esas que ahora les gusta tanto a los jóvenes. Al final nos acostamos casi a las 02:00 horas ya del sábado. Pero mereció la pena, ya lo creo. Yo me fui a la cama un par de horas más tarde para corregirles las faltas de ortografía de las tarjetas, pobrecitos.

 

 

Sábado, 08:30 h. Después de un desayuno en familia, fuimos a visitar un lugar nuevo en la ciudad. Como lo tienen todo más visto que el tebeo, los llevé a unos refugios antiaéreos que han abierto recientemente al público y que son superinteresantes. El guía nos lo explicó todo muy bien: el origen de la construcción, el uso civil y la historia hasta la actualidad. Debo confesar que mis hijos se aburrieron bastante porque el tema de la Guerra Civil les queda un poco lejos y el profesor de Historia nunca puede llegar a explicarlo por falta de tiempo para cumplir el programa. Por lo general se quedan en el Pleistoceno —como mucho en el Plioceno—, y el resto de la historia la estudian ya ellos cuando son mayores y tienen más tiempo y responsabilidades.

 

Sábado, 13:30 h. Tocaba visitar a un familiar y, como no tengo ninguno en la ciudad, decidí visitar a mi amigo Raimundo, que es como mi hermano. El pobre está pasando una mala racha porque lo ha dejado la mujer por un vendedor de seguros. Está tan mal que a mediodía, cuando nos presentamos en su casa, estaba ya con el pijama puesto y preparado para irse a la cama. Aunque no mostró ningún entusiasmo al vernos, entendió perfectamente el objeto de nuestra visita y colaboró en la medida de sus posibilidades. Los chicos le recitaron la tabla de multiplicar varias veces, casi hasta las seis de la tarde, para demostrarle que se puede saber matemáticas sin hacer deberes. La verdad es que se equivocaron bastante, pero eso fue sin duda por los nervios.

 

Sábado, 18:00 h. Intentamos tomar una decisión juntos. El asunto era dónde pasar las vacaciones el próximo verano. Las propuestas de los chicos eran descabelladas, la verdad: la Polinesia Francesa, el Cráter de Ngorongoro, las Islas Cook, en fin, lugares inaccesibles para mi economía de trabajador autónomo. Lo peor de todo es que cuando les pregunté si sabían dónde estaban esos lugares me confesaron que no tenían ni idea.

 

Domingo, 08:00 h. Me costó Dios y ayuda despertarlos. Tocaba jugar todos a un mismo juego. Lo hicimos con el Trivial Juvenil, pero no acertaban ni una. Y eran preguntas facilísimas. Por ejemplo, ¿dónde está la Puerta de Alcalá? ¿Quién construyó la Torre Eiffel? ¿Cuál es la capital de México? Yo creo que lo hacían a propósito. La única respuesta que supieron fue en qué equipo de fútbol juega Messi.

 

Domingo, 12:00 h. Vimos juntos once películas. Pero no once películas seguidas, sino todas a la vez. Hasta ese día no sabía que era posible. ¡Qué habilidad…! Los chicos cambiaban con el mando a distancia cada treinta segundos, o menos, y eran capaces de seguir el hilo de todas las historias. Caramba, si me lo cuenta otro no me lo creo.

 

Domingo, 19:00 h. Durante tres horas estuvimos haciendo una ruta en transporte público, como sugería la CEAPA. Estuvo muy bien, aunque resultó algo monótono, porque mis hijos estaban ya perezosos y se negaron a cambiar de autobús. Así que dimos muchas vueltas en la línea 05, hasta que el conductor nos llamó la atención y nos dijo que nos fuéramos a casa, que ya estaba bien de cachondeo.

 

Domingo, 22:00 h. Lo peor vino entonces. Según mi plan, es decir, el de la CEAPA, debíamos prepara una receta de cocina nueva. Ahí se produjo un pequeño motín y tuve que ceder a los caprichos de los hijos. Llamaron al Telepizza y pidieron lo que les dio la gana. La educación consiste también en eso: ceder de vez en cuando.

 

Después de la cena faltaba todavía pasar un día en el campo, practicar deporte juntos, ordenar las cosas juntos, abordar algo que nos enfadara, hablar sobre la tolerancia, navegar juntos por Internet, hablar de la violencia de género y, por último, pensar propuestas para diciembre. La verdad es que me alegré de que mis hijos se negaran en redondo. Es que era muy de noche y hacía mucho frío. Así que les dije que no se preocuparan, que el fin de semana siguiente lo planearía con más rigor para que nos diera a hacerlo todo.

 

Sin embargo, las cosas no salieron como yo imaginé. El lunes, cuando volvieron del colegio me entregaron un pliego de condiciones con exigencias entre la que estaba desconvocar la huelga. Según ellos, no estaban dispuestos a pasar ni un solo fin de semana más en familia. Preferían hacer deberes y hartarse con la tablet. Intenté razonar, pero fue inútil. Me llamaron irresponsable y otras cosas que no diré por pudor. Pero lo peor de todo es que, después de ceder a sus exigencias, se lo conté a mi señora esposa, que desde el primer día no había querido saber nada de huelga ni de gaitas, y en vez de apoyarme, delante de mis hijos me dijo muy seria: «Tú eres gilipollas». Y por primera vez en la vida no supe rebatirle un argumento.  


lun

07

nov

2016

Entrevista a la Mona Chita

Pronto se cumplirán quince años de su muerte a la edad de 80 años, lo que le supuso entrar en el Libro Guinness de los Récords como el chimpancé más longevo del mundo. En realidad no se llamaba Chita sino Jiggs, y no era mona sino mono, dato que algunos ignorábamos, como también ignorábamos la verdadera identidad de los Reyes Magos y del Guerrero del Antifaz.

 

Después de toda una vida de árbol en árbol y de casting en casting, terminó sus días en un centro de acogida de primates en Florida, donde pintaba cuadros que se vendían a 125 dólares y bebía Coca-Cola ligth debido a la diabetes y al sobrepeso (64 kilos para 121 centímetros). En el ocaso de su carrera artística, cuando ya no esperaba reconocimientos ni atenciones, recibió el Premio Calabuch en el XVIII Festival Internacional de Cine de Peñíscola en 2010. No pudo venir a recogerlo, pero envió un telegrama muy sentido, como el de Bob Dylan cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias tres años antes.

 

Chita (en inglés, Cheeta) nos recibe en la copa de un sauce llorón en el paraíso de los primates, vestida con un batín de seda y un vasito de pacharán entre las manos con el que no deja de juguetear durante toda la entrevista.

 

PREGUNTA.- Según su biografía autorizada, usted nació en Liberia en 1930. Pero, según las malas lenguas, nació en 1960 en un zoológico de Florida y es usted un fraude. ¿Podría sacarnos de la duda?

 

RESPUESTA.- Yo qué quiere que le diga. Como comprenderá, no me puedo acordar de dónde nací. Además, antes no se inscribía a los chimpancés en el Registro Civil al nacer. Al contrario que ahora, que está el Registro lleno de chimpancés y otros primates que tratan de pasar por humanos.

 

P.- En una de las últimas entrevistas que ofreció en vida, usted aseguraba que el hombre no desciende del mono, sino al revés, es el mono el que desciende del hombre.

 

R.- Así es. Eso se sabe desde hace mucho tiempo, pero no interesa que se divulgue porque podría cundir el pánico y el desánimo entre el género homo et mulier sapientes. Si usted observa la trayectoria de la raza humana en los últimos milenios, la evolución es claramente hacia el mono. Algunos que ya han evolucionado lo disimulan con trajes y corbata, o con vestidos largos hasta los pies y tacones, además de la depilación. Pero el mono, aunque se vista de seda, mono se queda.

 

P.- En los últimos años se le confunde con frecuencia con la Mona Lisa. ¿Le molesta?

 

R.- Lo que me molesta es la falta de cultura cinematográfica. Entiendo y disculpo que la gente no tenga ni idea de arte, o que no lea, o que no sepa quién es Murakami, por poner algún ejemplo, pero el declive de la civilización tal como la conocemos empezó el día en que dejaron de ponerse películas de Tarzán en las televisiones públicas. Lo cierto es que, a mí, Lisa me cae bien, aunque es un poco sosa. A la pobre le tocó un papelón que a nadie se lo deseo. Debe de ser muy duro pasarse siglos sin moverse ni rascarse el bigote. En el fondo la compadezco.

 

P.- Usted ha sido considerada por la revista Forbes como la persona más influyente en la sociedad del siglo XX detrás de Albert Einstein. ¿Qué le parece esa distinción?

 

R.- Me parece bien y lo agradezco. Pero me pregunto yo qué hizo el señor Einstein para merecer la primera posición. Eso de la Teoría de la Relatividad es lo más inútil que se ha inventado en toda la historia de la humanidad después de las pulseras magnéticas para el tratamiento del dolor. Si por lo menos hubiera inventado la Vaporeta o la Thermomix… Yo es que el mundo de los humanos no lo termino de entender. Y no sé si alguien lo entenderá.

 

P.- ¿Nunca tuvo la tentación de escribir sus memorias?

 

R.- Sí, pero mi vida se parecía demasiado a la de Napoleón Bonaparte, exceptuando la invasión de Egipto, y no quería que me acusaran de plagio como al pobre Bryce Echenique.

 

P.- ¿Ha leído a Bryce Echenique?

 

R.- Por supuesto. Me encató Cien años de Soledad.

 

P.- Eso es de Gabriel García Márquez.

 

R.- ¿También usted va a acusar al pobre Bryce de plagio? Ni se atreva.

 

P.- Olvídelo, retiro el comentario. Continuemos. Si volviera a nacer, ¿dónde le gustaría hacerlo?

 

R.- En una secuoya gigante.

 

P.- Me refiero a un país.

 

R.- Pues eso, en una secuoya gigante. Puestos a elegir, me gustaría nacer en un mundo en el que las secuoyas gigantes pudieran ser países independientes.

 

P.- ¿Usted es más de Halloween o de don Juan Tenorio?

 

R.- Yo soy más de King Kong y de Rocky, esa es la verdad.

 

P.- ¿Le gustaría despedirse con alguna frase para la posteridad?

 

R.- Bueno, si insiste…: «¡Ancagua, Chita!»


jue

03

nov

2016

La última función de Bette Davis

Supongo que no se llamaba Bette Davis. Ni siquiera se parecía a Bette Davis. Pero a mí me recordaba a Bette Davis. Esas cosas pasan y no hay que buscarles explicación ni tratar de justificarlas.

 

Era comienzos de julio y finales de siglo XX, «puede ser que fuera 13» —por hacerle un guiño a Sabina— y además era «Fiesta» —otro guiño para Hemingway—. Era un pueblecito de León. Era un bar que se llamaba El Gato Rojo.

 

Por echar mano de los tópicos e irritar a algún purista del estilo, diré que El Gato Rojo estaba «hasta la bandera». Nos apretábamos alrededor de las mesas, frente a la barra, junto al futbolín y la máquina tragaperras, y bebíamos y hablábamos mucho. Todos, excepto Bette Davis, que bebía en silencio su ginebra sin hielo, sentada frente a la barra en un taburete rojo que hacía juego con el nombre del bar; rodeada de gritos de paisanos y niños que apuraban a escondidas los restos de los vasos, como hacíamos algunos hace cuarenta años. Pero a Bette Davis no parecía molestarle la algarabía. Daba traguitos cortos a su ginebra y fumaba mucho. Tenía el pelo muy rubio y muy platino, planchado. Tenía un bolso negro muy grande. Tenía ojos de buey, con bolsas marcadas con surcos. Tenía una mirada etílica. Tenía más de setenta años, calculé.

 

La gente no miraba a Bette Davis ni ella miraba a la gente. Quizá yo era el único que la miraba. En realidad, ella miraba sin ver. Se llevaba el cigarrillo a los labios con dificultad. Le temblaban la mano y el vaso. No atinaba a echar la ceniza en el cenicero de Cinzano, valga la aliteración. Llevaba las uñas muy largas y cuidadas, como de porcelana. De repente pagó la cuenta y se puso en pie, o hizo el amago. Se tambaleó. La muchedumbre amortiguó la caída y no llegó a clavar la rodilla en tierra. Se recompuso lo más digna que pudo. Pidió perdón con la lengua trastabillada, pero con elegancia, y caminó hasta la puerta como únicamente habría caminado Bette Davis después de beber varios vasos de ginebra sin hielo. Final de la primera parte y elipsis, ¿qué sería de la vida y del arte sin elipsis?

 

Aquella noche asistí al probablemente último espectáculo de teatro ambulante que se dio en España, casi veinte años después de que se hubiera dado por muerto el género cuando bajó el telón para siempre el Teatro Chino de Manolita Chen. Era una carpa azul y blanca instalada sobre una era, junto a las escuelas del pueblo. ¿Cómo podría olvidarlo? Suelo cubierto de paja, butacas de hierro y lona, plegables, de un naranja viejo. Se representaba obra de Jardiel Poncela y espectáculo de variedades, canción española, boleros, versos de García Lorca y rifa de un peluche y una mantilla de poliéster con flecos de lana. No lo habría cambiado por el mejor espectáculo en el Teatro Real.

 

Y entonces la carpa se quedó a oscuras y sonó música de cassette y al iluminarse el escenario apareció Bette Davis, espléndida, radiante, sobria, con su cabello muy rubio platino y sus espléndidos setenta y tantos años, bella en su decadencia, artista en cada uno de los poros de su piel, y empezó a cantar «apoyá en el quicio de la mancebía, / miraba encenderse la noche de mayo. / Pasaban los hombres, / ella sonreía / hasta que en la puerta paré mi caballo».

 

Y me entró un no se qué que veinte años después aún no soy capaz de explicar. Y me dio por temblar y por aplaudir y gritar como poseído por aquella mágica transformación. Y me sentí un hombre con suerte por ser testigo de la última función de Bette Davis. Porque aquella fue la última función, según anunció el director de la compañía poco después de hacer rodar las bolas del bingo en el sorteo del peluche y de la mantilla de poliéster que ahora no puedo recordar a quién le tocó.

 


jue

27

oct

2016

Entrevista a Judas Iscariote

Rara vez concede entrevistas. Vive a caballo entre el Infierno y el Purgatorio, donde aún mantiene un pequeño despacho con vistas al Limbo. Después de muchos meses de insistencia, nos recibe para hablar sobre lo humano y lo divino y, en especial, sobre su libro, El Evangelio según Judas, que a pesar de llevar varios siglos en el mercado literario hoy está más de actualidad que nunca debido a la crisis de valores en la sociedad moderna y contemporánea.

 

ENTREVISTADOR.- Usted ha pasado a la historia como el patrono de los confidentes de la policía, de los ahorcados, de los coleccionistas de monedas de plata y de los tesoreros corruptos. ¿No está cansado de llevar durante dos mil años ese sambenito sobre sus espaldas?

 

JUDAS.- Pues, si le digo la verdad, es algo que dejó de molestarme hace más de mil quinientos años, aproximadamente. ¿Y sabe por qué? Yo se lo voy a decir: porque es todo mentira. Podría refutarle cada una las acusaciones, pero para eso está mi libro, que por cierto usted debería haber comprado y leído para hablar con propiedad y conocimiento de causa.

 

E.- Tenga en cuenta que el libro salió hace casi dos milenios y está descatalogado. Hemos leído una versión abreviada en e-book, pero es una traducción mala del arameo y cuesta trabajo entenderlo.

 

J.- Excusas de mal pagador. Va a conseguir usted que me arrepienta de haberle concedido esta entrevista. Por lo visto, ahora cualquiera puede abrir un blog y ya se cree periodista. Vivir para ver.

 

E.- ¿Qué le parece a usted que se haya dejado de estudiar arameo en los centros de enseñanza?

 

J.- Pues muy mal, ¿qué va a parecerme? Los jóvenes deben aprender arameo y otras lenguas cultas. Se empieza por quitar el arameo de los planes de estudios y luego querrán quitar el latín y el griego y se entra en una espiral de devastación que nos conducirá a la ignorancia y la barbarie, seguro. No me extrañaría que dentro de unos años la única lengua que se hable en el mundo sea el inglés. Ya lo intentaron algunos con el esperanto y, por suerte, la cosa no fue a mayores.

 

E.- Mucha gente lo confunde a usted con Judas Tadeo, el otro apóstol bueno. ¿Le molesta?

 

J.- Me molesta porque ese es también un síntoma de que los planes de enseñanza están fracasando. Si esto sigue así, algunos terminarán confundiendo Cataluña con España, Córcega con Cerdeña, las churras con las merinas, la velocidad con el tocino y los cojones con el trigo.

 

E.- ¿Es usted nacionalista?

 

J.- Soy más leísta que nacionalista. A veces soy también laísta, pero trato de evitarlo. Lo importante de verdad es ser educado sea cual sea tu ideología.

 

E.- Hubo un escritor que en su relato «Tres versiones de Judas» decía que usted entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una rebelión contra el yugo de Roma.

 

J.- Algo de eso hay. Pero le remito a mi libro. Y le aconsejo que aprenda arameo, coño. ¿Cómo dice usted que se llama ese escritor?

 

E.- Se llamaba, porque ya murió. Jorge Luis Borges y era argentino.

 

J.- Bonita tierra. Una pena que aún no estuviera descubierta en mi época. Los antiguos nos perdimos muchas cosas interesantes.

 

E.- Ahora no se habla de «descubrimiento», sino de «conquista» y «masacre».

 

J.- ¡Paparruchas…! De toda la vida del Señor, e incluso antes, se han conquistado a hierro y fuego las tierras y los países. Además, por las noticias que me llegan, aún se sigue haciendo, ¿no? El fuerte conquista al débil, el león se come a la gacela, el amo explota al criado… Bueno ahora se dice «el empresario» y el «trabajador». Y eso no va a cambiar por mucho que se prohíban las corridas de toros y las bombas de racimo. Se sigue violando a las mujeres en las guerras y fuera de las guerras, se explota a los niños en el trabajo. En mi época se crucificaba a la gente sin un juicio con garantías, por si usted no lo sabía. ¿Va alguien a decirme que aquellos que fueron a América eran unos bárbaros y estos son unos angelitos inocentes? Mire usted lo que ocurrió en los Balcanes o lo que está ocurriendo en Siria.

 

E.- Lo veo a usted muy informado.

 

J.- En la Eternidad hay mucho tiempo para todo. Además, las nuevas tecnologías te meten en el mundo aunque lleves dos mil años fuera de él.

 

E.- ¿Es usted demócrata?

 

J.- No, señor. Eso de la democracia es un invento de los griegos que se ha intentado vender como la panacea, pero es un fraude, se lo digo yo. Si se para usted a pensar, los griegos eran esclavistas, machistas, pedófilos y no podían votar todos, como ahora se nos hace creer. Además, tenían a sus mujeres atadas a la pata de la cama, como quien dice. Miraban mal al que no hablaba griego o al que tenía acento andaluz o gallego, verbigracia. Hay mucho mito sobre la democracia. Y de los romanos ni le cuento. Esos eran unos piratas.

 

E.- ¿Piratas en qué sentido?

 

J.- En el sentido etimológico de la palabra pirata, es decir, persona que piratea. Los romanos lo pirateaban todo: las estatuas, las comedias, las tragedias. Pirateaban hasta los dioses, que ya es piratear. Por eso me río yo ahora de la gente que presume de haberse bajado de Internet un centenar o un millar de películas o de libros. Nihil novum sub solem.

 

E.- ¿Eso qué quiere decir?

 

J.- Aprenda usted latín, caballero.

 

E.- Es que yo soy de la LOGSE.

 

J.- Hay que joderse. Entonces demos por finalizada esta entrevista. Hala, adiós, buen viaje, y a ver si se lee mejor mi libro antes de venir a dar por saco.

 

E.- Sin faltar, oiga.

 

J.- ¿A que lo denuncio a las Fuerzas de Seguridad del Estado y a las Autoridades Sanitarias?

 

E.- ¿Por treinta monedas de plata? No me extrañaría nada.

 

J.- ¡Cuánta ignorancia! ¡Elí, Elí…! ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?


lun

24

oct

2016

Luciano de Samosata y la Tía Escopeta

Recuerdo que hubo un tiempo en que yo era muy tonto, es decir, un poco más tonto que en la actualidad. Era un tiempo no tan lejano en que de vez en cuando, muy de vez en cuando, alguien me hacía una entrevista y no la leía nadie, o casi nadie.

 

Recuerdo de esa época, por ejemplo, que el entrevistador me preguntaba —era la pregunta más recurrente—: «¿Qué autores le gustan o han influido en su obra?». Y yo decía la verdad: Luciano de Samosata, Aristófanes, Mateo Alemán, Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía y otros pocos. Era una época en la que no existía Internet y, por lo tanto, las declaraciones duraban lo que duraban en la calle la revista, el fanzine o el periódico, es decir, unos pocos días, hasta que alguien utilizaba el papel para envolver el pescado o pisar sobre él cuando el suelo estaba mojado o húmedo después de pasar la fregona.

 

Recuerdo que después llegó Internet y llegó también 2007 y también llegaron de sopetón muchas entrevistas; pero la pregunta recurrente seguía siendo la misma: «¿Qué autores le gustan o han influido en su obra?». Y yo seguía diciendo la verdad: Luciano de Samosata, Aristófanes, Mateo Alemán, Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía y otros pocos. Pero entonces las declaraciones ya no eran tan efímeras y parecía que alguien las grabara con cincel en piedra y las colocara en la fachada del INEM para que las leyera todo el mundo, o al menos el veintitantos por ciento de la población.

 

Recuerdo también que mi amigo Raimundo me dijo un día: «Tío, a ver si cambias el disco, que si vas diciendo por ahí que te gusta Luciano de Samosata y cosas así te van a leer únicamente los frikis». Y yo le dije: «Tío, ya lo sé, pero ¿qué le voy a hacer si son esos los que me gustan?». Y respondió: «Pues lo que hace todo el mundo, tío, inventarte algo que mole y mentir». Así que decidí inventarme algo que molara y mentir.

 

Recuerdo que a partir de 2008, más o menos, cuando alguien me preguntaba qué autores me gustaban o habían influido en mi obra, yo respondía, por ejemplo, Joyce, Lezama Lima, Virginia Wolf, Maquiavelo y, por meter algún español contemporáneo, mencionaba a Fulanico (permítaseme que utilice este seudónimo para no ofender).

 

Recuerdo que a mí no me gustaban nada las novelas de Fulanico, pues había leído o intentado leer un par de libros suyos y no había conseguido pasar de las primeras cincuenta páginas, que ya me parece mucho. Lo más que había conseguido era leer sus artículos de prensa, que me parecían y me siguen pareciendo magníficos. El caso es que no sé por qué lo metí a él en mi lista. Bueno, sí, porque yo era tonto tirando a muy tonto, enfermedad para la que no hay medicación ni tratamiento, sino únicamente cuidados paliativos.

 

Recuerdo que al año siguiente publiqué una novela, y un crítico con el que yo había coincidido en distintos ágapes literarios, viajes promocionados por editoriales e incluso despiporres etílicos y nocturnos, escribió una reseña en la que venía a decir que mi novela era un «homenaje a Fulanico», al que yo admiraba profundamente y del que me sentía deudor literario, por lo cual había decidido rendirle tributo. En realidad, la reseña aquella hablaba más de la obra de Fulanico que de la novela que escribí yo. Lo sé, me lo merezco por tonto. Además, el crítico de marras era amigo íntimo de Fulanico y le mandó la reseña para que se sintiera orgulloso de haber creado escuela y tendencia con su obra.

 

Desde entonces, cuando alguien me hace la pregunta dichosa, yo me acuerdo de mi infancia y de La Tía Escopeta, que en realidad se llamaba Aurora y no era murciana, sino asturiana, y tenía un tiendecita-cueva enfrente de la charcutería de Andrés Aroca, y alquilaba tebeos y novelas del Oeste y de amor, a una peseta o a dos cincuenta, dependiendo de la categoría y del número de páginas. Y recuerdo que ella fue la primera que me influyó verdaderamente en los gustos literarios —sin saberlo, eso sí—, pero nunca me he atrevido a decirlo a las claras en ninguna entrevista, porque quizá suene muy friki, más friki que ser fans de Luciano de Samosata y leer a Marcial Lafuente Estefanía en las falsas de mi casa, oyendo el zureo constante de los palomos de Amadeo el sastre, que en paz descanse.

 

 


mar

18

oct

2016

El hombre que le dio la mano a la novia de Bob Dylan

Yo no sé si Bob Dylan se merece o no el Premio Nobel de Literatura. ¿Quién puede saber eso? Bueno, sí, los que saben inglés y entienden las letras de sus canciones, que no es mi caso. Por eso no voy a hablar de Bob Dylan, ni de sus canciones, ni de nada de eso. De lo que voy a hablar es de una historia que me contó hace mucho tiempo mi amigo Raimundo y que a pesar del paso de los años sigo recordando como si me la hubiera contado ayer mismo.

 

Asegura mi amigo Raimundo que su padre le dio una vez la mano a la novia de Bob Dylan. Sí, no sé cuál de ellas, pero su padre asegura —o, mejor dicho, aseguraba— que era la novia de Bob Dylan, sí, el Premio Nobel que todavía no era Premio Nobel pero era famoso, o conocido, no sé.

 

Asegura mi amigo Raimundo que hace muchos años estaba su padre en el bar —el padre de mi amigo Raimundo era dueño de un bar— y entró una señorita muy guapa y muy castaña clara, y que alguien le dijo a su padre «mira tú, pero si esa es la novia de Bob Dylan», y el padre de mi amigo Raimundo se quedó así pensando para sus adentros y debió de decirse «ostras, Pedrín, la novia de Bob Dylan en mi bar», y se rascó el mentón, o eso es lo que asegura mi amigo Raimundo que se rascó, y llamó enseguida al Chavo, que era un fotógrafo de mi pueblo, y le dijo «Chavo, haz el favor, hombre, y sácame una foto con la novia de Bob Dylan», y el Chavo dijo «claro, ahora mismo» y luego añadió «venga, dale la mano para que parezca que os conocéis de toda la vida», y él le dio la mano como si la conociera de toda la vida. Y luego colgó la foto, con marco marrón oscuro, encima de la cafetera, junto al escudo del Caravaca Club de Fútbol, y allí estuvo hasta que el padre de mi amigo Raimundo se murió y el bar lo convirtieron en una agencia inmobiliaria y nadie supo decir qué fue de la foto.

 

Asegura mi amigo Raimundo que su padre, después de darle la mano a la novia de Bob Dylan, ya no se lavó la mano. Bueno, no se la lavó en mucho tiempo, hasta que las uñas se le empezaron a poner negras, tirando a muy negras, y la piel se le cuarteó y las palmas se volvieron como el fondo de un desierto marino, con crustáceos y todo, y entonces su mujer le dijo «o te lavas las manos, o no entras en casa, tonto el pijo», y el padre de mi amigo Raimundo se las lavó porque en mi pueblo hace mucho frío, o hacía, y dormir al raso en invierno era una temeridad, por no decir un suicidio.

 

Asegura mi amigo Raimundo que cuando su padre estaba en el lecho de muerte le confesó que la cosa más grande que había hecho en su vida, después de casarse con su madre y tenerlo a él como hijo, había sido darle la mano a la novia de Bob Dylan. Esas fueron casi sus últimas palabras. Las últimas, stricto sensu, fueron «cagoentó, qué largo se está haciendo esto de morirse».

 

Asegura mi amigo Raimundo, apenado y melancólico, que nunca tuvo el valor suficiente, en los años que duró aquella bonita ilusión, para decirle a su padre que seguramente aquella mujer que hablaba en español de Murcia no era la verdadera novia de Bob Dylan, ni siquiera la falsa novia de Bob Dylan; que seguramente aquella chica se llamaría Marta o María Dolores, por poner un ejemplo, y sería de El Sabinar o de Archivel, o de algún sitio así, que pasaba por allí por casualidad —a lo mejor había venido al mercado de los lunes, porque ese día era precisamente lunes— y entró en el bar a tomarse un refresco o lo que fuera.

 

Y lo que más apena y pone melancólico, a partes iguales, a mi amigo Raimundo desde aquel día en que el Chavo hizo la foto en el bar es que su padre ni siquiera sabía quién era Bob Dylan y, por supuesto, no podía imaginar que llegarían a darle el Premio Nobel de Literatura al cabo del tiempo.